Javier llegó a la zona financiera de la ciudad. El edificio donde Mendoza tenía su despacho era una torre de cristal y acero que gritaba opulencia por cada costado.
Subió al piso doce. El aire acondicionado se sentía como un insulto comparado con el calor que sus padres estaban pasando en la calle. Al entrar, la secretaria, una mujer joven con joyas caras, intentó detenerlo.
— "Señor, no puede pasar sin cita previa. El licenciado está en una reunión muy importante con unos empresarios hoteleros", dijo ella, levantándose del escritorio.
Javier ni siquiera la miró. Empujó las puertas dobles de madera de caoba que daban al despacho principal. El aroma a tabaco caro y cuero fino inundó sus fosas nasales.
Allí estaba él. El licenciado Mendoza, sentado tras un escritorio de mármol, riendo mientras sostenía una copa de coñac. Frente a él, dos hombres vestidos con trajes de seda asentían a sus palabras.
— "¡Mendoza!", rugió Javier. El silencio cayó en la habitación como una guillotina.
El abogado palideció por un segundo, pero rápidamente recuperó su máscara de arrogancia millonaria. Hizo una seña a sus invitados para que salieran de la oficina.
— "Vaya, Javier. Has vuelto. Me hubieras avisado para enviarte un chofer al aeropuerto", dijo Mendoza con una sonrisa falsa que no llegaba a sus ojos.
— "¿Dónde está el dinero, infame? ¿Por qué mis padres están en la calle?", espetó Javier, acercándose al escritorio y apoyando las manos sobre la superficie fría del mármol.
Mendoza se reclinó en su silla, cruzando los dedos sobre su vientre. Ya no parecía asustado. Parecía divertido.
— "Hablemos como adultos, Javier. El mundo de las finanzas y el derecho de propiedad es complejo. Hubo... complicaciones legales. Los impuestos subieron, el banco cambió las condiciones. El dinero que enviabas apenas cubría mis honorarios por intentar salvar la propiedad".
— "¡Mentiroso! Envié más de cincuenta mil dólares en total. La deuda original era de cuarenta mil. ¡Te robaste la casa de mis padres para pagar tus lujos!", gritó Javier, golpeando el escritorio.
Mendoza soltó una carcajada seca. Se levantó y caminó hacia el ventanal que ofrecía una vista panorámica de la ciudad.
— "Mira hacia afuera, muchacho. Todo lo que ves se mueve con dinero e influencias. ¿Qué tienes tú? ¿Unos recibos de transferencia? Yo tengo los documentos firmados por tus padres donde me cedían los derechos de representación absoluta".
— "Ellos confiaron en ti porque eras el abogado de mi abuelo", replicó Javier con los dientes apretados.
— "Exacto. Y por eso mismo sé cosas que tú no. ¿Sabías que esa casa no es solo una casa? Está construida sobre un terreno que ahora vale millones por el nuevo proyecto turístico. El banco no quería la casa, yo no quería la casa... queríamos el suelo".
Javier se quedó mudo. No era solo un robo de dinero, era una conspiración para despojarlos de una herencia que valía una fortuna.
— "Vete a casa, Javier. O mejor dicho, busca un hotel barato para tus padres. Si me sigues molestando, haré que te arresten por asalto a la propiedad privada. Tengo al jefe de policía en mi lista de nómina".
Javier salió de la oficina, pero no derrotado. Mientras bajaba en el ascensor, recordó algo que el abogado había pasado por alto en su arrogancia.
Mendoza había mencionado los documentos de representación. Javier, que estaba terminando sus estudios de derecho por las noches mientras trabajaba, sabía que había una falla en ese plan.
Si el abogado había usado el dinero de Javier para beneficio propio mientras actuaba como representante legal, eso constituía un delito federal de fraude y estafa agravada.
Pero necesitaba pruebas. Necesitaba entrar en los archivos personales de Mendoza. Necesitaba encontrar el rastro del dinero que, según sus sospechas, nunca llegó al banco, sino que fue desviado a una cuenta en un paraíso fiscal.
Esa noche, Javier no durmió. Mientras sus padres descansaban en un pequeño apartamento que un vecino les prestó, él sacó su computadora.
Comenzó a rastrear cada transferencia. Llamó a viejos amigos que trabajaban en el sistema judicial. Empezó a armar el rompecabezas de la deuda ficticia que Mendoza había creado para asustar a sus padres y obligarlos a firmar los papeles.
Descubrió que el abogado no solo les había robado a ellos. Había un patrón. Otras cinco familias habían perdido sus tierras de la misma manera bajo la "asesoría" de Mendoza.
Sin embargo, Mendoza tenía un punto débil. Una debilidad que todos los hombres que aman el lujo terminan cometiendo. Y Javier estaba a punto de explotar ese error para hundirlo.
El clímax llegó tres días después, cuando Javier interceptó a la secretaria de Mendoza en un restaurante. No fue con amenazas, fue con la verdad. Le mostró cómo el abogado también la estaba estafando a ella con sus beneficios laborales.
— "Si me das acceso a los registros de la cuenta 'Oro Azul', te garantizo que no irás a la cárcel cuando el juez dicte la sentencia", le prometió Javier.
La mujer dudó. Miró a su alrededor, temerosa. Sabía que Mendoza era un hombre peligroso, pero también sabía que el barco se estaba hundiendo.
— "No solo son cuentas, Javier", susurró ella. "Hay un testamento oculto de tu abuelo que Mendoza nunca mostró. Tu abuelo sabía quién era él realmente y dejó una cláusula de protección".
Javier sintió que el corazón le daba un vuelco. Si ese testamento existía, Mendoza no solo era un ladrón, era un criminal que había ocultado la última voluntad de un difunto para enriquecerse.
La tensión alcanzó su punto máximo cuando la secretaria le entregó una llave digital. "Mañana a las diez de la mañana, Mendoza tendrá una audiencia privada para vender el terreno de tus padres. Si no lo detienes ahí, la venta será legal y definitiva. No habrá vuelta atrás".
Javier apretó la llave en su mano. Tenía menos de doce horas para cambiar el destino de su familia o perderlo todo para siempre.
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