Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasaba realmente con Mateo y por qué su extraña obsesión con las toallitas húmedas terminó en un operativo policial. Prepárate, busca un lugar cómodo y lee con atención, porque lo que la policía encontró en ese cuarto oscuro no fue un crimen, sino la prueba de una lealtad que vale millones de dólares. La verdad es mucho más impactante de lo que imaginas.
En el barrio de San Isidro, la farmacia "La Esperanza" era el centro de chismes y remedios para todos los vecinos. Elena, una mujer de cincuenta años con la vista cansada pero el instinto afilado, llevaba más de una década detrás del mostrador. Ella conocía los secretos de todos: quién compraba pastillas para los nervios, quién buscaba pruebas de embarazo a escondidas y quién debía dinero.
Pero Mateo era un enigma que no lograba descifrar.
Apareció por primera vez un martes lluvioso de noviembre. Era un hombre joven, quizás de unos treinta y cinco años, pero la vida en la calle lo hacía parecer de cincuenta. Su ropa era una mezcla de harapos grises y una chaqueta que alguna vez debió ser elegante, ahora manchada de grasa y barro.
Mateo no pedía limosna. No pedía comida. Entraba a la farmacia con la cabeza gacha, evitando mirar a los ojos a los clientes bien vestidos que se apartaban con asco al sentir su olor a humedad y encierro. Caminaba directo al pasillo tres, tomaba un paquete de toallitas húmedas —siempre la marca más suave, la hipoalergénica— y se dirigía a la caja.
—Buenas tardes —decía con una voz ronca, apenas un susurro.
Sacaba un puñado de monedas arrugadas y sucias de su bolsillo. A veces le faltaban diez centavos, a veces le sobraban cinco. Elena, al principio, sentía lástima.
—¿Solo eso, mijo? —le preguntaba ella, tratando de entablar conversación—. Hace frío afuera, ¿no quieres un café de la máquina? Yo te invito.
Mateo negaba con la cabeza frenéticamente, como si aceptar ayuda fuera un pecado mortal. —No, gracias. Tengo prisa. Me esperan —respondía siempre con la misma urgencia.
Esto se repitió durante tres semanas. Todos los días. Sin falta.
Elena empezó a hacer cuentas mentales. Aquel hombre apenas tenía para comer. Lo había visto buscando botellas de plástico en los contenedores de basura cerca del parque. Si apenas conseguía dinero para un pan, ¿por qué gastaba casi tres dólares diarios en toallitas húmedas de alta calidad?
La duda empezó a carcomer a Elena. En su mente, alimentada por las noticias sensacionalistas de la televisión, empezaron a formarse teorías oscuras. "¿Será que se droga con eso?", pensó un día. Pero no tenía sentido. "¿Será que tiene una infección?". Posible, pero la cantidad era excesiva.
Entonces, la teoría más aterradora echó raíces en su mente: Mateo decía que "lo esperaban". ¿Quién lo esperaba? ¿Un niño? ¿Alguien a quien mantenía oculto?
El comportamiento de Mateo se volvió más errático. Cada día se le veía más delgado, con los pómulos marcados y los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño. Sus manos, antes firmes, ahora temblaban violentamente cada vez que ponía las monedas sobre el mostrador de cristal.
—Mateo —le dijo Elena el viernes por la tarde, bloqueando suavemente la entrega del producto con su mano—. Mírame. Estás en los huesos. ¿Para qué son estas cosas? ¿Tienes un bebé? Si tienes un niño en la calle, podemos llamar a asistencia social, ellos ayudan...
La reacción de Mateo fue explosiva. Dio un paso atrás como si Elena lo hubiera abofeteado. —¡No! ¡Nada de asistencia social! —gritó, asustando a una señora que compraba vitaminas—. ¡Ellos no entienden! ¡Se lo llevarían! ¡Es mío, es mi responsabilidad!
Mateo lanzó las monedas sobre el mostrador, algunas cayeron al suelo rodando hasta la entrada. Arrebató el paquete de toallitas con una fuerza desesperada y salió corriendo de la farmacia, casi chocando contra la puerta automática.
El corazón de Elena latía a mil por hora. "Se lo llevarían". Esa frase resonaba en su cabeza como una sirena de alarma. Ya no había duda. Mateo ocultaba a alguien. Y dadas las condiciones en las que vivía, esa persona —fuera niño o adulto— estaba en grave peligro.
Elena miró el reloj. Faltaban diez minutos para su hora de salida. Miró a Jorge, el farmacéutico de turno. —Jorge, cúbreme. Tengo que hacer algo o no voy a poder dormir esta noche. —Elena, no te metas en líos —le advirtió él—, ese tipo está loco.
Pero Elena ya se había quitado el delantal. Salió a la calle, donde la noche empezaba a caer, y vio la silueta encorvada de Mateo doblando la esquina hacia la zona de las antiguas bodegas industriales, un lugar donde ni la policía le gustaba entrar de noche.
Con el miedo apretándole la garganta, Elena comenzó a seguirlo, sin saber que lo que estaba a punto de descubrir cambiaría la vida de todos en ese barrio para siempre.
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