La Cajera Llamó a la Policía por las Toallitas Húmedas: El Indigente Cuidaba una Herencia Millonaria en el Sótano
El Secreto del Callejón y la Llegada de la Ley
Seguir a Mateo no fue fácil. El hombre se movía con la agilidad de quien está acostumbrado a huir y esconderse. Elena tuvo que mantener una distancia prudente, ocultándose detrás de coches estacionados y postes de luz cada vez que Mateo se detenía y miraba hacia atrás, paranoico.
El recorrido los llevó lejos de la zona comercial, adentrándose en el sector olvidado de la ciudad. Allí, las farolas estaban rotas y el pavimento lleno de baches. El olor a basura y humedad era penetrante. Finalmente, Mateo se detuvo frente a un edificio que alguna vez fue una fábrica textil, ahora una estructura esquelética con ventanas rotas y paredes llenas de grafitis.
Elena lo vio deslizarse por una entrada lateral, una puerta de metal oxidado que chirrió al abrirse. Ella esperó un minuto, contando los segundos mientras su respiración se agitaba.
"¿Qué estoy haciendo?", se preguntó. "Debería volver a casa". Pero la imagen de Mateo gritando "¡Se lo llevarían!" la impulsó a seguir.
Se acercó a la puerta entreabierta. Estaba oscuro, pero al fondo del pasillo se veía una luz tenue, probablemente de una vela o una linterna vieja. Elena caminó de puntillas, evitando los cristales rotos en el suelo. A medida que se acercaba, empezó a escuchar una voz. Era Mateo.
Pero su tono no era agresivo ni loco. Era... dulce.
—Ya estoy aquí... tranquilo... ya llegué —decía Mateo con una voz suave, casi maternal—. Perdón por la tardanza, es que la señora de la farmacia me hizo muchas preguntas hoy. Pero mira, traje las buenas. Las que huelen a lavanda. Las que te gustan.
Elena llegó hasta el marco de la puerta de lo que parecía ser un antiguo cuarto de conserjería. Se asomó con cautela.
La escena le heló la sangre y, al mismo tiempo, la confundió.
En el suelo, sobre un colchón viejo pero sorprendentemente limpio, había un bulto cubierto con mantas. No era un bebé. El tamaño era el de un adulto. Mateo estaba arrodillado al lado, abriendo el paquete de toallitas húmedas.
Con una delicadeza extrema, Mateo retiró la manta superior. Elena tuvo que taparse la boca para ahogar un grito.
Allí, tumbado e inmóvil, había un anciano. Un hombre mayor, extremadamente pálido y frágil. Su mirada estaba perdida en el techo, con la boca ligeramente abierta. No parecía consciente de su entorno.
—Vamos a limpiarte, amigo —susurró Mateo—. Hoy hace calor, debes estar incómodo.
Elena vio cómo Mateo usaba las toallitas para limpiar el rostro del anciano, luego sus manos, con un cuidado reverencial. No había agua corriente en ese lugar, ni luz eléctrica. Mateo estaba usando esas toallitas costosas como la única forma de bañar y mantener digno a aquel hombre paralizado.
Pero entonces, Elena notó algo más. A pesar de la situación precaria, el anciano no llevaba harapos. Llevaba lo que parecían ser restos de una pijama de seda, ahora sucia, pero de una calidad innegable. Y en su mano izquierda, la cual Mateo limpiaba dedo por dedo, brillaba algo.
Un anillo. Un anillo de oro macizo con una piedra negra y un escudo grabado.
Elena retrocedió, su mente trabajando a toda velocidad. "Es un secuestro", pensó. "Mateo secuestró a un viejo rico para pedir rescate, pero algo salió mal y ahora lo tiene aquí muriéndose".
El pánico se apoderó de ella. Salió del edificio tan rápido y silenciosamente como pudo. Apenas tuvo señal en su celular, marcó el 911.
—Policía, es una emergencia. Creo que encontré a una persona secuestrada. Un indigente lo tiene en la vieja fábrica textil. ¡Por favor, vengan rápido, el señor parece estar muy mal!
La respuesta fue inmediata. En menos de diez minutos, el silencio del barrio abandonado se rompió con el sonido de las sirenas. Dos patrullas llegaron derrapando, iluminando la fachada del edificio con sus luces rojas y azules.
Elena, temblando, señaló la entrada a los oficiales. —Están ahí dentro. Tengan cuidado, el hombre está desesperado.
Cuatro policías desenfundaron sus armas y entraron gritando. —¡POLICÍA! ¡SALGA CON LAS MANOS EN ALTO!
Elena escuchó los gritos de terror de Mateo desde afuera. —¡No! ¡No le hagan daño! ¡Por favor, no disparen! ¡Él no puede moverse!
El ruido de botas, golpes y gritos llenó el aire. Elena se acercó, impulsada por la culpa y la necesidad de saber. Cuando llegó al cuarto, vio a Mateo en el suelo, esposado, llorando desconsoladamente con la cara contra el cemento.
—¡Soy inocente! ¡Yo solo lo cuido! —sollozaba Mateo.
Un oficial estaba revisando al anciano en el colchón. El policía se quedó inmóvil mirando el rostro del viejo y luego el anillo en su mano.
—Sargento... —dijo el oficial con voz temblorosa—, venga a ver esto. —¿Qué pasa? ¿Está muerto? —No, señor. Está vivo, pero deshidratado. Pero mire el anillo. Y mire su cara.
El sargento se acercó y alumbró con su linterna el rostro del anciano. Sus ojos se abrieron como platos. Sacó su teléfono y buscó una imagen reciente que había estado circulando en las noticias nacionales y en los boletines de búsqueda de personas de alto perfil.
El sargento miró la pantalla del celular, luego al anciano, y finalmente a Mateo, que seguía llorando en el suelo.
—Santo cielo —murmuró el sargento—. Bajen las armas. ¡Llamen a una ambulancia medicalizada y avisen a la central!
El sargento se agachó junto a Mateo y, en lugar de tratarlo como a un criminal, lo levantó con cuidado. —Hijo, ¿sabes quién es este hombre? —le preguntó el policía.
Mateo sorbió los mocos y negó con la cabeza. —No sé cómo se llama. Él no habla. Lo encontré hace un mes tirado en el parque, mojado y con frío. Iban a golpearlo unos pandilleros. Me lo traje. Yo lo cuido. Es mi abuelo... bueno, no es mi abuelo de verdad, pero es como si lo fuera. Gasto todo lo que junto en sus toallitas para que no le salgan llagas. Es lo único que puedo hacer.
El sargento miró a Elena, que estaba en la puerta petrificada, y luego volvió a mirar a Mateo.
—Hijo, este hombre no es un vagabundo. Este hombre es Don Augusto Valderrama.
El nombre golpeó a Elena como un ladrillo. Augusto Valderrama. El magnate de la construcción. El dueño de media ciudad. El hombre que había desaparecido hacía cinco semanas y por quien su familia ofrecía una recompensa histórica. Se decía que sufría de Alzheimer avanzado.
Pero la historia no terminaba ahí. Lo que la familia de Don Augusto estaba a punto de hacer al enterarse dejaría a todos sin palabras.
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