Empresario Millonario Encuentra a sus Padres en la Calle Tras Descubrir una Estafa en la Escritura de la Mansión
La cacería y el falso rey
Conduje como un maníaco hacia el hotel más lujoso de la ciudad, el Gran Hotel Imperial. No iba a dejar a mis padres en un hospital público ni en cualquier pensión. Necesitaban atención inmediata, calor y seguridad. Pedí la suite presidencial y solicité un médico privado a la habitación.
Mientras el doctor revisaba a mi madre, que presentaba principios de neumonía, y a mi padre, que tenía las piernas hinchadas por la mala circulación y el frío, yo me encerré en el baño. Me miré al espejo. Mis ojos estaban inyectados en sangre. Saqué mi teléfono y marqué el número de mi abogado personal, el Licenciado Ferrera, uno de los tiburones legales más temidos del país.
—Ferrera, necesito que rastrees una transacción inmobiliaria ahora mismo —dije sin saludar—. Quiero saber quién compró la casa de mis padres, cuánto pagaron y dónde se depositó el dinero. Y quiero saber dónde está mi hermano Carlos.
—Diego, son las nueve de la noche... —empezó a protestar.
—¡Me importa un carajo la hora! —grité, golpeando el mármol del lavabo—. ¡Mis padres estaban durmiendo en la basura! ¡Hazlo ahora!
Media hora después, mientras mis padres dormían sedados y calientes en camas de plumas, mi teléfono vibró. Ferrera me había enviado una ubicación.
"Club Nocturno 'El Cielo'. Zona VIP. Ha gastado 50.000 dólares en las últimas 48 horas. Compró un coche deportivo esta mañana".
Le di un beso a mi madre en la frente, dejé mi tarjeta de crédito en la recepción con instrucciones de que les dieran todo lo que pidieran, y salí de nuevo a la noche.
El Club 'El Cielo' era el lugar donde la gente con dinero nuevo iba a presumir. Llegué y le tiré las llaves al valet parking sin mirarlo. Los guardias de seguridad intentaron detenerme en la entrada porque iba con ropa mojada y llena de barro, pero saqué un fajo de billetes de mi bolsillo y se los estampé en el pecho al jefe de seguridad.
—Llevame a la mesa de Carlos Méndez. Ahora.
El guardia asintió y me guio a través de la multitud sudorosa y la música ensordecedora. Subimos a la zona VIP, un balcón que daba a la pista de baile.
Y allí estaba.
Mi hermano. Vestido con un traje blanco brillante, con una botella de champán de tres litros en una mano y un cigarro en la otra. Estaba rodeado de "amigos" que nunca había visto y mujeres que claramente estaban ahí por el dinero. Se reía a carcajadas, lanzando billetes al aire como si fueran confeti.
Eran los billetes que habían costado la dignidad de mis padres.
Caminé hacia él. La música estaba tan alta que no me escuchó llegar. Me paré justo detrás de él y le toqué el hombro.
Carlos se giró con una sonrisa borracha, que se desvaneció instantáneamente cuando vio mi cara. Palideció tanto que parecía un cadáver. Soltó la botella, que se rompió contra el suelo, derramando el líquido caro sobre sus zapatos nuevos.
—Die... Diego... —balbuceó, retrocediendo y chocando contra la mesa—. Hermano... ¡qué sorpresa! No sabía que venías...
La música pareció detenerse para nosotros. Los parásitos que lo rodeaban se quedaron callados, intuyendo la violencia en el aire.
—¿Hermano? —pregunté con una voz calma que daba más miedo que los gritos—. ¿Me llamas hermano mientras nuestros padres se estaban muriendo de frío bajo la lluvia?
Carlos intentó recuperar la compostura. Soltó una risa nerviosa y levantó las manos.
—Oye, tranquilo, tranquilo. Fue un negocio, Diego. Tú sabes cómo son los negocios. Los viejos no necesitaban una casa tan grande, era un desperdicio. Además, yo necesitaba el capital para una inversión... iba a darles algo, te lo juro.
—¿Una inversión? —di un paso adelante—. ¿Esto es tu inversión? ¿Champán y prostitutas mientras mamá tiene neumonía?
—¡El dinero es mío! —gritó de repente, sacando esa arrogancia que siempre tuvo escondida—. ¡Ellos me firmaron los papeles! ¡Legalmente todo fue correcto! El notario dio fe. La casa era mía y la vendí. ¡No puedes hacer nada! ¡Si me tocas, te denuncio y te meto preso!
La rabia me cegó por un segundo. Quería golpearlo. Quería destrozarle la cara ahí mismo. Mis puños se cerraron con tanta fuerza que mis uñas se clavaron en las palmas. Pero entonces, recordé algo. Algo vital.
Sonreí. Fue una sonrisa fría y cruel.
—¿Dices que firmaron los papeles de venta, Carlos? —pregunté suavemente.
—¡Sí! ¡Cesión total de derechos! ¡Soy el dueño legítimo del dinero! —bramó él, sintiéndose seguro detrás de su supuesta legalidad.
—Eres un idiota, Carlos. Siempre fuiste un idiota que nunca leyó la letra pequeña.
Saqué mi teléfono y puse el altavoz. Marqué a Ferrera.
—Ferrera, ¿estás ahí?
—Sí, Diego. Tengo el expediente de la casa aquí mismo.
—Explícale a mi hermano, por favor, bajo qué figura jurídica compré la casa de mis padres hace dos años. Que lo escuche todo el club.
La voz del abogado sonó nítida y metálica a través del teléfono.
—La propiedad fue adquirida bajo la figura de 'Donación con Reserva de Usufructo Vitalicio' y, lo más importante, estaba dentro de un Fideicomiso Familiar Irrevocable donde el señor Diego es el único Fideicomisario con poder de enajenación.
Carlos frunció el ceño, confundido. El alcohol le impedía procesar las palabras.
—¿Qué... qué significa eso? —preguntó, con la voz temblorosa.
Me acerqué a su oído y le susurré:
—Significa que papá y mamá no eran los dueños del título, Carlos. Solo tenían el derecho de vivir ahí hasta que murieran. El dueño legal de la propiedad... soy yo. O mejor dicho, mi empresa.
Carlos abrió los ojos como platos. Empezó a sudar frío.
—Lo que significa —continué, disfrutando cada segundo de su terror— que los papeles que les hiciste firmar no valen nada. No podían cederte lo que no era suyo. Pero tú sí vendiste la casa a un tercero cobrando un dinero por una propiedad que no te pertenecía.
—Eso se llama fraude agravado, estafa y falsificación de documentos privados y públicos —añadió la voz de Ferrera desde el teléfono—. La policía ya está en camino, Carlos. Y la constructora que te pagó... bueno, ellos tampoco están muy contentos de saber que compraron aire.
Carlos miró hacia la entrada del VIP. Dos agentes de policía uniformados y tres hombres de traje con cara de pocos amigos (probablemente los abogados de la constructora) venían subiendo las escaleras.
—Diego, por favor... —Carlos se arrodilló, agarrándose a mis piernas, llorando como un niño—. ¡Soy tu hermano! ¡Ayúdame! ¡Tengo el dinero, todavía tengo casi todo! ¡Tómalo!
Lo miré desde arriba con un desprecio absoluto. Me solté de su agarre con una patada suave.
Pero lo que sucedió a continuación, cuando la policía llegó a nuestra mesa, fue el golpe final que nadie esperaba.
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