El oficial joven, cuyo nombre en la placa decía "Sánchez", caminó hacia Ernesto con la mano apoyada en su arma de reglamento. No era una actitud agresiva, sino precavida. En esa zona desértica, cualquier actividad inusual atraía la atención de la Policía Municipal.
—"¿Qué hace ahí, jefe?", preguntó Sánchez, mirando la cruz que ahora resplandecía con una blancura casi celestial.
Ernesto, con la honestidad de quien no tiene nada que ocultar, se limpió las manos con un trapo viejo y sonrió con sencillez. "Terminando el encargo, oficial. El oficial Rosendo me pidió este trabajo esta mañana. Me pagó por adelantado y me pidió que la dejara bonita. ¿Lo ha visto por ahí? Me dijo que lo buscara al terminar".
El silencio que siguió a esas palabras fue tan pesado que Ernesto pudo escuchar los latidos de su propio corazón. El oficial Sánchez retrocedió un paso, su rostro perdió todo rastro de color y sus ojos se abrieron con un terror genuino. No era el miedo a un criminal, era el miedo a lo inexplicable, a lo que no se enseña en la academia de policía.
—"Señor... usted no sabe lo que está diciendo", susurró Sánchez con la voz entrecortada. "El oficial Rosendo murió en este mismo lugar hace exactamente un año. Tuvo un accidente brutal. Su patrulla se desbarrancó y no quedó nada de él. Yo mismo ayudé a recuperar los restos".
Ernesto sintió un vacío en el estómago. Metió la mano en su bolsillo y tocó los billetes que Rosendo le había dado. Estaban ahí. Eran reales. Eran físicos. "¿Pero qué dice usted? Él habló conmigo hoy mismo. Me dio este dinero. Tomamos un café en la entrada de mi casa. No puede estar muerto, el oficial Rosendo es un hombre respetado, un dueño de tierras, un empresario del orden...".
Sánchez negó con la cabeza, visiblemente afectado. "Rosendo murió siendo millonario, sí, pero murió solo. Se dice que dejó un testamento oculto, una herencia millonaria que su familia y sus abogados han estado peleando en los juzgados durante meses. Pero él no ha hablado con nadie desde el día del accidente".
En ese momento, Ernesto entró en pánico. "¡Lo vi con mis propios ojos, yo no estoy loco!", gritó, mostrando los billetes al oficial. Sánchez los tomó con manos temblorosas. Al revisarlos, soltó un grito ahogado. Los billetes tenían números de serie correlativos que pertenecían a un lote denunciado como desaparecido el día del accidente de Rosendo. Era dinero que legalmente no debería existir en circulación.
La atmósfera cambió. Ernesto miró de nuevo la cruz. Ahora que sabía la verdad, la blancura de la pintura le parecía un sudario y las flores parecían ofrendas para un espíritu que no encontraba descanso. El oficial Sánchez, a pesar de su miedo, llamó por radio a sus superiores. "Tenemos una situación en el kilómetro 12. Involucra al caso Rosendo. Traigan a los abogados de la sucesión y al juez de turno. Esto no es un simple loco pintando una cruz".
Mientras esperaban, Ernesto empezó a recordar detalles que su mente había bloqueado. Rosendo no parpadeaba. Su piel no reflejaba la luz del sol. Y sobre todo, el oficial recordaba que, al despedirse, Rosendo le había dicho: "Gracias, Ernesto. Ahora que mi lugar está limpio, podré mostrarte dónde enterraron el documento que me robó la vida".
Ernesto se dio cuenta de que no solo había sido contratado para pintar. Había sido elegido como el testigo de una injusticia que trascendía la muerte. El oficial Rosendo no buscaba una cruz bonita; buscaba justicia para su herencia y un castigo para quienes lo habían traicionado en vida. Debajo de esa cruz, enterrado en lo profundo de la tierra seca, había algo que los abogados y los jueces corruptos temían más que a la muerte misma.
El hombre mayor miró la tierra removida y sintió un impulso irresistible de cavar. Pero justo cuando sus dedos rozaron algo metálico bajo la madera, el sonido de varias sirenas anunció la llegada de los altos mandos y de los representantes legales de la familia Rosendo, hombres trajeados que bajaban de camionetas de lujo con miradas de desprecio y nerviosismo.
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