En la pantalla de alta definición, se veía claramente a Elena deteniendo su carrito de limpieza en medio del pasillo vacío. Se la veía gesticular, sonreír y hablar... pero hablaba con la nada. No había nadie frente a ella. El pasillo estaba completamente desierto.
Sin embargo, ocurrió algo que desafiaba toda lógica. En el momento en que Elena dijo que la anciana le había tocado el brazo, la imagen de la cámara parpadeó. Una estática extraña cubrió la pantalla por un segundo, y cuando la imagen volvió, se pudo ver cómo la manga del uniforme de Elena se hundía ligeramente, como si unos dedos invisibles la estuvieran presionando.
Valderrama se dejó caer en la silla del guardia, respirando con dificultad. Sabía lo que significaba. No estaba loco. Ella estaba allí.
—Estás despedida —murmuró Valderrama sin mirarla.
—¿Qué? —Elena no podía creerlo—. Pero señor, yo no hice nada malo, yo solo...
—¡He dicho que estás despedida! —gritó él, girándose con los ojos inyectados en sangre—. ¡Recoge tus cosas y lárgate de mi hotel ahora mismo! ¡Si vuelves a poner un pie aquí llamaré a la policía y te acusaré de robo! ¡Fuera!
El miedo del gerente era palpable. Quería a Elena lejos. Quería borrar cualquier rastro de lo que acababa de suceder. Pero cometió un error: subestimó la curiosidad y, sobre todo, la necesidad de Elena. Además, la joven sentía una extraña conexión con la anciana. La frase "es hora de que la verdad saliera a la luz" resonaba en su cabeza una y otra vez.
Elena salió de la oficina llorando, pero no se fue del hotel. Sabía que Valderrama escondía algo. ¿Por qué tanto miedo? ¿Por qué sellar una habitación por diez años? Y lo más importante: la anciana le había pedido ayuda a ella.
Elena se escondió en el cuarto de servicio del sótano, esperando a que anocheciera. Sabía que Valderrama tenía una copia de la llave maestra de la suite 99 escondida en una caja fuerte detrás de la recepción, una caja cuyo código Elena había visto de casualidad hacía meses: la fecha de inauguración del hotel.
Tenía que entrar. Sentía que su futuro dependía de ello.
A las 2:00 AM, el hotel estaba en silencio. Valderrama se había marchado a su mansión, probablemente a intentar dormir con la ayuda de pastillas. Elena se deslizó por las sombras, recuperó la llave con manos temblorosas y subió al ascensor.
Al llegar frente a la puerta 99, el aire estaba gélido. La cinta policial que alguna vez selló la puerta estaba rota y vieja en el suelo. Elena introdujo la llave. El mecanismo giró con un chasquido pesado y oxidado.
La habitación olía a tiempo detenido, a polvo y a madera antigua. Elena encendió la linterna de su móvil. Todo estaba cubierto por sábanas blancas, como fantasmas esperando despertar. Era una suite presidencial, enorme y lujosa.
—¿Doña Clara? —susurró Elena.
Nadie respondió. Pero una corriente de aire frío empujó suavemente a Elena hacia la chimenea, sobre la cual colgaba un enorme retrato al óleo de la mujer que había visto en el pasillo. Lucía más joven, pero era inconfundiblemente ella, con el mismo collar de perlas.
Elena se acercó al cuadro. Notó que el marco estaba ligeramente torcido. Al intentar enderezarlo, sus dedos rozaron un pequeño bulto detrás del lienzo. El corazón le dio un vuelco.
Con cuidado, metió la mano detrás del pesado marco y sus dedos tocaron un sobre grueso, sellado con lacre rojo. Lo sacó, levantando una nube de polvo. En el frente, escrito con una caligrafía elegante, se leía: "Última Voluntad y Testamento de Clara De la Vega - Para ser abierto solo en presencia de autoridades judiciales".
Elena sabía lo que tenía en las manos. Era un documento legal de inmenso valor. Pero antes de que pudiera guardarlo en su delantal, la puerta de la habitación se abrió de golpe, golpeando contra la pared con violencia.
La luz del pasillo inundó la habitación, recortando una silueta masculina en el umbral. Era Valderrama. Y no estaba solo. Tenía una barra de hierro en la mano.
—Sabía que vendrías, rata curiosa —dijo Valderrama, entrando lentamente en la habitación. Su rostro estaba desencajado por la locura y la codicia—. Sabía que esa vieja bruja te enviaría aquí. Llevo diez años buscando ese maldito papel. Diez años registrando esta habitación sin encontrarlo. Y tú, una simple limpiadora, lo encuentras en cinco minutos.
Valderrama cerró la puerta tras de sí y echó el cerrojo.
—Dame el sobre, Elena —ordenó, avanzando hacia ella mientras golpeaba la barra de hierro contra su propia mano—. Ese hotel es mío. Me pertenece por derecho. Ella me lo iba a dejar a mí, pero se volvió loca al final. Ese testamento no tiene validez.
—Si no tiene validez, ¿por qué tiene tanto miedo? —preguntó Elena, retrocediendo hasta chocar con el escritorio, abrazando el sobre contra su pecho.
—¡Dámelo! —gritó él, lanzándose hacia ella.
Elena esquivó el primer golpe por milímetros. La barra de hierro destrozó una lámpara antigua. Ella corrió hacia el baño, pero Valderrama fue más rápido y la agarró por el cabello, tirándola al suelo polvoriento.
—¡Nadie va a saber que estuviste aquí! —gruñó él, arrebatándole el sobre de las manos—. Un accidente trágico. Una empleada descontenta que entró a robar y se cayó por el balcón. Qué pena.
Valderrama guardó el testamento en su bolsillo y levantó la barra para dar el golpe final. Elena cerró los ojos, esperando el impacto, rezando por su madre que se quedaría sola.
Pero el golpe nunca llegó.
De repente, la temperatura de la habitación descendió violentamente a bajo cero. Las ventanas vibraron con fuerza y las sábanas que cubrían los muebles salieron volando como si un huracán hubiera entrado en la suite.
Valderrama se quedó paralizado, con el brazo en alto, mirando con terror hacia el rincón oscuro de la habitación.
—¡No! —gimió el gerente—. ¡Tú no! ¡Estás muerta!
De las sombras emergió Doña Clara, pero esta vez no parecía una anciana amable. Su figura brillaba con una luz espectral y su rostro reflejaba una ira terrible.
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Sus relatos. Como novela pintoresca real son vivencias de la vida cotidiana que muchos ignoramos, pero dejan una reflexión entre los lectores gracias