La mañana siguiente en la universidad no fue como cualquier otra. El sol brillaba con una intensidad especial sobre el pavimento del estacionamiento principal, el lugar donde solo los estudiantes con coches de lujo tenían permitido aparcar.
Mateo llegó temprano, como siempre, presumiendo su nuevo reloj de oro y estacionando su vehículo de manera que ocupara dos espacios. Valeria estaba con él, revisando su maquillaje en el espejo mientras se burlaban de los estudiantes que llegaban caminando.
—Hoy es el gran día —decía Mateo—. Mi padre dice que hoy se anuncia quién es el nuevo benefactor mayoritario de la universidad. Seguro que es un socio de su empresa. Eso nos dará el control total aquí.
De repente, un sonido profundo, un rugido que parecía vibrar en el asfalto, silenció todas las conversaciones. Un Lamborghini Revuelto de color dorado metálico entró por la puerta principal. El coche no solo era una joya de la ingeniería, era un símbolo de un estatus que ni siquiera la familia de Mateo podía alcanzar fácilmente.
El vehículo avanzó lentamente, rodeado por las miradas incrédulas de cientos de estudiantes. Se detuvo justo en el centro del estacionamiento, bloqueando el paso de los coches de lujo que estaban allí. La puerta de tijera se elevó con un silbido elegante.
Todos esperaban ver a un empresario mayor o a una celebridad. Pero cuando la figura salió del coche, el silencio fue absoluto.
Elena vestía la misma sudadera gris y los mismos jeans desgastados del día anterior. Su cabello seguía en la misma coleta sencilla. El contraste era tan violento que resultaba surrealista: la chica que todos llamaban "pobre" bajando del coche más caro del país.
Mateo dio un paso adelante, con la boca abierta y los ojos a punto de salirse de sus órbitas.
—¿Qué... qué es esto? —balbuceó, sintiendo que el mundo se le movía bajo los pies—. ¿De dónde sacaste ese coche, Elena? ¡Esto es una broma! ¡Seguro es robado o lo alquilaste con lo que no tienes!
Elena no le respondió. Simplemente se apoyó en el capó del coche y lo miró con una calma que resultaba aterradora. En ese momento, una comitiva de hombres vestidos con trajes oscuros y portafolios de cuero apareció desde el edificio administrativo. A la cabeza iba el Rector de la universidad, un hombre que normalmente no saludaba a nadie que no tuviera un apellido de renombre.
El Rector estaba sudando, visiblemente nervioso. Caminó a paso veloz hacia Elena y, ante la mirada atónita de todo el campus, hizo una reverencia profunda.
—Señorita Elena... —dijo el Rector con voz temblorosa—. Es un honor. No teníamos idea de que usted estaba aquí, bajo estas condiciones. El despacho de abogados nos ha notificado hace apenas unos minutos.
—¿Qué está pasando aquí, Rector? —intervino Valeria, tratando de recuperar su arrogancia—. ¿Por qué trata así a esta muerta de hambre?
El Rector se giró hacia Valeria con una mirada de puro pavor.
—¡Cállese, señorita! —rugió el Rector—. Están hablando con la nueva propietaria de los terrenos de esta universidad y la presidenta de la fundación que financia todas sus becas y laboratorios. La familia de la señorita Elena acaba de comprar la deuda de la institución y ahora posee el control total del consejo.
Mateo sintió que la sangre se le retiraba del rostro. Recordó cada insulto, cada burla sobre la bicicleta, cada vez que la llamó basura. Elena dio un paso hacia él.
—Dime, Mateo —dijo ella, con una voz suave que cortaba como el hielo—. ¿Aún te parece graciosa mi ropa? ¿O prefieres que hablemos sobre quién es el verdadero dueño de este lugar?
Mateo intentó hablar, pero solo le salió un gemido ahogado. La humillación que él había intentado imponer a Elena se le estaba devolviendo con una fuerza destructiva. Elena sacó una tarjeta negra de su bolsillo, una Centurion que brillaba bajo el sol.
—Mi padre me enseñó que el dinero puede comprar edificios, pero no puede comprar la clase ni la decencia. Ustedes reprobaron la única prueba que importaba.
Elena se giró hacia el Rector, quien esperaba sus órdenes como un sirviente.
—Rector —dijo ella, señalando a Mateo y Valeria—. Traiga los expedientes disciplinarios de estos dos. Tenemos mucho de qué hablar sobre el acoso en este campus. Mi padre dejó instrucciones muy claras en su testamento sobre cómo debe manejarse esta propiedad si alguien alguna vez intentaba pisotear la dignidad de otros estudiantes.
La tensión en el aire era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo. Mateo sabía que su futuro, el de su familia y sus conexiones dependían de la mujer a la que ayer le había tirado la bicicleta al suelo. Estaba a punto de descubrir que algunas deudas no se pagan con dinero, sino con justicia.
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