Me acerqué lentamente, sintiendo que el corazón me latía con fuerza contra el pecho.
Mis manos temblaban mientras palpaba el cuero desgastado. Definitivamente, había algo rígido escondido en su interior.
Saqué mi navaja y, con mucho cuidado para no lastimar a Estrella, corté las pesadas puntadas.
De adentro cayó un pequeño objeto envuelto en hule oscuro.
Era una llave. Una llave de seguridad bancaria, de esas que custodian los secretos de los millonarios.
Junto a ella, un papel doblado escrito con la inconfundible caligrafía de mi padre.
«El verdadero valor no se ve a simple vista. Ve a la bóveda del Banco Central. Solo tú conoces el código.»
Mi mente viajó al pasado. El código debía ser la fecha exacta en que construimos juntos el primer granero. El único recuerdo puro que compartíamos.
Mientras tanto, en la casa principal, la fiesta de mi hermano no paraba. Había despedido a los empleados antiguos y celebraba su nueva vida de lujos.
Yo no dije nada. Tomé mi vieja camioneta y conduje hacia la ciudad a primera hora de la mañana.
Llegué al banco. El gerente me esperaba y me guio hasta las bóvedas subterráneas.
Inserté la llave. Marqué los números. El mecanismo de acero cedió con un chasquido.
Lo que vi dentro de esa enorme caja de seguridad me dejó sin respiración.
No podía creer la jugada maestra que mi padre había orquestado en secreto.
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