Ricardo miró alternativamente al vagabundo y al millonario. La tensión era casi eléctrica. Don Arturo, el hombre que siempre tenía una respuesta para todo, parecía haber perdido la capacidad de hablar. Sus ojos estaban fijos en el suelo, evitando la mirada penetrante de Jacinto.
—¿De qué está hablando este loco? —preguntó Ricardo, aunque en el fondo de su voz ya se notaba la duda—. Arturo, ¿qué hay en el tanque?
Arturo recuperó el aliento y trató de recomponer su máscara de poder. Se ajustó la corbata con violencia. —¡Es una locura! ¡Seguridad! ¡Llamen a seguridad para que saquen a este indigente de mi vista!
—Puede llamar a quien quiera —dijo Jacinto con una calma que aterraba—. Pero la seguridad no sacará el azúcar y los diamantes del sistema de inyección.
El mecánico dio un salto hacia atrás. —¿Azúcar? ¿Diamantes? ¿De qué diablos hablas?
Jacinto se acercó al tanque de gasolina. Con una agilidad que no encajaba con su apariencia descuidada, abrió la tapa. El olor a combustible inundó el aire, pero había algo más, un rastro dulce y pegajoso.
—El azúcar cristaliza el combustible y bloquea los inyectores, matando el motor en minutos —explicó Jacinto como si fuera un ingeniero de la propia Lamborghini—. Pero lo que realmente detuvo la bomba de gasolina fue algo sólido. Algo pequeño, caro y muy brillante.
Arturo se desplomó contra la pared del estacionamiento. El secreto que había guardado con tanto celo estaba siendo expuesto por un hombre que no tenía donde caer muerto. La historia era mucho más sórdida de lo que nadie podía imaginar.
La noche del viernes, Arturo había tenido una discusión violenta con su amante en ese mismo coche. Ella, en un ataque de despecho y rabia, le había arrebatado un sobre que él llevaba en la guantera: un collar de diamantes destinado a su esposa por su vigésimo aniversario. En medio del forcejeo, ella lanzó el collar dentro del tanque de gasolina mientras él llenaba el depósito en una estación remota, y luego vació un paquete de azúcar que había robado de una cafetería cercana.
Arturo, en su desesperación por recuperar las joyas y ocultar su infidelidad, intentó pescar el collar, pero solo logró empujarlo más al fondo. Pensó que si llegaba a casa rápido, podría drenar el tanque sin que nadie se diera cuenta. Pero el azúcar hizo su trabajo antes de que pudiera cruzar la ciudad. El coche se detuvo en seco, y él tuvo que inventar una historia sobre un fallo mecánico para justificar por qué su "tesoro" estaba siendo remolcado por una grúa.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Arturo con un hilo de voz—. Nadie me vio esa noche. Estaba solo en esa gasolinera de la carretera vieja.
Jacinto sonrió de forma triste. Se subió la manga de su chaqueta mugrienta, revelando un tatuaje antiguo de un ancla en el antebrazo. —Yo no estaba en la gasolinera, Arturo. Yo estaba debajo del puente donde usted se detuvo a llorar como un niño cuando el coche se apagó. Usted me vio, me tiró un billete de cien dólares y me dijo que si abría la boca me mandaría a la cárcel. No me reconoció porque para usted, la gente como yo es invisible.
Ricardo el mecánico miraba la escena con la boca abierta. El hombre al que admiraba por su éxito era ahora un ser patético, expuesto por sus propias mentiras. —Entonces no es un fallo del motor... es un sabotaje que tú mismo permitiste por ocultar tus sucios secretos —dijo el mecánico con desprecio.
—¡Cállate! —gritó Arturo, recuperando algo de su agresividad—. ¡Sácalo de ahí! ¡Saca el collar y limpia el motor! Te daré el doble, el triple de lo que acordamos. ¡Pero nadie puede saber esto! Mi esposa... ella me quitará todo si se entera de la infidelidad. El contrato prenupcial es claro: si hay engaño, me quedo en la calle.
Jacinto soltó una carcajada que resonó en todo el garaje. —Es irónico, ¿verdad? El gran dueño de la ciudad, el hombre de la mansión y las joyas, tiene más miedo a la verdad que yo al frío de la noche. Usted cree que el dinero lo arregla todo, pero el azúcar ya ha penetrado en las válvulas. El daño es irreversible a menos que se desarme el motor pieza por pieza.
—¡Hazlo! —suplicó Arturo a Ricardo—. ¡Empieza ahora mismo!
Ricardo miró sus herramientas y luego miró a Arturo. —No. No voy a ser cómplice de esto. Dijiste que yo era el mejor, y como el mejor, te digo que busques a otro. No ensucio mi reputación por un hombre que prefiere un coche a su integridad.
El mecánico comenzó a recoger sus cosas, dejando a Arturo solo con el vagabundo y su coche inservible. Pero lo peor estaba por venir. Arturo metió la mano en su bolsillo y sacó un fajo de billetes, intentando sobornar a Jacinto.
—Toma esto, Jacinto, o como te llames. Toma todo y vete. Olvida lo que viste bajo el puente. Olvida los diamantes.
Jacinto no tocó el dinero. Se acercó al oído de Arturo y le susurró algo que lo dejó paralizado, algo que no tenía que ver con el coche, sino con el pasado compartido de ambos que Arturo había olvidado convenientemente.
La cara de Arturo se transformó en una máscara de terror absoluto al darse cuenta de quién era realmente el hombre que tenía enfrente.
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