El Secreto de la Herencia Millonaria: Un Niño de la Calle Detiene el Funeral y Revela una Estafa Mortal que Cambió el Testamento para Siempre
La Prueba del Delito y el Horror Bajo la Lluvia
El silencio en el cementerio era sepulcral. Solo se escuchaba el sonido de la lluvia golpeando los paraguas y la respiración contenida de las cincuenta personas presentes. Don Roberto subió el volumen al máximo.
Del pequeño altavoz del teléfono surgió una voz. No era la de Elena. Era la voz inconfundible de Vanessa, sonando irritada y fría, sin una pizca de la tristeza que fingía ahora.
—¿Estás seguro de que la dosis es la correcta, doctor? No quiero errores. Si se despierta antes de que la entierren, estamos acabados.
Un murmullo de horror recorrió la multitud. Los amigos de la familia se miraban entre sí, tapándose la boca. Vanessa retrocedió, tropezando con sus propios tacones, buscando una salida con la mirada, pero los guardias de seguridad, dándose cuenta de la situación, bloquearon sutilmente su camino.
La grabación continuó. Se escuchó la voz de un hombre, grave y nerviosa.
—Tranquila, señora Vanessa. El compuesto simula la muerte a la perfección. Baja el ritmo cardíaco a casi cero. Los médicos forenses, con el dinero que les pagamos, firmaron el certificado sin mirar. En doce horas, el efecto pasará, pero para entonces ya estará tres metros bajo tierra y el oxígeno se le acabará en minutos.
—Perfecto —respondió la voz de Vanessa en la grabación—. Una vez que esté muerta legalmente, la herencia pasa a Roberto, y como su esposa, si a él le pasa algo... todo será mío. Asegúrate de cerrar bien ese cajón.
El audio terminó con un clic seco.
Don Roberto dejó caer la mano que sostenía el teléfono. Su rostro había cambiado. El dolor se había transformado en una furia volcánica. Se giró lentamente hacia Vanessa. Si las miradas mataran, ella habría caído fulminada en ese instante.
—¡Roberto, déjame explicarte! —gritó ella, histérica, con el maquillaje corrido por las lágrimas y la lluvia—. ¡Es una trampa! ¡Esa no soy yo! ¡Es inteligencia artificial! ¡Ese niño manipuló todo!
—¡ABRAN EL ATAÚD! —gritó Don Roberto, ignorándola por completo. Su voz resonó con tal fuerza que incluso el sacerdote dio un salto.
—Pero señor... —tartamudeó el encargado de la funeraria, un hombre pálido y delgado que sudaba frío—. Eso es ilegal. Se requiere una orden judicial, sanidad no lo permite, el protocolo...
Don Roberto avanzó hacia él y lo agarró de las solapas de su traje barato.
—¡Soy el dueño de media ciudad! —rugió en su cara—. ¡Tengo a los mejores jueces en mi nómina y a los mejores abogados aquí presentes! ¡Si no abres ese maldito ataúd ahora mismo, te juro por Dios que compraré esta funeraria solo para demolerla contigo adentro! ¡ÁBRELO!
El encargado, temblando como una hoja, hizo una señal a sus ayudantes. Sacaron los destornilladores eléctricos. El sonido mecánico de las herramientas girando, zzzzzt, zzzzzt, era lo único que se escuchaba. Parecía durar una eternidad.
Uno a uno, los tornillos dorados fueron cayendo al suelo mojado.
El niño de la calle, Lucas, se acercó tímidamente al lado de Don Roberto. El millonario, en un gesto instintivo y paternal, puso una mano sobre el hombro flacucho del muchacho, como buscando apoyo, como agradeciendo su valentía.
La tapa pesada de caoba fue levantada.
Todos estiraron el cuello. Vanessa se cubrió la cara con las manos, sollozando histéricamente, mientras el abogado llamaba frenéticamente a alguien por su celular, probablemente a la policía, pero no para arrestar al niño, sino para entregarlos a ellos.
Don Roberto se asomó al interior del féretro.
Allí estaba Elena. Pálida, hermosa, vestida con un vestido de seda blanca. Parecía una muñeca de porcelana. Sus manos estaban cruzadas sobre el pecho, frías y quietas. No parecía haber vida en ella.
El corazón de Roberto se detuvo. ¿Había llegado tarde? ¿El niño se había equivocado? ¿Quizás la droga había sido demasiado fuerte?
—Elena... hija mía... —susurró, acariciando su rostro helado.
No hubo respuesta.
—¡Está muerta! —gritó Vanessa con una risa nerviosa y maníaca—. ¡Lo ven! ¡Está muerta! ¡Todo este circo para nada! ¡Entiérrenla ya!
Roberto bajó la cabeza, derrotado. Las lágrimas se mezclaban con la lluvia en su rostro. Estaba a punto de dar la orden de cerrar el ataúd, sintiéndose el hombre más estúpido y desgraciado del mundo.
Pero entonces, Lucas, el niño de la calle, gritó:
—¡Miren su cuello! ¡Miren su cuello, señor!
Roberto miró. En la base del cuello de Elena, justo donde la piel es más fina, se veía un movimiento casi imperceptible. Un latido. Pum... pum... Lento. Débil. Pero real.
Y entonces, ocurrió el milagro. O el horror, dependiendo de quién mirara.
Los párpados de Elena temblaron. Un suspiro ronco y desesperado escapó de sus labios azules, como si su cuerpo estuviera luchando por arrancar el aire de la atmósfera.
—¡AAAAHHHH! —un grito de pánico colectivo estalló entre los asistentes. Algunos corrieron. Otros se persignaron.
Elena abrió los ojos de golpe. Eran ojos inyectados en sangre, llenos de terror y confusión. Miró hacia arriba, vio el cielo gris, la lluvia, y luego el rostro de su padre.
—¿Papá? —graznó con una voz que sonaba como lija—. Ayúdame... tengo frío...
El caos se desató.
—¡LLAMEN A UNA AMBULANCIA! —bramó Don Roberto, sacando a su hija del ataúd en brazos, abrazándola contra su pecho para darle calor, sin importarle arruinar el funeral, el protocolo o la lógica—. ¡AHORA!
Mientras tanto, Vanessa intentó aprovechar la confusión para escabullirse hacia los coches. Corrió por el pasto mojado, resbalando, perdiendo un zapato en el camino.
—¡Que no escape! —gritó el niño, señalándola.
Dos patrullas de policía entraron al cementerio con las sirenas apagadas pero las luces girando frenéticamente. Habían sido alertadas por el abogado, quien, viendo el barco hundirse, decidió salvar su propia piel delatando a su cómplice.
Los oficiales interceptaron a Vanessa justo cuando intentaba abrir la puerta de su Mercedes. La esposaron contra el capó del coche de lujo. Ella gritaba maldiciones, jurando que se arrepentirían, que ella era la dueña de todo.
Don Roberto, con su hija viva en brazos, miró la escena. Luego miró al niño, a Lucas, que observaba todo desde un lado, temblando de frío, listo para volver a su vida invisible en la calle ahora que su misión había terminado.
Pero Roberto no iba a permitir eso. No después de lo que acababa de pasar.
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