Raúl cerró los ojos esperando el golpe de la navaja, pero lo que escuchó fue un grito de sorpresa del atacante.
Abrió los ojos. El guardaespaldas había retrocedido, cubriéndose la cara por la tierra que había saltado por los aires.
De detrás de la lápida no salió un fantasma, ni un zombi. Salió un perro.
Era un Pastor Alemán enorme, sucio y con un collar de cuero caro. El perro ladraba furiosamente, defendiendo la tumba como si su vida dependiera de ello.
—¡Es Sultán! —gritó Mateo—. ¡Es el perro de mamá! ¡Roberto dijo que lo había sacrificado!
El perro, Sultán, no estaba muerto. Había estado cavando y escondiéndose detrás del mausoleo, probablemente oliendo a su dueña bajo la tierra, leal hasta el final. Y ahora, al ver a Mateo en peligro, el animal se había transformado en una bestia protectora.
Sultán se lanzó directamente a la yugular del hombre que sostenía a Mateo. El guardaespaldas soltó al niño para protegerse del animal, cayendo al suelo bajo el peso del perro enfurecido.
—¡Corre, Mateo! —gritó Raúl, recuperando las fuerzas gracias a la adrenalina.
Raúl se levantó y embistió con el hombro al hombre de la navaja, tomándolo por sorpresa mientras este miraba al perro. El hombre cayó sobre una corona de flores, soltando el arma.
Raúl agarró la mano de Mateo y corrieron. No hacia la salida principal, que estaba demasiado lejos, sino hacia el viejo mausoleo de la familia fundadora del cementerio, una estructura de piedra con puertas de hierro que Raúl sabía que a veces quedaban mal cerradas.
—¡Disparen al perro! ¡Atrapen al niño! —aullaba Roberto, fuera de sí.
Se escuchó un disparo. Un sonido seco que retumbó en todo el cementerio.
El ladrido de Sultán cesó.
Mateo soltó un gemido desgarrador mientras corría, pero Raúl no lo dejó detenerse.
—¡Adentro! —Raúl empujó una de las pesadas puertas de hierro del mausoleo antiguo. Cedió con un chirrido oxidado.
Entraron y Raúl cerró la puerta justo cuando una bala impactó en la piedra exterior, sacando chispas.
Estaban en la penumbra, rodeados de polvo y estatuas antiguas. Raúl puso el cerrojo oxidado, rezando para que aguantara.
—Mataron a Sultán... —lloraba Mateo en silencio, abrazando las piernas de Raúl.
—Lo siento mucho, pequeño. Fue un héroe —dijo Raúl, respirando agitadamente. Se tocó la cabeza; sangraba, pero no era grave.
Sacó su celular. Sin señal. Las paredes de piedra eran demasiado gruesas.
—Estamos atrapados —susurró Raúl.
Fuera, se escuchaban los pasos pesados de los hombres y la voz de Roberto.
—Sé que están ahí dentro. Salgan ahora y les prometo que será rápido. Si tengo que entrar, haré que sufran.
Raúl miró a su alrededor buscando una salida. Nada. Solo vitrales altos e inalcanzables.
Entonces, Mateo le tiró del pantalón.
—Raúl... la llave —dijo el niño, mostrándole la pequeña llave dorada otra vez.
—Hijo, esa llave no abre esta puerta —dijo Raúl con desesperanza.
—No. Mamá dijo: "Si algo pasa, ve con el abuelo". Este es el mausoleo del abuelo de mamá. Ella me traía aquí a jugar a las escondidas. Hay una caja fuerte.
Raúl abrió los ojos como platos. ¿Isabela Valdés había escondido pruebas en el mausoleo de sus antepasados?
—¿Dónde? —preguntó Raúl.
Mateo señaló una estatua de un ángel que sostenía un libro de piedra.
—Detrás del libro.
Raúl corrió hacia la estatua. Efectivamente, el libro de piedra tenía una bisagra casi invisible. Al moverlo, reveló un pequeño compartimento con una cerradura.
La llave de Mateo encajó perfectamente. Clic.
Dentro había una grabadora de voz digital y una carpeta con documentos legales doblados.
Mientras tanto, los golpes en la puerta de hierro se hacían más fuertes. El metal empezaba a ceder.
—¡Abran o volamos la puerta! —gritó Roberto.
Raúl tomó la grabadora y presionó "Play".
La voz de una mujer, temblorosa pero clara, llenó el silencio del mausoleo.
"Si están escuchando esto, es porque Roberto cumplió su amenaza. Me ha estado envenenando poco a poco con el té. Lo descubrí demasiado tarde. He cambiado mi testamento. Todo mi patrimonio, la empresa, las cuentas en Suiza y las propiedades, pasan a un fideicomiso exclusivo para mi hijo Mateo, administrado por el bufete 'García & Asociados'. Roberto no recibirá ni un centavo. Y si muero por causas no naturales, en esta carpeta están las pruebas de sus desfalcos y de cómo planeaba mi asesinato..."
Raúl miró los papeles. Eran copias de transacciones bancarias ilegales y un nuevo testamento firmado y sellado.
Esto no era solo una herencia. Era la prueba de un asesinato y de un robo masivo. Roberto lo sabía. Por eso estaba desesperado. Si ese testamento salía a la luz, él no solo perdía los millones, sino que iría a la cárcel de por vida.
¡BAM!
La puerta de hierro se abrió de golpe. La luz de la tarde entró cegadora.
Roberto estaba allí, con una pistola en la mano, apuntando directamente al pecho de Raúl. Sus dos guardaespaldas estaban detrás, jadeando.
—Dame eso —dijo Roberto, viendo la carpeta en manos de Raúl.
—Se acabó, Roberto —dijo Raúl, levantando la voz—. Todo está grabado.
—¿Y a quién le importa? —sonrió Roberto con malicia—. Nadie va a escuchar esa grabación. Voy a quemar este mausoleo con ustedes dos dentro. Dirán que fue un accidente provocado por vagabundos.
Roberto amartilló el arma.
—Despídete del niño.
Raúl cerró los ojos y se puso delante de Mateo. Estaba dispuesto a recibir la bala.
—¡NO! —gritó Mateo.
En ese instante, un sonido de sirenas inundó el cementerio. No una, sino muchas.
Roberto se giró, confundido.
—¿Qué demonios...?
—¡Policía! ¡Suelten las armas! —la voz amplificada por un megáfono resonó desde la entrada del mausoleo.
Raúl sonrió. No estaba totalmente sin señal. Antes de entrar al mausoleo, mientras corrían, había presionado el "botón de pánico" de su radio de guardia, un dispositivo viejo que funcionaba con frecuencia de radio directa a la central de seguridad, no por celular. Sus compañeros de la fábrica y la policía local habían escuchado todo el altercado a través del micrófono abierto de su radio colgada al cinto.
Roberto intentó correr, pero era tarde.
Decenas de policías uniformados, acompañados por el equipo táctico, rodearon la entrada.
—¡Estás acabado! —gritó Raúl.
Pero Roberto, viéndose acorralado, hizo algo impensable. Agarró a Mateo del brazo y le puso la pistola en la cabeza.
—¡Atrás o lo mato! ¡Juro que lo mato! —gritó Roberto con la desesperación de una rata acorralada.
El silencio se hizo sepulcral. Los policías apuntaban, pero no podían disparar sin arriesgar al niño.
Raúl estaba a dos metros. Miró a los ojos a Roberto. Vio el miedo. Vio la duda.
Y vio su oportunidad.
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