EL MULTIMILLONARIO DUEÑO DEL EDIFICIO FUE EXPULSADO DE SU PROPIA TIENDA DE LUJO POR UNA VENDEDORA QUE JUZGÓ SU APARIENCIA
La verdadera educación
La tensión en la tienda era insoportable. Las dos clientas que antes se reían habían aprovechado la confusión para escabullirse silenciosamente hacia la salida, avergonzadas de haber sido partícipes de la burla. Solo quedaban Jacinto, Roberto y una devastada Lorena, que lloraba desconsolada cubriéndose el rostro con las manos.
Jacinto caminó lentamente por la tienda. Pasó la mano sobre las telas finas, sintiendo la textura.
—¿Sabes? —comenzó a decir Jacinto, dirigiéndose a ella pero mirando al vacío—. Yo empecé trabajando descalzo. Mi primer par de botas me costó un mes de cargar arena. Aprendí que el valor de las cosas no está en la etiqueta, sino en el esfuerzo que cuesta conseguirlas.
Se giró hacia Lorena.
—Un título universitario cuelga en la pared, puede que tengas diplomas de ventas, de marketing, de atención al cliente... pero la educación real se ve en cómo tratas a los demás. Nunca desprecies a quien tiene las manos sucias, hija. Muchas veces son quienes construyen tus sueños. O en este caso, quienes son dueños del local donde trabajas.
Roberto carraspeó, preparando su bolígrafo sobre un documento legal.
—Don Jacinto, como nuevo propietario del edificio, usted tiene la potestad de revocar el contrato de arrendamiento de esta marca si considera que sus valores no se alinean con los del complejo comercial. Hay una cláusula de "buena conducta y reputación". Lo que acaba de pasar es causa suficiente para desalojarlos.
Al escuchar esto, Lorena levantó la cabeza, pálida como un papel. Si perdían el local por su culpa, la marca no solo la despediría, sino que la demandaría. Su carrera estaría acabada para siempre.
—¡No, por favor! —suplicó ella, cayendo de rodillas—. ¡Por favor, señor! ¡Hago lo que sea! ¡Me arrodillo si quiere!
Jacinto hizo un gesto de disgusto y le indicó que se levantara.
—Levántate. No quiero que te humilles. La humillación es el arma de los débiles, y yo no soy débil. No voy a cerrar la tienda. Hay más empleados aquí que no tienen la culpa de tu arrogancia. No voy a dejar a familias sin comer por tu error.
Lorena respiró, sintiendo que el alma le volvía al cuerpo.
—Gracias... gracias... —balbuceó.
—Pero —interrumpió Jacinto con firmeza—, yo no contrato ni despido a los vendedores de las tiendas que alquilan mis locales. Eso es asunto de tu gerente. Sin embargo, Roberto aquí presente se encargará de enviar un informe detallado de lo sucedido hoy a la casa matriz de tu marca. Les contaremos cómo la "cara" de su empresa trata a los potenciales clientes basándose en su apariencia. Ellos decidirán si eres la persona adecuada para representarlos.
Lorena sabía lo que eso significaba. Un despido fulminante estaba en camino, pero sería un proceso corporativo, justo lo que ella merecía.
—Ahora —dijo Jacinto, sacando su billetera y extrayendo una tarjeta de crédito negra, sin límite—, quiero comprar ese traje gris. Y quiero que me atiendas tú. Y quiero que lo hagas con el mismo respeto que le darías al rey de España, no porque tenga dinero, sino porque soy un ser humano. ¿Entendido?
Lorena asintió frenéticamente, secándose las lágrimas.
—Sí, señor. Por supuesto, señor. Enseguida.
Los siguientes veinte minutos fueron una lección de humildad forzada. Lorena tomó las medidas de Jacinto, le ajustó el saco y le hizo el nudo de la corbata, todo mientras sus manos temblaban. Jacinto la trató con cortesía, diciendo "por favor" y "gracias" en cada interacción, demostrando con el ejemplo lo que ella no había aprendido en ninguna escuela.
Cuando Jacinto salió de la tienda con el traje en una bolsa elegante y Roberto a su lado, no miró atrás.
Dos días después, en la graduación, Jacinto lucía impecable con su traje gris. Cuando su hija corrió a abrazarlo con el diploma en la mano, le dijo:
—Papá, te ves como un millonario.
Jacinto sonrió, besó la frente de su hija y miró sus manos, limpias y arregladas para la ocasión, pero aún marcadas por el trabajo.
—No, hija —respondió él—. Me veo como un hombre trabajador. Y eso vale más que todos los millones del mundo.
Moraleja: La apariencia es solo un envase; el contenido es el alma. Nunca juzgues a nadie por su ropa, porque el mundo da muchas vueltas, y el que hoy te mira desde abajo, mañana puede estar extendiéndote la mano desde arriba... o firmando tu despido.
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