EL MULTIMILLONARIO DUEÑO DEL EDIFICIO FUE EXPULSADO DE SU PROPIA TIENDA DE LUJO POR UNA VENDEDORA QUE JUZGÓ SU APARIENCIA
La calma antes de la tormenta
Jacinto salió de la tienda, pero no se alejó. Se quedó de pie en la acera, respirando el aire de la tarde. El ruido de la ciudad volvió a sus oídos, pero su mente estaba en otro lado. Sacó un teléfono celular de su bolsillo. No era un modelo viejo y roto como Lorena seguramente había asumido; era un smartphone moderno, de gama alta, aunque protegido por una funda robusta llena de polvo.
Marcó un número. Esperó dos tonos.
—¿Aló? —contestó una voz masculina y eficiente al otro lado—. ¿Don Jacinto? ¿Pasó algo? Le esperábamos en la oficina central para el brindis.
—Roberto, necesito que vengas —dijo Jacinto con voz tranquila—. Estoy abajo, en el local comercial número 4. Sí, en la tienda de trajes de la esquina.
—¿Hubo algún problema con la inspección del local? —preguntó Roberto, el tono de alarma evidente en su voz.
—Algo así. Ven ahora mismo. Y trae los documentos.
Jacinto colgó. Se limpió un poco el rostro con un pañuelo y esperó. A través del cristal, podía ver a Lorena riendo con las clientas, señalando hacia la calle, burlándose probablemente de "el viejo sucio" que había osado entrar en su reino. Ella se sentía poderosa, intocable en su pequeña burbuja de aire acondicionado y trajes caros. No tenía idea de que el suelo que pisaba estaba a punto de temblar.
Pasaron diez minutos. Un coche negro se detuvo frente a la tienda. De él bajó Roberto, un hombre de cuarenta años, vestido impecablemente de traje azul marino, con un maletín de cuero bajo el brazo. Roberto buscó con la mirada hasta encontrar a Jacinto. Al verlo, su rostro se iluminó con respeto y admiración.
—Don Jacinto —dijo Roberto, ignorando la ropa sucia del obrero y estrechándole la mano con firmeza y calidez—. ¡Qué gusto verlo! ¿Pero qué hace aquí afuera?
—Vamos a entrar, Roberto. Quiero comprar un traje.
Roberto pareció confundido por un segundo, mirando la fachada de la tienda y luego a Jacinto, pero asintió. Él conocía la historia de Jacinto. Sabía que ese hombre había empezado cargando ladrillos a los quince años, que había creado una pequeña constructora que creció hasta convertirse en un imperio inmobiliario, y que, a pesar de su fortuna millonaria, Jacinto seguía yendo a las obras personalmente porque amaba el oficio. Para él, el trabajo no era una vergüenza, era su vida.
El regreso inesperado
Cuando la puerta de la tienda se abrió de nuevo, Lorena estaba doblando una camisa. Al escuchar la campanilla, levantó la vista preparada para ofrecer su mejor sonrisa comercial, pensando que era un nuevo cliente rico. Vio entrar primero a Roberto, el hombre del traje elegante. Sus ojos brillaron. Ese era el tipo de cliente que ella quería.
Pero entonces, detrás de él, vio entrar de nuevo al "viejo sucio".
La sonrisa de Lorena se transformó en una mueca de furia. Dejó la camisa sobre el mostrador con un golpe seco y caminó hacia ellos con pasos rápidos y agresivos. Ignoró por completo a Roberto y se dirigió directamente a Jacinto.
—¡Oiga! —gritó, perdiendo la compostura—. ¿Es que usted es sordo o qué le pasa? Le dije claramente que se largara. ¡No lo quiero aquí! ¡Está espantando a la clientela decente!
Roberto se quedó petrificado, mirando a la mujer y luego a Jacinto.
—Señorita, un momento... —intentó intervenir Roberto.
—¡No, ningún momento! —interrumpió ella, cegada por su propia prepotencia—. Este señor es un descarado. Viene aquí todo sucio a manosear la ropa que vale más que su vida entera. ¡Seguridad! ¡Voy a llamar a la policía ahora mismo!
Jacinto permanecía en silencio, con las manos cruzadas detrás de la espalda, observándola con una calma que resultaba inquietante. Las clientas del fondo habían dejado de reír y ahora miraban la escena con incomodidad. El ambiente estaba tenso, cargado de electricidad estática.
Lorena sacó su teléfono para llamar, sus manos temblaban de rabia.
—¡Lárguese ahora mismo o se va a arrepentir! —chilló ella, señalando la puerta con un dedo acusador, casi rozando la nariz de Jacinto.
Fue entonces cuando Roberto, que había estado procesando la situación con creciente incredulidad e indignación, dio un paso adelante. Su voz, entrenada en salas de juntas y negociaciones legales, resonó como un trueno en la pequeña tienda.
—¡Suficiente! —bramó Roberto.
El grito fue tan autoritario que Lorena dio un salto hacia atrás, soltando el teléfono sobre el mostrador. Se quedó mirando al hombre del traje, asustada.
—Disculpe caballero, pero usted no entiende, este indigente... —empezó a balbucear ella, intentando recuperar su papel de víctima.
—¿Indigente? —Roberto soltó una risa incrédula, negando con la cabeza—. Señorita, le sugiero que mida muy bien sus próximas palabras.
Roberto se giró hacia Jacinto y, con una reverencia casi ceremonial que dejó a todos boquiabiertos, le dijo:
—Don Jacinto, lamento profundamente esta situación. No tenía idea de que el personal de los locales comerciales que adquirió esta mañana tuviera este tipo de... deficiencias en el servicio.
La palabra "adquirió" quedó flotando en el aire. Lorena parpadeó, confundida. Su cerebro intentaba procesar lo que acababa de escuchar, pero las piezas no encajaban con sus prejuicios.
—¿Cómo dice? —preguntó ella, con un hilo de voz, el color desapareciendo rápidamente de sus mejillas maquilladas.
Jacinto dio un paso adelante. Ya no parecía el obrero cansado. Su postura se había erguido. Ahora emanaba la autoridad de quien ha construido rascacielos con sus propias manos.
—Roberto —dijo Jacinto suavemente—, ¿tienes los papeles de la compra del edificio?
—Aquí están, señor —Roberto abrió el maletín y sacó una carpeta de cuero gruesa—. Escrituras del complejo comercial "Plaza Real", firmadas y notariadas hoy a las 9:00 AM. Incluyendo la propiedad de todos los locales comerciales y la administración de los contratos de arrendamiento actuales.
Jacinto tomó la carpeta. La abrió despacio, pasando las páginas hasta llegar a la última. Luego, levantó la vista y miró a Lorena a los ojos. La arrogancia de la chica se había evaporado, reemplazada por un terror puro y helado.
—Tú dijiste que ni con cuatro años de sueldo podría comprar ese traje —dijo Jacinto, su voz tranquila pero implacable—. Tienes razón. Probablemente no gastaría cuatro años de sueldo en un traje. Pero lo que no sabías, hija, es que el dinero que gané "ensuciándome las manos" sirvió para comprar el techo bajo el que estás parada ahora mismo.
El silencio en la tienda era absoluto. Se podía escuchar el zumbido de las luces. Lorena se agarró al mostrador para no caerse. Sus rodillas temblaban violentamente.
—¿Usted... usted es el nuevo dueño? —susurró, con los ojos llenos de lágrimas de pánico.
Jacinto cerró la carpeta con un golpe seco.
—Recibí un reporte muy grave de parte de mi equipo legal sobre la gestión de esta tienda, pero quise venir a verlo con mis propios ojos antes de tomar decisiones. —Jacinto hizo una pausa dramática—. Y lo que vi fue mucho peor de lo que me contaron.
La chica comenzó a sollozar.
—Señor... por favor... yo no sabía... pensé que era un vagabundo... lo siento... tengo familia... necesito el trabajo...
Jacinto la miró. No con odio, sino con una profunda lástima.
—Ese es el problema —dijo él—. Que trataste mal al "vagabundo". Si hubieras sabido que era millonario, me habrías ofrecido café y champán, ¿verdad?
La lección final estaba por llegar, y sería algo que Lorena recordaría por el resto de sus días.
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