El empresario abrió la puerta con cautela. Frente a él estaba un hombre de rostro duro, vestido con un abrigo mojado y sosteniendo un maletín de cuero desgastado.
—Buenas noches —dijo el extraño, con una sonrisa torcida que no inspiraba ninguna confianza—. Supongo que ya leyeron el documento que dejé en la caja fuerte.
Roberto apretó los puños. ¿Cómo había entrado ese sujeto a la mansión? El sistema de seguridad era de última generación y no había sonado ninguna alarma.
—¿Quién eres y qué haces en mi propiedad? —exigió saber Roberto, usando su tono más autoritario, intentando ocultar el miedo que sentía.
El hombre soltó una carcajada ronca. Entró a la mansión sin pedir permiso, sacudiendo el agua de su abrigo sobre la costosa alfombra persa del recibidor.
—¿Tu propiedad? Creo que no has leído bien el contrato, muchacho. Esta mansión, los autos de lujo, todo este imperio… me pertenece a mí.
Elena, la mujer de 18 años que era hermana de Roberto, dio un paso al frente, defendiendo el legado de su familia con valentía.
—Eso es imposible. Nuestro padre construyó esto desde cero. Él nunca nos habló de ninguna deuda millonaria —dijo ella con voz firme.
El extraño abrió su maletín y sacó un fajo de documentos legales. Eran escrituras, pagarés y registros bancarios que parecían auténticos a simple vista.
—Tu padre me arruinó hace treinta años. Me robó la oportunidad de mi vida. Este documento es su confesión y el traspaso total de los bienes a mi nombre.
Roberto tomó los papeles. Las firmas eran idénticas a las de su padre. Los sellos notariales parecían legítimos. Todo indicaba que estaban a punto de perder su hogar y su estatus.
Si esos documentos llegaban a manos de un juez, la familia entera terminaría en la calle, con las cuentas congeladas y una reputación destruida para siempre.
El extraño miró su reloj. —Tienen exactamente una hora para empacar sus cosas personales y largarse de mi casa. Si no, llamaré a la policía por allanamiento.
La desesperación se apoderó de Roberto. Miró a su alrededor, viendo la vida de lujos que estaba a punto de esfumarse en un abrir y cerrar de ojos.
Pero Elena no estaba dispuesta a rendirse tan fácilmente. Se acercó a su hermano y le arrebató suavemente los papeles de las manos para revisarlos ella misma.
La joven de 18 años tenía una mente brillante para los detalles. Mientras el extraño se paseaba por la sala admirando los cuadros, ella examinó cada palabra del contrato.
—Roberto, mira esto —susurró Elena, señalando una pequeña cláusula en la parte inferior de la segunda página.
El texto estaba escrito en latín, una excentricidad típica de su difunto padre. Roberto frunció el ceño, intentando traducir mentalmente las palabras oxidadas en su memoria.
Decía: «La deuda será nula y el contrato quedará sin efecto si el portador no posee la llave de hierro forjado antes de la primera campanada de medianoche».
Roberto levantó la vista. Faltaban apenas veinte minutos para que el reloj de péndulo marcara las doce. Si encontraban esa llave, podrían salvar su herencia.
El problema era que la mansión tenía más de cuarenta habitaciones. Buscar una llave escondida en tan poco tiempo era como buscar una aguja en un pajar.
—¿Dónde guardaba papá sus cosas más valiosas antes de tener la caja fuerte? —preguntó Elena en un susurro apresurado, para que el intruso no los escuchara.
Roberto cerró los ojos, viajando a los recuerdos de su infancia. Recordó a su padre pasando horas encerrado en la antigua biblioteca subterránea, un lugar que rara vez visitaban.
—La biblioteca del sótano —dijo Roberto—. Tenemos que ir allá abajo, ahora mismo.
Aprovechando que el extraño estaba distraído sirviéndose un trago del bar de cristal, los dos hermanos se escabulleron hacia la puerta del pasillo de servicio.
Bajaron corriendo las escaleras de piedra que llevaban al sótano. El aire se volvía más frío y húmedo a cada paso. Las luces parpadeaban, amenazando con dejarlos a oscuras.
Llegaron a la biblioteca. Era un espacio circular inmenso, lleno de estanterías polvorientas que llegaban hasta el techo. Había miles de libros antiguos apilados sin aparente orden.
—Busca cualquier cosa que parezca fuera de lugar. Un libro falso, una tabla suelta, lo que sea —ordenó Roberto, comenzando a revisar frenéticamente los estantes.
Los minutos pasaban volando. El sonido de la lluvia afuera parecía burlarse de su desesperación. Tiraban libros al suelo, revisaban detrás de los cuadros y tocaban los paneles de madera.
De repente, escucharon pasos pesados bajando por la escalera de piedra. El extraño se había dado cuenta de su ausencia y los había seguido hasta el sótano.
—¿Creen que pueden esconderse en su propia casa? —gritó el hombre desde la entrada de la biblioteca, bloqueando la única ruta de escape.
En ese instante de pánico absoluto, Elena tropezó con una vieja alfombra y cayó al suelo. Al apoyarse en la madera para levantarse, sintió que una de las tablas se hundía ligeramente bajo su peso.
Llamó a su hermano con un gesto desesperado. Roberto corrió hacia ella y, con todas sus fuerzas, arrancó la tabla de madera del piso.
Debajo, oculto en la oscuridad, había un pequeño cofre de metal oxidado. Tenía una cerradura antigua y extraña. Roberto lo sacó y lo limpió con la manga de su traje.
El extraño se acercó rápidamente, sacando un objeto metálico de su abrigo. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Estaban atrapados en el sótano, acorralados por un hombre dispuesto a todo.
En la tapa del cofre, había otra inscripción del padre. Roberto, el hombre rico con traje, leyó en voz alta la última advertencia de la familia: Descubre el desenlace final tocando el botón siguiente 👇
Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente…
Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente…
Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente…
Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente…
Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente…
Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente…