La tensión en la habitación se podía cortar con un cuchillo. Rocco no se movía. Su respiración se sincronizó de manera extraña con la del niño. Los médicos, que ya tenían los papeles listos para declarar la muerte clínica, se detuvieron en seco.
"Miren el monitor", susurró una enfermera, tapándose la boca con la mano.
La línea que antes era casi un desierto plano empezó a mostrar picos de actividad. Eran pequeños, casi imperceptibles, pero estaban ahí. Julián estaba reaccionando a la presencia de su perro.
Don Alberto se acercó, con los ojos empañados. "Julián, hijo, aquí está tu amigo", dijo con una voz que ya no era la del empresario poderoso, sino la de un abuelo desesperado.
Rocco emitió un pequeño quejido, un sonido profundo que parecía una súplica. Entonces, lamió la mano del niño. Esa mano que llevaba días fría y rígida, de pronto, movió un dedo. Fue un movimiento mínimo, pero para los padres fue como un estallido de luz en mitad de la noche.
Sin embargo, fuera de esa habitación, se estaba gestando una tormenta legal. Los abogados de la corporación Valdemar, hombres que solo veían números y cláusulas, estaban preocupados. Si Julián sobrevivía, el control de la herencia y las acciones de la empresa seguirían bajo el fideicomiso del niño.
Si Julián moría, una cláusula secreta en el testamento de la familia activaba un traspaso masivo de fondos a una fundación controlada por terceros que buscaban desmantelar el imperio de Don Alberto.
La noticia del perro y la leve mejoría llegó a los oídos equivocados. En las sombras de la oficina legal de la mansión, se hablaba de "interferencias" y de que no se podía permitir que un animal decidiera el futuro de una fortuna de cien millones de dólares.
Mientras tanto, en el hospital, el perro se negaba a separarse de su dueño. Pasó la primera noche, la segunda y la tercera. Rocco no dormía. Vigilaba cada suspiro del niño.
Los médicos estaban desconcertados. "Científicamente no tiene sentido", decía el neurólogo jefe. "Pero el ritmo cardíaco se estabiliza cada vez que el animal establece contacto físico con el paciente".
Elena, la madre, empezó a notar algo más. Rocco no solo lamió al niño, empezó a empujar con su hocico un pequeño objeto que Julián siempre llevaba colgado al cuello: un relicario que contenía la llave de una caja fuerte privada en la mansión.
Nadie le dio importancia en ese momento, excepto Don Alberto. El viejo empresario conocía bien esa llave. Era la llave que abría la verdad sobre quién había intentado realmente perjudicar a su nieto antes de aquel "accidente" que lo llevó al hospital.
La atmósfera se volvió pesada. Una noche, un hombre vestido de enfermero intentó entrar en la habitación con una jeringa que no estaba registrada en el carro de medicamentos. Rocco, que parecía dormir plácidamente a los pies del niño, se levantó en un segundo.
El perro no ladró. Simplemente mostró sus dientes y emitió un gruñido tan profundo y ancestral que el intruso retrocedió aterrorizado. El ruido alertó a los guardaespaldas de Don Alberto que estaban en la puerta.
El hombre fue capturado, pero antes de que pudieran interrogarlo, el monitor de Julián empezó a pitar con fuerza. El niño estaba sufriendo una crisis. Los médicos entraron corriendo, apartando a la familia.
"¡Tienen que sacar al perro ahora mismo!", gritó un doctor mientras preparaba el desfibrilador.
Rocco se resistía. Se aferraba a las sábanas con sus garras. Los guardias tuvieron que arrastrarlo fuera mientras el animal lloraba de una forma que desgarraba el alma de cualquiera que lo escuchara.
Don Alberto se dio cuenta de que el ataque al niño no fue solo médico, sino provocado por alguien que quería acelerar el final. Al ver al perro ser expulsado, el viejo millonario entendió que si perdían a Rocco, perdían a Julián.
El niño volvió a entrar en un estado crítico. Los médicos dijeron que era el final. Que esta vez, ni siquiera el amor del perro podría salvarlo de la falla multiorgánica que se estaba produciendo.
Pero Rocco, una vez fuera de la habitación, corrió por los pasillos del hospital hacia la salida, pero no hacia la calle. Corrió hacia el coche de Don Alberto, rascando la puerta con desesperación. Tenía algo en su boca que había recogido de debajo de la cama del niño justo antes de ser expulsado.
Era una pequeña ampolla vacía que alguien había dejado caer. El secreto del intento de asesinato estaba en las manos... o mejor dicho, en la boca del perro.
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