Roberto retrocedió del borde del muelle como si el agua estuviera hirviendo. Sus manos temblaban incontrolablemente. Sacó su teléfono satelital, un dispositivo encriptado que usaba para cerrar tratos confidenciales, y marcó tres números. No llamó a su esposa. No llamó a su abogado. Llamó al Jefe de Policía, un viejo amigo de la infancia a quien le debía varios favores políticos.
—Alberto, trae al escuadrón antibombas a la Marina Real. Ahora. Y que sea discreto. Mi vida pende de un hilo.
Colgó y se dejó caer sentado en un banco de madera, incapaz de mantenerse en pie. La adrenalina estaba bajando, dejando paso a un terror frío y pegajoso. Miró a la niña. Ella había dejado de llorar, pero seguía temblando, mirándolo con desconfianza.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Roberto. Su voz, antes potente y autoritaria, ahora sonaba ronca y débil.
—Mía —susurró ella.
—Mía... —repitió él, saboreando el nombre de su salvadora—. Mía, necesito que me digas exactamente qué viste. No te va a pasar nada, te lo juro por mi vida. Pero necesito saber.
La niña se limpió la nariz con el dorso de la mano sucia.
—Yo estaba pescando cangrejos debajo del muelle —comenzó, señalando una red escondida entre los pilotes—. A veces los guardias me dejan si no hago ruido. Estaba escondida cuando vino un bote pequeño. No hacía ruido, señor. Tenía remos.
Roberto asintió, animándola a seguir.
—Se bajó un hombre. Tenía un traje bonito, como el suyo, pero gris. Y zapatos que brillaban mucho. Llevaba un maletín.
Roberto sintió un nudo en el estómago. Un hombre de traje remando en un bote pequeño no era un ladrón común. Era alguien que conocía el lugar.
—¿Viste su cara?
—Sí —dijo Mía—. Tenía una cicatriz aquí —la niña trazó una línea imaginaria sobre su ceja izquierda—. Y hablaba por teléfono mientras ponía la cosa esa en su barco. Estaba muy enojado. Decía: "Hoy se acaba el reinado del viejo, mañana la empresa es mía".
El mundo de Roberto se detuvo por segunda vez ese día. La descripción era inconfundible. La cicatriz en la ceja izquierda. El traje gris impecable. La ambición desmedida.
Era Fernando. Su vicepresidente. El padrino de su hija. El hombre con el que había cenado la noche anterior, brindando por el futuro de la compañía. Fernando había insistido mucho en que Roberto se tomara ese día libre. "Ve a navegar, Roberto, relájate, te lo mereces. Yo me encargo de todo el fin de semana".
La traición le supo a bilis en la boca. Fernando no quería la empresa en diez años. La quería hoy. Y la única forma de obtener el control total de las acciones, según los estatutos de la sociedad, era si el socio mayoritario fallecía repentinamente.
Las sirenas a lo lejos rompieron el silencio tenso. La policía llegaba.
En los siguientes treinta minutos, la marina se convirtió en un caos controlado. Hombres con trajes protectores bajaron al agua. El área fue acordonada. Roberto observaba todo desde la distancia, con Mía a su lado. Se dio cuenta de que la niña no había comido nada; se le notaban las costillas a través del vestido.
Sin pensarlo, Roberto hizo señas a uno de los gerentes del restaurante de lujo de la marina, que miraba la escena con curiosidad desde la terraza.
—¡Tráiganme comida! —ordenó Roberto—. ¡Lo mejor que tengan! Y jugo de naranja. ¡Rápido!
Cuando le trajeron un plato de camarones y filete, Mía miró la comida con los ojos desorbitados, pero no se atrevió a tocarla.
—Come —le dijo Roberto, con una suavidad que nunca había usado con sus propios empleados—. Es todo tuyo.
Mientras la niña comía con desesperación, un oficial de policía se acercó a Roberto con el rostro serio. Sostenía una bolsa de evidencia transparente. Adentro había un receptor remoto chamuscado pero intacto.
—Señor Montiel —dijo el oficial—. El dispositivo estaba conectado al encendido. C4 de grado militar. Suficiente para volar la popa entera. Si usted hubiera encendido ese motor, no hubieran encontrado ni sus dientes.
Roberto tragó saliva.
—Pero hay algo más —continuó el oficial—. Encontramos huellas dactilares en la cinta adhesiva que usaron para fijar los cables. El culpable fue descuidado. Quizás pensó que la explosión borraría todo. Ya mandamos las huellas al sistema.
—No hace falta —interrumpió Roberto, con la mirada fría como el acero—. Sé de quién son.
En ese momento, el teléfono de Roberto sonó. Era Fernando.
—Hola, Roberto —dijo la voz al otro lado, fingiendo jovialidad—. ¿Qué tal el paseo? ¿Ya estás en alta mar?
El cinismo de la pregunta hizo que a Roberto le hirviera la sangre. Su "amigo" estaba llamando para confirmar si ya estaba muerto. Estaba esperando escuchar la noticia en la radio, o quizás, el silencio estático de una explosión.
Roberto miró a Mía, que se lamía los dedos con satisfacción. Luego miró al horizonte. Sabía exactamente qué hacer. Tenía que jugar la partida de ajedrez más peligrosa de su vida.
—Aún no he salido, Fernando —mintió Roberto con una calma aterradora—. Hubo un pequeño problema técnico. Pero no te preocupes. Estoy a punto de encender los motores. De hecho, quiero que escuches cómo ruge esta belleza.
Roberto le hizo una seña al jefe de policía. Tenían un plan. Iban a tenderle una trampa al traidor en tiempo real. Pero para eso, Roberto necesitaba arriesgarse una última vez.
Lo que Roberto estaba a punto de decirle a Fernando por teléfono no solo sellaría el destino del traidor, sino que cambiaría la vida de la pequeña Mía para siempre.
Descubre el desenlace final tocando el botón siguiente 👇
Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente…
Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente…
Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente…
Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente…
Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente…
Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente…