Julián aceleró a fondo. Su motocicleta, aunque parecía sencilla, tenía un motor modificado que rugía con una potencia insospechada. Cada metro que recorría era un segundo menos para los dos agresores que, confiados en su impunidad, habían bajado la velocidad un poco más adelante para celebrar su "hazaña".
—¿Viste cómo se puso la vieja? ¡Parecía un pollo mojado! —decía el conductor mientras se estacionaban frente a una pequeña tienda de conveniencia en la entrada del pueblo, propiedad casualmente de una de las empresas de la familia de Julián.
No pasaron ni dos minutos cuando el sonido de una frenada brusca los hizo saltar de sus asientos. Julián llegó envuelto en una tormenta de tierra. Se bajó de la moto sin quitarse el casco de inmediato, permitiendo que la tensión creciera.
—¿Ustedes son los valientes que mojaron a la señora en el camino? —preguntó Julián, acercándose lentamente. Su voz era plana, peligrosa.
El joven conductor, acostumbrado a intimidar a todos con el apellido de su padre, se levantó con arrogancia. —¿Y a ti qué te importa, motorista de quinta? Sigue tu camino si no quieres tener problemas legales que no vas a poder pagar. Mi papá es el dueño de media ciudad.
Julián soltó una risa seca detrás del casco. —El dinero no compra la educación, pero hoy va a comprarles una lección que no van a olvidar.
—¡Lárgate de aquí antes de que llame a la policía y te quiten esa chatarra en la que andas! —amenazó el otro joven, el que había lanzado las vejigas.
En ese momento, Julián se quitó el casco. El joven conductor palideció al instante. Lo reconoció. Julián Alvarado era una figura pública, el hombre que estaba a punto de decidir los contratos de renovación urbana más grandes de la década, contratos que el padre de este joven necesitaba desesperadamente para salvar su constructora de la quiebra.
—¿Julián? ¿Señor Alvarado? —tartamudeó el muchacho, su arrogancia desapareciendo como el humo—. Yo... nosotros no sabíamos que era usted... era solo una broma... una tontería de muchachos.
—Para ustedes es una broma. Para ella era su última esperanza de comprar medicinas hoy —respondió Julián, sacando su teléfono—. No solo sé quién eres, Ricardo. Sé que tu padre tiene una deuda millonaria con el banco de mi familia y que mañana tenemos una reunión para decidir si embargamos sus propiedades o les damos una prórroga.
El silencio que siguió fue sepulcral. Los dos jóvenes sentían que el suelo desaparecía bajo sus pies. El estatus de "hijos de millonarios" que ostentaban era una fachada sostenida por los préstamos de la familia de Julián.
—Por favor, señor Alvarado, no le diga nada a mi papá. Él me mata si se entera de esto —suplicó Ricardo, ahora de rodillas virtualmente frente a Julián.
—Oh, se lo voy a decir. Pero antes, van a hacer algo por mí. Van a subir a esa moto, van a comprar todas las medicinas que esa señora necesita para el resto del año, y van a regresar a pedirle perdón de rodillas. Y si una sola gota de agua vuelve a caer sobre alguien que no sea para bañarse ustedes mismos, les juro que mañana mismo su mansión sale a remate público.
Los jóvenes, aterrados por perder su vida de lujos y deudas, corrieron a la farmacia. Julián los siguió de cerca, vigilando cada movimiento. Sin embargo, mientras los veía comprar los medicamentos más caros, Julián planeaba algo mucho más profundo. Sabía que el perdón no se compra con cajas de pastillas.
Regresaron al camino de tierra. Doña Elena seguía allí, tratando de secar su cartón al sol. Cuando vio llegar de nuevo las dos motos, se asustó, pensando que venían a terminar lo que empezaron. Pero su sorpresa fue mayúscula cuando vio a los dos jóvenes bajarse, con la cabeza gacha, cargando bolsas llenas de suministros y sobres con dinero en efectivo.
—Señora... perdone nuestra estupidez —dijo Ricardo, su voz quebrada por el miedo al futuro de su herencia—. Aquí tiene lo que necesita... y mucho más.
Julián observaba desde atrás, pero notó algo en la mirada de Doña Elena que los jóvenes no veían. Ella no miraba el dinero. Miraba con una tristeza profunda la falta de humanidad en sus ojos. Fue en ese momento cuando Julián decidió que la lección apenas estaba comenzando y que el verdadero clímax de esta historia ocurriría en la oficina de su abogado a la mañana siguiente.
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