Caminos del Destino

El Millonario Encontró a su Ama de Llaves en su Despacho y Descubrió una Estafa que Involucraba su Herencia y su Imperio

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con el corazón en la boca y la intriga de saber qué pasó realmente con Roberto y Clara. Entiendo perfectamente tu curiosidad; situaciones así nos demuestran que nunca terminamos de conocer a las personas que metemos en nuestra casa. Prepárate, acomódate bien y lee hasta el final, porque la verdad detrás de esa puerta es mucho más oscura y, a la vez, satisfactoria de lo que te imaginas.

El Regreso Inesperado a la Mansión

Roberto miró su reloj de pulsera, un Patek Philippe que valía más que la casa de cualquier persona promedio. Marcaban las 2:00 p.m.

Su vuelo a Nueva York se había cancelado por una tormenta eléctrica imprevista. En lugar de quedarse en la sala VIP del aeropuerto bebiendo café rancio, decidió que era una señal del destino para volver a casa.

Llevaba meses trabajando sin descanso. Su empresa de tecnología había crecido exponencialmente y las demandas de sus socios eran cada vez más asfixiantes.

"Al menos podré cenar con Elena y los niños", pensó mientras su chófer conducía el Mercedes negro a través de las grandes rejas de hierro forjado de su propiedad.

La mansión estaba ubicada en una de las zonas más exclusivas de la ciudad. Era un monumento al éxito, con jardines inmensos y una arquitectura imponente. Pero, a pesar del lujo, para Roberto era su refugio, el único lugar donde podía bajar la guardia.

Al bajar del auto, le indicó al chófer que se retirara. Quería entrar en silencio. Quería sorprenderlos. Quizás su esposa estaba leyendo en el jardín o jugando con los niños en la sala de estar.

Abrió la pesada puerta de roble con su llave. El silencio lo recibió.

Era extraño. A esa hora, la casa solía tener el bullicio normal de la vida doméstica. Pero no se escuchaba nada. Ni la televisión, ni las risas de sus hijos, ni siquiera el ruido de la aspiradora.

Caminó por el pasillo principal, sintiendo cómo sus pasos resonaban suavemente en el piso de mármol importado.

"¿Elena? ¿Clara?", llamó en voz baja, pero nadie respondió.

Siguió avanzando hacia el ala oeste de la casa, donde se encontraba su despacho personal. Era su santuario. Allí guardaba documentos confidenciales, contratos millonarios y la caja fuerte con las joyas de la abuela y dinero en efectivo para emergencias.

Al acercarse, notó algo que hizo que se le tensara el estómago. Una delgada línea de luz se filtraba por debajo de la puerta del despacho.

Roberto era un hombre metódico. Obsesivo, dirían algunos. Él nunca dejaba la luz encendida. Y nadie, absolutamente nadie, tenía permiso para entrar ahí sin su presencia. Ni siquiera su esposa entraba a limpiar; de eso se encargaba una empresa especializada bajo su supervisión.

Su mente empezó a trabajar a mil por hora. ¿Un ladrón? ¿Un intruso?

Se quitó los zapatos para no hacer ruido. Se acercó a la puerta, que estaba entreabierta apenas unos centímetros.

El corazón le latía con fuerza en los oídos. Empujó la puerta con la yema de los dedos, milímetro a milímetro, hasta tener un ángulo de visión claro hacia su escritorio de caoba.

La imagen que vio lo dejó paralizado. No era un ladrón enmascarado. No era un extraño.

Era Clara.

Clara, su ama de llaves. La mujer que había estado con ellos durante los últimos 15 años. La mujer que había cargado a sus hijos cuando eran bebés. La mujer a la que Roberto había pagado la universidad de su hija y las facturas médicas de su madre.

Clara no estaba limpiando el polvo. Tampoco estaba regando las plantas.

Estaba sentada en su silla de cuero, la silla del "Patrón", con una postura de total arrogancia. Tenía los pies subidos sobre el escritorio, justo encima de unos planos importantes.

En una mano sostenía una copa de cristal de Baccarat. Roberto reconoció el líquido ámbar al instante: era su whisky escocés de colección, una botella de 50 años que él reservaba para ocasiones muy especiales.

Pero lo peor no era el alcohol, ni la falta de respeto. Lo peor era la expresión en su rostro.

Ya no tenía esa mirada humilde y servicial, esa sonrisa tímida con la que le servía el café todas las mañanas. Su rostro estaba transformado por una mueca de desprecio y poder.

Estaba hablando por teléfono, en altavoz, con su celular apoyado sobre una carpeta de documentos legales.

Roberto se quedó congelado, incapaz de procesar la traición visual. Pero entonces, escuchó su voz. Y lo que escuchó fue como un balde de agua helada.

—Tranquilo, mi amor —decía Clara, con una voz ronca y autoritaria—. El idiota ya se fue. Está volando a Nueva York. No va a volver hasta dentro de tres días. Tenemos tiempo de sobra.

Roberto sintió que el suelo se abría bajo sus pies. ¿"El idiota"? ¿Se refería a él?

—Sí, ya encontré la combinación —continuó ella, dando un sorbo largo al whisky y haciendo una mueca de satisfacción—. Es patético. Usó la fecha de nacimiento de su primera hija. Creen que el dinero los hace inteligentes, pero son tan predecibles...

Al otro lado de la línea, una voz masculina se rió. Una voz que a Roberto le sonaba vagamente familiar, pero que no lograba ubicar por la distorsión del altavoz.

—¿Estás segura de que los documentos del fideicomiso están ahí? —preguntó el hombre.

—Los tengo en la mano —respondió Clara, levantando un legajo de papeles con el sello oficial de la notaría—. Aquí está todo. Las cuentas en las Islas Caimán, las propiedades a nombre de la empresa fantasma y, lo más importante, el testamento sin firmar.

Roberto sintió náuseas. Esos documentos no debían estar ahí. Se suponía que estaban en la caja fuerte del banco. ¿Cómo había logrado Clara abrir su caja fuerte personal?

—Perfecto —dijo el hombre—. Escúchame bien, Clara. Tienes que sacar fotos de todo. Y luego, busca el sello. Si logramos poner el sello en la transferencia de poderes antes de que él regrese, para el lunes seremos los dueños legales de todo.

—No te preocupes —dijo ella, riendo con malicia—. Para cuando este infeliz aterrice en Nueva York, ya no tendrá ni dónde caerse muerto. Se va a enterar de que la "pobrecita Clara" no es tan tonta como él pensaba. Quince años aguantando sus humillaciones, sus "gracias Clara", sus propinas miserables... Hoy me cobro todo. Con intereses.

La rabia comenzó a subir por el pecho de Roberto, caliente y violenta. Quince años. Quince años tratándola como a una hermana. Le había regalado un coche cuando su viejo auto se rompió. La había llevado de vacaciones con ellos.

Y todo había sido una mentira.

Estaba a punto de irrumpir en la habitación, gritando, volcando el escritorio y echándola a patadas. Su mano ya estaba empujando la puerta con fuerza.

Pero en ese preciso segundo, escuchó algo que lo detuvo en seco. Algo que cambió el miedo por terror puro.

—¿Y qué hacemos con la esposa? —preguntó Clara—. Elena va a llegar en cualquier momento con los niños del colegio.

La voz del hombre al otro lado se volvió siniestra.

—De Elena me encargo yo. Ya sabes que ella no es un problema. El problema es Roberto. Una vez que firmemos los papeles, él tiene que... desaparecer. Un accidente en Nueva York es fácil de arreglar.

Roberto se tapó la boca para no gritar. No solo querían robarle. Querían matarlo. Y Clara, la mujer que hacía las trenzas a su hija, estaba conspirando para asesinarlo.

El sudor frío le bajaba por la espalda. Tenía que pensar. Si entraba ahora, desarmado y solo, ¿qué harían? ¿Quién era el hombre al teléfono? ¿Estaba armado? ¿Estaba cerca?

Dio un paso atrás, intentando retroceder hacia la oscuridad del pasillo para llamar a la policía. Pero los nervios lo traicionaron.

Su codo golpeó un jarrón de porcelana china que estaba sobre una mesita auxiliar en el pasillo.

El jarrón se tambaleó. Roberto intentó atraparlo en el aire, pero fue inútil.

CRASH.

El sonido de la porcelana rompiéndose contra el mármol fue ensordecedor en el silencio de la casa. Sonó como un disparo.

Dentro del despacho, la voz de Clara se cortó en seco.

—¡Espera! —gritó ella—. Escuché algo.

—¿Qué? Dijiste que estabas sola —respondió el hombre, alarmado.

—Cállate. Voy a ver.

Roberto escuchó el sonido de la silla de cuero arrastrándose y los pasos decididos de Clara acercándose a la puerta. No tenía tiempo de correr hacia la salida. Estaba atrapado en el pasillo.

La puerta se abrió de golpe.

Y ahí estaban, cara a cara.

Clara sostenía la botella de whisky por el cuello, como si fuera un garrote. Sus ojos se abrieron desmesuradamente al ver a Roberto parado allí, pálido y temblando de ira.

Hubo un segundo de silencio absoluto. Un segundo donde el tiempo se detuvo.

Roberto esperaba que ella se asustara, que pidiera perdón, que se pusiera a llorar inventando una excusa.

Pero no.

La expresión de sorpresa de Clara duró apenas un instante. Lentamente, sus labios se curvaron en una sonrisa. Una sonrisa fría, calculadora y terrorífica.

Con total calma, se llevó el teléfono al oído de nuevo.

—Cambio de planes —dijo, sin dejar de mirar a Roberto a los ojos—. El invitado de honor llegó temprano a la fiesta.

Luego, colgó el teléfono y lo tiró sobre el sofá. Dio un paso hacia él, balanceando la botella.

—Vaya, vaya, Don Roberto —dijo con burla—. Parece que se te acabó la suerte. Qué pena. Hubiera sido menos doloroso si no te hubieras enterado de nada.

Roberto apretó los puños.

—Clara, ¿qué estás haciendo? —preguntó con voz temblorosa pero firme—. Te di todo. Eras de la familia.

Ella soltó una carcajada estridente que resonó en el techo alto del pasillo.

—¿Familia? —escupió la palabra con asco—. Nunca fui tu familia. Fui tu sirvienta. Tu esclava bien pagada. Mientras tú viajabas en primera clase, yo limpiaba tus inodoros. ¿Crees que el dinero compra lealtad? Eres un ingenuo.

—Estás despedida —dijo Roberto, intentando recuperar su autoridad—. Sal de mi casa ahora mismo antes de que llame a la policía.

Clara negó con la cabeza, como si estuviera hablando con un niño pequeño.

—No, Roberto. No vas a llamar a nadie. Porque no tienes idea de con quién te has metido. Y tampoco tienes idea de quién es el hombre con el que estaba hablando, ¿verdad?

Dio otro paso hacia él. Roberto retrocedió.

—¿Quién es? —preguntó él.

Clara sonrió, mostrando los dientes.

—Es alguien muy cercano a ti. Alguien que también está harto de tu arrogancia. Tu propio abogado, Marcelo.

El mundo de Roberto se oscureció. Marcelo. Su mejor amigo desde la universidad. El padrino de su hijo mayor. El hombre que manejaba todos sus negocios legales.

—Marcelo y yo llevamos dos años planeando esto —continuó Clara, disfrutando cada palabra—. Él desde la oficina, yo desde aquí adentro. Sabemos cada centavo que tienes, cada clave, cada secreto. Y hoy, todo eso pasa a ser nuestro.

Roberto se sintió acorralado. Estaba solo, frente a una mujer que parecía capaz de todo, y acababa de descubrir que sus dos personas de mayor confianza lo habían traicionado de la peor manera posible.

—No se van a salir con la suya —murmuró él.

—Ya nos salimos con la nuestra —dijo ella—. Solo nos falta un pequeño detalle. Tu firma en este último documento. Y la vas a poner, por las buenas o por las malas.

Clara metió la mano en el bolsillo de su delantal y sacó algo que hizo que la sangre de Roberto se helara. No era un arma de fuego, pero era igual de peligroso en las manos equivocadas.

Sacó un pequeño control remoto. El control del sistema de seguridad de la casa.

Con un movimiento rápido, presionó el botón rojo.

Las persianas metálicas de seguridad de todas las ventanas y puertas de la mansión comenzaron a bajar automáticamente con un zumbido mecánico. Bzzzzzzzt.

La casa se estaba sellando. Se estaba convirtiendo en una fortaleza impenetrable. O en una tumba.

—Ahora estamos solos tú y yo, Roberto —dijo Clara, bloqueando el camino hacia la única salida—. Y nadie va a entrar aquí hasta que yo lo decida.

Roberto miró a su alrededor. Estaba atrapado. La mujer frente a él ya no era Clara. Era una desconocida peligrosa. Y él sabía demasiado.

Pero lo que Clara no sabía era que Roberto, a pesar de su apariencia de hombre de negocios tranquilo, había crecido en las calles antes de ser millonario. Y tenía un secreto propio que ella no había descubierto en esos 15 años.

La situación estaba a punto de explotar.

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Anna Arteaga

¡Hola a todos! Soy Anna Arteaga, una alma apasionada por los bonsáis. Mi fascinación por estos árboles en miniatura comenzó en la infancia. Este blog es mi espacio para compartir mi pasión transformada en arte, y para ofrecer consejos prácticos y tutoriales que ayuden a cultivar y mantener la belleza de estos pequeños tesoros de la naturaleza.

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