El Millonario Encontró a su Ama de Llaves en su Despacho y Descubrió una Estafa que Involucraba su Herencia y su Imperio

La Trampa del Empresario

El zumbido de las persianas de seguridad al cerrarse terminó con un golpe seco, sumiendo el pasillo en una penumbra inquietante. La única luz provenía del despacho, proyectando la sombra alargada de Clara sobre el mármol, haciéndola parecer aún más grande y amenazante.

Roberto sintió el instinto de supervivencia activarse en su cerebro. La adrenalina borró el cansancio del viaje y el dolor de la traición emocional. Ahora era cuestión de vida o muerte. Y de proteger su patrimonio.

—Crees que me tienes atrapado —dijo Roberto, bajando el tono de voz. Su calma repentina pareció desconcertar a Clara por un segundo—. Pero estás cometiendo un error enorme, Clara. Marcelo te está utilizando.

Clara resopló, acercándose más con la botella de whisky levantada.

—No intentes confundirme con tus juegos psicológicos de empresario. Marcelo y yo somos socios. Vamos a dividir todo 50-50. Él tiene el cerebro legal y yo tengo el acceso físico. Eres tú el que sobra en la ecuación.

—¿Socios? —Roberto soltó una risa seca, sin humor—. Marcelo no tiene socios, tiene víctimas. ¿De verdad crees que un hombre que traiciona a su mejor amigo de 30 años va a compartir millones de dólares con el ama de llaves? En cuanto yo firme eso y esté muerto, tú eres el siguiente cabo suelto. Eres la única testigo.

La mano de Clara tembló ligeramente. La duda había sido sembrada, pero su codicia era más fuerte.

—¡Cállate! —gritó, lanzando un golpe con la botella al aire para amedrentarlo—. ¡Siéntate en esa silla y firma la transferencia de poderes ahora mismo!

Roberto levantó las manos en señal de rendición y caminó lentamente hacia el despacho. Necesitaba ganar tiempo. Necesaba llegar a su escritorio, pero no para firmar.

Se sentó en su silla de cuero, la misma que ella había estado usurpando minutos antes. El asiento todavía estaba tibio. Clara lo siguió, colocándose al otro lado del escritorio, vigilante, como un halcón. Dejó la botella sobre la mesa y sacó una pistola paralizante de su bolsillo.

—No hagas estupideces, Roberto. Una descarga de esto y te freiré el cerebro. Firma donde está la marca.

Empujó el documento hacia él. Roberto tomó su pluma estilográfica, una Montblanc pesada de oro y resina negra. Miró el papel. Era una cesión total de bienes y derechos a una sociedad anónima en Panamá. Si firmaba eso, perdía su empresa, sus casas, sus cuentas... todo.

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—Esto está muy bien redactado —comentó Roberto, analizando el texto—. Marcelo hizo un buen trabajo. Pero hay un problema.

—¿Qué problema? —preguntó Clara impaciente.

—Que este documento no tiene validez sin la huella digital biométrica. Implementamos ese sistema de seguridad hace dos meses en la empresa, ¿no te lo dijo Marcelo?

Clara frunció el ceño.

—¿De qué hablas?

—Para transferencias superiores a un millón de dólares, mi firma no basta. Se necesita mi huella dactilar escaneada en tiempo real y validada por el servidor del banco. Sin eso, este papel es basura.

Clara parecía confundida. Miró el teléfono, tentada de llamar a Marcelo, pero no quería mostrar debilidad frente a Roberto.

—¡Mientes! —gritó—. Marcelo me dijo que solo necesitábamos la firma.

—Llama a Marcelo si quieres —dijo Roberto tranquilamente, recostándose en la silla—. Pregúntale sobre el protocolo de seguridad nivel 5. Si intentan procesar este papel sin la huella, el banco congelará las cuentas automáticamente y enviará una alerta al FBI por intento de fraude. Tú y Marcelo terminarán en la cárcel antes de ver un centavo.

Clara dudó. El miedo a perder el botín pudo más que su arrogancia. Agarró su celular y marcó frenéticamente el número de Marcelo.

—¡Contesta, maldita sea! —murmuró ella.

Mientras ella estaba distraída mirando la pantalla del celular y escuchando el tono de llamada, Roberto supo que era su momento. No necesitaba atacar. Solo necesitaba activar su seguro de vida.

Debajo del escritorio, oculto en el panel de madera justo a la altura de su rodilla derecha, había un botón silencioso. No era una alarma convencional que sonaba en la casa. Era un botón de pánico conectado directamente a una empresa de seguridad privada de élite, compuesta por ex militares.

Roberto movió la rodilla suavemente y presionó el botón.

Una pequeña luz LED roja parpadeó debajo de la mesa, invisible para Clara. La señal había sido enviada. La caballería estaba en camino. Tardarían menos de 5 minutos.

—¡Marcelo! —gritó Clara al fin cuando el abogado contestó—. ¡Roberto dice que se necesita una huella digital o el banco bloqueará todo! ¿Por qué no me dijiste eso?

Roberto observó la escena. Podía escuchar los gritos de Marcelo al otro lado del teléfono, insultando a Clara por su incompetencia y diciéndole que no cayera en la trampa.

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—¡No, no me grites! —chillaba Clara—. ¡Tú estás sentado en tu oficina con aire acondicionado mientras yo estoy aquí con él! ¡Si esto sale mal, yo soy la que va presa!

Mientras discutían, Roberto abrió silenciosamente el cajón central de su escritorio. Allí no había armas, pero había algo que necesitaba desesperadamente: su propia tablet de control.

Con movimientos lentos, deslizó la tablet sobre sus piernas.

Clara colgó el teléfono, furiosa.

—Dice que mientes —gruñó ella, apuntándole con la pistola paralizante—. Dice que firmes o que te haga sufrir hasta que lo hagas.

—Marcelo está desesperado —dijo Roberto, mirando el reloj de pared. Habían pasado 2 minutos. Faltaban 3—. Sabe que si investigan las cuentas ahora, verán el desfalco que ha estado haciendo poco a poco. Él te necesita más a ti que tú a él, Clara. Pero cuando esto termine, te va a eliminar.

—¡Basta! —Clara se abalanzó sobre el escritorio, extendiendo el brazo para darle una descarga eléctrica en el hombro.

Roberto reaccionó rápido. Usó la pesada pluma Montblanc que tenía en la mano y la clavó con fuerza en la mano de Clara, justo entre el pulgar y el índice.

—¡AHHHH! —Clara gritó de dolor y soltó la pistola paralizante, que cayó sobre el escritorio.

Roberto se levantó de un salto, agarró la pistola eléctrica y retrocedió hasta la pared.

Clara se agarraba la mano sangrando, mirándolo con odio puro. Sus ojos estaban inyectados en sangre.

—¡Maldito! ¡Te voy a matar! —gritó ella.

Clara, ignorando el dolor, corrió hacia la chimenea del despacho y agarró el atizador de hierro pesado. Se giró hacia Roberto con la intención de romperle el cráneo. Ya no le importaba el dinero, quería venganza.

Roberto levantó la pistola paralizante, pero sabía que solo tenía una carga. Si fallaba, el atizador lo mataría.

—Clara, detente. Se acabó —advirtió él.

—¡Nunca! —gritó ella, levantando el hierro para golpear.

En ese instante, un estruendo sacudió la casa entera. No vino de la puerta principal, sino del techo.

El sonido de un helicóptero volando extremadamente bajo hizo vibrar los cristales.

Y segundos después, una explosión controlada voló las cerraduras de la entrada principal de la mansión. Se escucharon gritos, pasos pesados de botas militares corriendo por el mármol y voces amplificadas por megáfonos.

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—¡POLICÍA! ¡SEGURIDAD PRIVADA! ¡TIREN LAS ARMAS!

Clara se congeló con el atizador en el aire, mirando hacia la puerta del despacho. Su rostro pasó de la furia al pánico absoluto en un milisegundo.

Roberto bajó la pistola paralizante y suspiró.

—Te lo dije, Clara. Nunca subestimes al dueño de la casa.

Cuatro hombres vestidos con equipo táctico negro, chalecos antibalas y rifles de asalto irrumpieron en el despacho. Dos apuntaron a Clara, dos cubrieron a Roberto.

—¡Suelte el arma! ¡Al suelo! —ordenó el líder del equipo.

Clara soltó el atizador, que cayó con un ruido metálico sordo. Cayó de rodillas, llorando, agarrándose la mano herida.

—No... no es lo que parece... —balbuceó ella, intentando volver a su papel de víctima—. Él me atacó... yo solo me defendía... soy la ama de llaves...

El jefe de seguridad miró a Roberto.

—¿Se encuentra bien, Señor?

Roberto se ajustó la chaqueta de su traje, recuperando la compostura de millonario.

—Estoy bien, Comandante. Procedan a detenerla. Y manden una unidad a las oficinas de mi abogado, Marcelo. Él es el cerebro de la operación.

Clara fue esposada bruscamente contra el suelo. Mientras la levantaban, miró a Roberto con lágrimas de cocodrilo.

—Señor Roberto... por favor... piense en mis hijos... en mi mamá...

Roberto la miró con una frialdad que nunca antes había mostrado. Se acercó a ella, quedando a centímetros de su cara.

—Pensé en ellos durante 15 años, Clara. Les di una vida que nunca hubieran tenido. Y tú me pagaste intentando robarle el futuro a los míos.

—Por favor... fue Marcelo, él me obligó...

—No —la cortó Roberto—. Te escuché hablar. Te escuché reírte. Disfrutabas esto.

Se la llevaron arrastras del despacho.

Sin embargo, la historia no terminó ahí. Cuando la policía llegó a la oficina de Marcelo para detenerlo, encontraron algo que nadie esperaba y que cambiaría el destino de la fortuna de Roberto para siempre.

Lo que descubrieron en la caja fuerte de Marcelo no era solo dinero robado. Eran documentos. Documentos que probaban que Clara no era quien decía ser.

La verdad era mucho más retorcida.

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