La tarde caía y las primeras luces de la mansión se encendían automáticamente, iluminando una escena que parecía sacada de una película dramática.
Roberto se levantó lentamente, sacudiéndose el polvo de los pantalones de diseñador.
Ya no parecía el gigante intocable de hacía media hora.
Parecía un hombre pequeño, asustado y vulnerable.
—Laura... —empezó a decir, pero la palabra se le atragantó.
No sabía cómo pedir perdón.
Nunca lo había hecho.
—No diga nada todavía —lo cortó Laura—. Primero escuche.
Laura apretó la mano de Sofía, dándole seguridad a la pequeña, pero hablando con la firmeza de un juez dictando sentencia.
—Me voy a quedar. Pero no por usted. Ni por su dinero. Ni por esta casa grande y fría.
Miró a Sofía con ternura infinita.
—Me quedo porque se lo prometí a Doña Elena. Y porque Sofía me necesita. Pero las cosas van a cambiar.
Roberto asintió frenéticamente.
—Lo que quiera. Le doblaré el sueldo. Le daré un apartamento.
—No se trata de dinero, señor Cárdenas —dijo Laura, y por primera vez, Roberto entendió que había cosas que no podía comprar—. Se trata de respeto.
Laura señaló el collar que Sofía aún sostenía.
—Ese collar va a ir a una caja de seguridad en el banco mañana mismo, a nombre de Sofía y con mi firma como custodia, tal como quería su esposa. Usted no lo va a tocar. Ni para invertir, ni para pagar deudas.
Roberto bajó la cabeza.
—De acuerdo.
—Segundo —continuó Laura—, usted va a romper cualquier trato con ese tal Valdés ahora mismo. Si su esposa desconfiaba de él hasta el punto de esconder las joyas, yo le creo a ella.
Roberto suspiró profundamente, como si se quitara un peso de encima.
—Tiene razón. Estaba cegado por la ambición. Cancelaré la reunión.
—Y tercero —dijo Laura, y esta fue la parte más difícil—, usted va a empezar a ser un padre. No un cajero automático. Sofía no necesita más juguetes, ni vestidos caros. Necesita que usted la mire. Que la escuche. Que cene con ella sin el teléfono en la mesa.
Sofía miró a su padre con esperanza.
—¿Lo harás, papá? —preguntó la niña.
Roberto miró a su hija.
Realmente la miró, quizás por primera vez en años.
Vio los ojos de Elena en ella.
Vio el miedo que él mismo había sembrado.
Y sintió una vergüenza tan profunda que le quemaba el pecho.
Las lágrimas, que había contenido durante el funeral de su esposa y durante todos los meses siguientes, finalmente brotaron.
—Lo haré, princesa —dijo con la voz rota—. Lo siento mucho. Perdónenme las dos.
Roberto se acercó y, con timidez, abrazó a su hija y a la mujer que había salvado a su familia de la ruina total.
Laura no lo abrazó de vuelta, pero tampoco se apartó.
Sabía que el perdón lleva tiempo, pero aquel era un comienzo.
Esa noche, Laura no durmió en la calle.
Durmió en su habitación de siempre, sabiendo que al otro lado del pasillo, una niña dormía tranquila por primera vez en mucho tiempo.
Al día siguiente, la noticia estalló en los diarios financieros: "Empresario Valdés arrestado por fraude masivo".
Roberto leyó la noticia en su tablet mientras desayunaba con Sofía.
Miró a Laura, que servía el café.
Si la hubiera echado... si hubiera seguido su orgullo... hoy estaría en la cárcel junto con Valdés o en la ruina total.
—Gracias —le dijo en voz baja cuando ella le sirvió la taza.
Laura solo sonrió levemente.
—No me dé las gracias, señor. Dele las gracias a quien tiene las manos sucias, pero la conciencia limpia. A veces, los que construyen sus sueños son los que usted menos espera.
Roberto entendió la lección.
Un título o una cuenta bancaria no te dan educación.
La verdadera clase se demuestra en cómo tratas a los que supuestamente "están por debajo" de ti.
Porque a veces, esas personas son las únicas que te sostienen cuando estás a punto de caer al abismo.
Desde ese día, el Sr. Cárdenas nunca volvió a mirar a nadie por encima del hombro.
Y Laura Méndez dejó de ser "la sirvienta" para convertirse en lo que siempre debió ser: parte de la familia.
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