El Millonario Dueño de la Mansión Iba a Perder a su Heredera, Pero el Secreto de la Empleada Cambió el Testamento

El Ritual a Puerta Cerrada

Me senté en el suelo del pasillo, recostando la espalda contra la puerta de caoba maciza. El reloj de mi muñeca, un Patek Philippe que valía más que la casa de Rosa, marcaba las 3:45 AM.

Los primeros diez minutos fueron de un silencio absoluto. Mi mente racional comenzó a atacarme. "¿Qué has hecho, Roberto? Dejaste a una mujer sin educación médica encerrada con tu hija moribunda. Esto es negligencia. Si se muere ahora mismo, será tu culpa."

Estuve a punto de levantarme y golpear la puerta para exigir que abriera, cuando de repente, un olor extraño comenzó a filtrarse por debajo de la puerta.

No era un olor desagradable. No olía a quemado ni a químicos. Era un aroma terroso, profundo. Olía a bosque húmedo, a tierra mojada después de la lluvia, mezclado con algo dulce y penetrante, como jazmines muy concentrados. Era un olor antiguo, que de alguna manera me tranquilizó y me erizó la piel al mismo tiempo.

Luego, escuché el sonido.

Al principio pensé que era el viento, pero luego lo reconocí. Rosa estaba cantando. No era una canción de cuna como las que le cantaba antes. Era un canto gutural, rítmico, repetitivo. La vibración de su voz parecía atravesar la madera de la puerta y resonar en mi propio pecho.

El canto subía y bajaba de intensidad. A veces sonaba como un lamento, otras veces como una orden.

De repente, escuché un ruido que me hizo saltar: el monitor cardíaco. El pitido constante que indicaba el ritmo del corazón de Isabella comenzó a acelerarse. Bip... bip... bip, bip, bip.

El pánico se apoderó de mí. ¡Le estaba provocando una taquicardia!

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Me levanté de un salto y golpeé la madera. —¡Rosa! ¡Rosa, abre la puerta! ¡La máquina está sonando muy rápido!

Nadie respondió. El canto de Rosa se volvió más fuerte, casi gritando ahora, pero no con ira, sino con una fuerza desgarradora.

—¡Isabella! —grité yo, forcejeando con la manija. Estaba cerrada con llave desde adentro. Busqué en mis bolsillos la llave maestra, pero mis manos temblaban tanto que se me cayó al suelo.

—¡Don Roberto, no entre! —La voz de Rosa se escuchó desde adentro, no como una súplica, sino como un trueno—. ¡Todavía no!

El monitor cardíaco comenzó a pitar frenéticamente, esa alarma continua que indica peligro inminente. Mi corazón se detuvo. Iba a derribar la puerta a patadas. Retrocedí para tomar impulso, dispuesto a romper la madera importada en mil pedazos.

Pero justo antes de que mi hombro impactara contra la puerta, el sonido cesó.

No solo la alarma. El canto también paró.

Silencio total.

Me quedé congelado, con la respiración entrecortada. El silencio en esa casa siempre había sido pesado, pero este silencio era diferente. Era el silencio de la muerte.

—¿Rosa? —pregunté, con la voz quebrada.

Pasó un minuto que se sintió como una década. Imaginé lo peor. Imaginé a Rosa llorando sobre el cadáver de mi hija. Imaginé cómo le explicaría a mi esposa que dejé morir a nuestra niña en manos de la criada mientras hacíamos brujería. La culpa me estaba consumiendo vivo en ese pasillo oscuro.

Entonces, escuché el sonido del cerrojo girando lentamente. Clic.

La puerta se abrió despacio.

Rosa apareció en el umbral. Se veía terrible. Había envejecido diez años en una hora. Estaba empapada en sudor, su uniforme estaba manchado de ese líquido oscuro y terroso que olía a bosque, y temblaba visiblemente. Se tuvo que apoyar en el marco de la puerta para no caerse.

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—¿Qué... qué pasó? —balbuceé, intentando mirar por encima de su hombro hacia la cama.

Rosa levantó la mano, mostrándome el frasco de vidrio. Estaba vacío.

—Ya está hecho, patrón —dijo ella con un hilo de voz—. Entrégueme su mano.

Sin saber por qué, extendí mi mano derecha. Rosa dejó caer algo en mi palma. Era un objeto pequeño, duro y frío. Al mirarlo bien, me di cuenta de que era un relicario antiguo de plata, uno que yo nunca había visto en la casa. Estaba oxidado y negro por el tiempo.

—¿Qué es esto?

—Ábralo —dijo Rosa, respirando con dificultad—. Y entienda por qué el dinero no podía curarla.

Con dedos temblorosos, forcé la pequeña cerradura del relicario. Se abrió con un chasquido. Dentro no había una foto de un santo, ni una joya.

Había una fotografía minúscula, en blanco y negro, de un hombre joven. Un hombre que se parecía aterradoramente a mí, pero vestido con ropa de campesino. Y junto a la foto, un mechón de cabello rubio, idéntico al de Isabella.

—No entiendo —dije, sintiendo un mareo—. ¿Quién es este?

Rosa me miró con una tristeza infinita.

—Entre a ver a su hija, Don Roberto. Pero prepárese, porque lo que va a ver no tiene explicación científica.

Empujé suavemente a Rosa a un lado y entré en la habitación. El olor a hierbas era intenso, casi sofocante. Las máquinas estaban apagadas; Rosa las había desconectado todas.

Caminé hacia la cama, esperando ver el cuerpo sin vida de mi princesa. Pero cuando llegué al borde y miré hacia abajo, mis piernas fallaron y caí de rodillas.

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Isabella no estaba pálida. Sus mejillas tenían un color rosado, tenue pero inconfundible. Su pecho subía y bajaba con un ritmo profundo y tranquilo, una respiración natural, sin el sonido rasposo de la enfermedad.

Pero lo más impactante no fue eso.

Lo más impactante fue que, cuando mi rodilla golpeó el suelo, Isabella abrió los ojos.

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