El Millonario Dueño de la Mansión Humilló al Niño Mecánico por Tocar su Rolls Royce, Pero Pagó una Fortuna por su Error
Manos Sucias, Mente Brillante
Leo respiró hondo, tratando de ignorar el olor a colonia cara del millonario y el aroma a peligro que emanaba de la situación. Se inclinó sobre el motor. Era una bestia hermosa y complicada. Tubos cromados, tapas de válvulas impecables, todo estaba diseñado para ocultar el funcionamiento interno, para que los propietarios ricos no tuvieran que preocuparse por la "suciedad" de la mecánica.
Pero para Leo, un motor era un motor. Fuera de un tractor viejo o de un coche de lujo, los principios básicos eran los mismos: aire, combustible, chispa, compresión.
Sus ojos escanearon el compartimiento con la rapidez de un águila. No tenía herramientas, solo sus manos y un destornillador plano oxidado que siempre llevaba en el bolsillo trasero de su mono.
—Un minuto menos —anunció uno de los guardaespaldas con tono burlón, mirando su reloj táctico.
Leo no respondió. Sus dedos comenzaron a moverse, tocando mangueras, verificando conexiones. El motor estaba caliente, y el calor le quemaba las yemas de los dedos, pero no se detuvo. "El dolor es información", solía decirle su abuelo.
Harrison observaba con los brazos cruzados, esperando el momento exacto para ordenar que lo sacaran a patadas. En su mente, ya estaba redactando la carta de despido del jardinero. ¿Cómo se atrevía ese niño a tocar su propiedad? Era una ofensa a su estatus.
—¡Cuidado con la pintura! —gritó Harrison cuando la hebilla del mono de Leo rozó peligrosamente el borde del guardabarros.
Leo se congeló un instante, ajustó su postura y siguió. Estaba buscando algo específico. Había notado, antes de que el motor se apagara del todo, un leve silbido. Un sonido agudo, casi imperceptible, que la mayoría de la gente ignoraría. Pero Leo tenía un oído absoluto para las máquinas.
Ese silbido significaba aire. Aire donde no debería haberlo.
—Tres minutos —dijo el guardaespaldas. El tiempo parecía volar.
Leo empezó a sudar. El sudor se mezclaba con la grasa en su frente y le picaba en los ojos, pero no podía limpiarse; sus manos estaban negras de hollín y aceite. Revisó el sistema de admisión. Todo parecía estar bien. Revisó los cables de las bujías. Perfectos.
La duda empezó a carcomerlo. ¿Y si se había equivocado? ¿Y si era la computadora de a bordo? Si era un fallo electrónico, estaba perdido. No podía arreglar un microchip con un destornillador y buena voluntad. Sintió un nudo en el estómago al pensar en la cara de su padre cuando le dijera que los habían despedido por su culpa.
—Te quedan cinco minutos, niño —dijo Harrison, mirando su reloj con impaciencia—. Ve despidiéndote de la casa. Fue una estupidez aceptar este reto. La gente como tú nunca aprende su lugar.
"La gente como tú". Esa frase resonó en la cabeza de Leo. Siempre era lo mismo. La gente como él, los que se ensuciaban las manos, los que construían las casas donde vivían los ricos, los que arreglaban sus coches... siempre eran invisibles, o peor, despreciados.
Esa rabia le dio una nueva claridad. Cerró los ojos un segundo y visualizó el flujo de aire en el motor. Siguió mentalmente el recorrido. Filtro, caudalímetro, mariposa de admisión...
Abrió los ojos. Ahí estaba.
Escondido debajo de una cubierta estética de plástico, había un pequeño tubo de vacío. Era una pieza insignificante, un trozo de goma que probablemente costaba menos de cincuenta centavos. Pero si ese tubo estaba agrietado o desconectado, el sensor de presión del motor enviaría lecturas erróneas a la computadora, y la computadora, en su infinita sabiduría digital, cortaría el encendido para proteger el motor.
Leo metió la mano en un hueco estrecho. El metal estaba hirviendo. Apretó los dientes para no gritar. Sus dedos rozaron la goma. Estaba suelta. La abrazadera se había aflojado, probablemente por las vibraciones del camino de grava.
—¡Siete minutos! ¡Se acabó el juego! —dijo Harrison, dando un paso adelante—. ¡Sácate de ahí antes de que llame a la policía!
—¡Espere! —gritó Leo, con la voz quebrada por el esfuerzo.
Con una maniobra dolorosa, Leo usó sus dedos como pinzas. Necesitaba reconectar el tubo y apretar la pequeña abrazadera metálica. Pero el espacio era minúsculo. Sus dedos resbalaban por el aceite.
—¡Sáquenlo de ahí! —ordenó Harrison a los guardaespaldas.
Los dos hombres de negro avanzaron. Uno de ellos agarró a Leo por el hombro del mono y tiró hacia atrás.
—¡No! ¡Ya casi lo tengo! —gritó Leo, aferrándose al motor.
—¡Suéltalo! —bramó el guardaespaldas.
En ese forcejeo, Leo sintió que el tubo encajaba en su lugar. Con un último esfuerzo desesperado, giró la pequeña mariposa de la abrazadera con la uña de su pulgar hasta que sintió que mordía el metal. Le dolió, sintió que la uña se le partía, pero no importó.
—¡Está listo! —gritó Leo mientras el guardaespaldas lo arrancaba del coche y lo lanzaba al suelo de grava.
Leo cayó de espaldas, levantando una nube de polvo. Los codos le ardían por el impacto contra las piedras. Los guardaespaldas se pararon sobre él, bloqueándole la vista.
Harrison se sacudió el traje, mirando con asco al niño en el suelo.
—Te dije que te fueras. Ahora lárgate. Has perdido tu tiempo y el mío.
—Inténtelo —dijo Leo desde el suelo, respirando con dificultad—. Gire la llave.
Harrison lo miró con incredulidad.
—¿Que gire la llave? ¿Para qué? ¿Para quemar el motor de arranque? Ya te dije que está muerto.
—Si no arranca, me iré yo mismo y no volverá a vernos —dijo Leo, levantándose despacio y limpiándose la sangre de un rasguño en el brazo—. Pero si arranca... usted cumple su palabra.
El millonario dudó. La arrogancia le decía que era imposible que un niño con un destornillador hubiera arreglado lo que sus ingenieros no pudieron prevenir. Pero la curiosidad, y quizás el deseo de humillar al niño una última vez demostrándole que había fallado, lo impulsó.
—Bien —dijo Harrison—. Una vez. Giraré la llave una vez. Y cuando no arranque, quiero que corras hasta la salida antes de que suelte a los perros.
Harrison se acomodó en el asiento de cuero del conductor. El interior olía a cuero nuevo y a éxito. Insertó la llave en el contacto. Los guardaespaldas miraban al niño con sonrisas burlonas, listos para echarlo.
Leo cerró los ojos y cruzó los dedos manchados de grasa detrás de su espalda.
Harrison giró la llave.
El sonido del motor de arranque gimió una vez... dos veces...
El silencio que siguió fue absoluto. El motor no arrancó en el primer segundo. Harrison soltó una carcajada triunfal y abrió la boca para gritar "¡Fuera!", pero entonces...
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Soy persona de honduras muy pobre sy usted quisiera puede donarmela
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