El Millonario Dueño de la Mansión Humilló a su Jardinera frente a su Abogado, Pero Ella Guardaba un Secreto sobre su Herencia
El Juicio en el Jardín: El Documento que Cambió el Destino
Lucas se detuvo a pocos metros de su padre, ignorando por completo el saludo de Manuel. Su mirada se dirigió inmediatamente a Elena, quien intentaba limpiarse el lodo de los ojos con la manga de su overol. El abogado, el Doctor Valenzuela, permanecía un paso atrás, observando todo con una expresión de profesionalismo gélido, aunque sus manos sujetaban con fuerza un maletín que contenía el destino de la propiedad.
—¿Es así como tratas a las personas cuando crees que nadie te ve, padre? —preguntó Lucas. Su voz no era un grito, era algo mucho más peligroso: un tono bajo, cargado de decepción y firmeza.
Don Manuel soltó una carcajada seca, tratando de recuperar el control de la situación.
—No me vengas con sentimentalismos, Lucas. Esta mujer es una incompetente. Ha convertido mi jardín en un basurero. Además, ¿qué haces aquí con el abogado? Estábamos citados en la oficina para firmar el traspaso de las acciones de la compañía de lujo.
Lucas ignoró la pregunta sobre los negocios. Caminó hacia Elena, le entregó el ramo de flores que traía y, con un gesto de ternura que dejó a su padre mudo, le pidió perdón en nombre de su familia.
—Elena, por favor, discúlpanos. Mi padre ha olvidado lo que significa ser un ser humano —dijo Lucas, mientras le entregaba un pañuelo de seda para que se limpiara el rostro.
—¡Lucas! ¡Deja de hacer el ridículo! —gritó Manuel, acercándose agresivamente—. Esa mujer es solo una empleada. ¡Tírale un billete si quieres que deje de llorar, pero no me des la espalda frente a mi abogado!
El Doctor Valenzuela dio un paso al frente en ese momento. Se ajustó las gafas y miró a Don Manuel con una mezcla de lástima y severidad.
—En realidad, Manuel, es precisamente por "esta mujer" que estamos aquí —dijo el abogado con voz pausada—. Y me temo que el término "empleada" es un error legal que te va a costar muy caro.
Don Manuel frunció el ceño, confundido. Sus negocios eran sólidos, su herencia estaba asegurada, o al menos eso pensaba él.
—¿De qué demonios hablas, Valenzuela? He pagado sus impuestos, sus seguros... no puede demandarme por nada.
—No se trata de una demanda laboral, Manuel —intervino Lucas, abriendo la carpeta de cuero—. Se trata de la propiedad de esta mansión y de la herencia de mi abuelo que tú siempre diste por sentada.
Lucas sacó un documento antiguo, amarillento pero con sellos notariales frescos que certificaban su validez actual. Elena, que seguía en silencio, miró el papel con una tristeza profunda. Ella sabía lo que decía ese documento, pero nunca quiso usarlo.
—Hace años, cuando mi abuelo estaba en su lecho de muerte, tú estabas demasiado ocupado gastando su dinero en hoteles de lujo en Europa —continuó Lucas—. Él sabía que tú destruirías el legado de la familia. Sabía que tu arrogancia te llevaría a despreciar a los humildes. Por eso, cambió su testamento en secreto.
Don Manuel sintió un frío repentino recorrerle la espalda. Su corazón empezó a latir con fuerza contra sus costillas.
—¡Eso es mentira! El testamento me nombraba heredero universal. Yo soy el dueño de esta mansión, de las cuentas bancarias, de todo —dijo Manuel, aunque su voz ya no sonaba tan segura.
—El testamento tenía una cláusula de fideicomiso y protección de tierras —explicó el Doctor Valenzuela—. Tu padre dejó estipulado que la propiedad de la mansión y el 51% de las acciones de la empresa principal pasarían a la persona que demostrara cuidar el legado familiar desde la raíz, literalmente.
Lucas miró a Elena y luego a su padre.
—El abuelo dejó la propiedad a nombre de la hija de su mejor amigo, el hombre que realmente construyó esta fortuna junto a él y a quien tú también humillaste hasta que murió en la pobreza. Esa persona es Elena. Ella no está aquí trabajando por necesidad de un sueldo miserable, padre. Ella ha estado cuidando la tierra que legalmente le pertenece, esperando ver si algún día tú cambiabas.
Manuel se tambaleó. Miró el lodo en el uniforme de Elena, miró el balde estallado en el suelo y luego miró el documento en manos de su hijo.
—¿Quieres decir... que esta jardinera apestosa... es la dueña de mi casa? —preguntó Manuel con un hilo de voz.
—No es tu casa, Manuel —sentenció el abogado—. Según este documento ratificado por el juez ayer por la tarde, tú eres técnicamente un invitado en la propiedad de la señorita Elena. Y después de lo que acabamos de presenciar, dudo mucho que tu estancia aquí se prolongue.
El silencio que siguió fue absoluto. Don Manuel miró a Elena, esperando ver una sonrisa de triunfo, una burla o un gesto de venganza. Pero lo que vio en los ojos de la joven lo destruyó por completo.
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