El hombre miró las llaves, confundido al principio, pero luego una sombra de comprensión cruzó su rostro. No eran las llaves de un cuarto de herramientas. Eran llaves ornamentadas, señoriales.
—¿Qué... qué haces con esas llaves? —tartamudeó, perdiendo por completo la bravuconería de hace un minuto—. ¿Se las robaste al dueño? ¡Voy a llamar a la policía ahora mismo! ¡Ladronzuelo!
Su mano temblaba mientras buscaba su teléfono celular en el bolsillo interior del saco. La mujer, por su parte, había perdido el color en las mejillas. Ella era más astuta; se había dado cuenta antes que él. Observó mi postura, la seguridad con la que le sostenía la mirada, y sobre todo, la falta de miedo ante la amenaza de la policía.
—Llámelos —le dije con una sonrisa tranquila, cruzándome de brazos—. Por favor, hágalo. El jefe de policía es mi compadre, jugamos dominó los viernes. Seguro le encantará venir a saludarme.
El hombre se detuvo con el teléfono en la mano, paralizado. —¿Quién demonios eres? —preguntó, su voz bajando a un susurro ronco.
Di un paso más hacia él. Estaba tan cerca que podía oler su colonia costosa mezclada con el sudor frío del miedo que empezaba a brotarle.
—Usted acaba de alquilar esta propiedad a través de la inmobiliaria "Bienes Raíces San Miguel", ¿correcto? —le pregunté.
—Sí... ¿y qué? —respondió a la defensiva.
—El contrato estipula claramente en la cláusula 14, apartado B, que el propietario se reserva el derecho de rescindir el contrato de arrendamiento de manera inmediata y unilateral si se detecta conducta inapropiada, daños a la moral o maltrato al personal o vecinos dentro de los predios.
El hombre abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Sus ojos iban de mi cara sucia a las llaves en mi mano.
—Yo no soy el jardinero, muchacho —le solté, disfrutando cada sílaba—. Yo soy Roberto San Miguel. Soy el dueño de esta mansión, soy el dueño de la casa de huéspedes, soy el dueño de la tierra que estás pisando y, casualmente, soy el dueño de la inmobiliaria con la que firmaste el contrato ayer.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Podría haberse escuchado caer un alfiler en la grava.
La cara del tipo pasó del rojo furia al blanco papel en cuestión de segundos. La arrogancia se derritió como cera al fuego, dejando ver a un niño asustado que acaba de romper un jarrón valioso.
—Don... Don Roberto... —balbuceó. Su tono cambió radicalmente. Ahora era una voz sumisa, casi chillona—. Yo... nosotros no sabíamos... pensamos que era... bueno, usted sabe, por la ropa...
—¿Por la ropa? —lo interrumpí, levantando una ceja—. ¿Porque tengo las manos sucias de trabajar la tierra asumes que puedes tratarme como "basura"? ¿Porque llevo botas viejas crees que tienes derecho a lanzarme dinero al lodo?
—¡Fue una broma! —intervino la mujer, intentando arreglarlo con una sonrisa falsa y nerviosa que parecía una mueca de dolor—. Solo estábamos bromeando, señor San Miguel. Tenemos un sentido del humor muy... peculiar. Por favor, no se lo tome a mal. Estábamos cansados del viaje.
Miré a la mujer. Recordé sus palabras exactas: "Que lo recoja como los animales".
—Señora —le dije con frialdad—, el humor requiere inteligencia, y la crueldad es el refugio de los ignorantes. Usted no estaba bromeando. Usted estaba demostrando su verdadera educación. Y lamento decirle que el dinero puede pagar el alquiler de una mansión, pero no puede comprar clase.
Me giré hacia el hombre, que seguía con el teléfono en la mano, como si fuera un salvavidas inútil. Me acerqué a su oído, tal como prometí contarles al principio.
Me incliné, invadiendo su espacio, y le susurré las palabras que sellaron su destino esa tarde:
—Tienes exactamente una hora para sacar ese auto de mi entrada y desaparecer. El contrato está anulado. Y ni se te ocurra pedir la devolución del depósito; se quedará para cubrir los gastos de limpieza espiritual que necesita mi casa después de que ustedes pusieran un pie aquí.
El hombre intentó protestar. —¡No puede hacer esto! ¡Tengo invitados llegando! ¡Es una cena de negocios importante! ¡No tengo a dónde ir!
—Ese no es mi problema —respondí, volviendo a mi tono normal—. Quizás sus invitados disfruten cenando en algún lugar donde traten bien a la gente. Aquí, en mi casa, nos sentamos a la mesa con dignidad.
—Pero... ¡demandaré! —gritó, intentando recuperar un poco de control, aunque sus ojos decían que sabía que estaba perdido.
—Hágalo —dije, dándome la vuelta y caminando hacia mi carretilla—. Tengo un equipo de abogados que se aburre mucho y le encantará destrozarte en la corte por incumplimiento de contrato y difamación. Ah, y por cierto...
Me detuve y saqué el billete de 20 dólares manchado de lodo de mi bolsillo.
—Se le cayó esto —dije.
Hice una bola con el billete sucio y se lo lancé. Le pegó en el pecho y cayó al suelo, justo al lado de sus zapatos italianos de piel brillante.
—Recógelo —ordené con voz de mando, la misma voz que uso para dirigir a cien obreros en una construcción—. Recógelo y lárgate de mi propiedad.
Lo que pasó a continuación fue la escena más patética y satisfactoria que he visto en años. El "gran empresario", el hombre que se creía superior a todo el mundo, tuvo que doblar la espalda.
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