Historias reales

EL MILLONARIO DUEÑO DE LA MANSIÓN ESCUCHÓ A SU EMPLEADA BUSCANDO UN "NOVIO FALSO" Y SU REACCIÓN CAMBIÓ EL DESTINO DE SU HERENCIA

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con Elena y su imponente jefe. La tensión en esa cocina era insoportable y lo que Don Alejandro hizo después de escuchar esa llamada telefónica no solo rompió todas las reglas de la sociedad, sino que dejó a la familia de Elena sin palabras. Prepárate, porque la verdad de esta historia es mucho más impactante y emotiva de lo que imaginas.

La llamada prohibida en la cocina de mármol

El reloj de pared en la cocina marcaba las 4:30 de la tarde. El sonido del segundero retumbaba en mis oídos como si fueran golpes de martillo. Mis manos temblaban tanto que apenas podía sostener el auricular del teléfono fijo, ese aparato antiguo de color crema que colgaba en la pared de la cocina de servicio.

Llevaba tres años trabajando en la mansión de los Villalobos. Tres años limpiando pisos de mármol importado, sacudiendo polvo de jarrones que costaban más de lo que yo ganaría en toda mi vida y, sobre todo, tratando de ser invisible.

Esa era la regla de oro en esta casa: ser invisible. Don Alejandro, el dueño del imperio hotelero más grande del país, no toleraba el ruido, ni las interrupciones, ni los dramas personales. Era un hombre de unos cincuenta y tantos años, siempre vestido con trajes italianos hechos a medida, con una mirada de hielo que parecía analizar el precio de tu alma antes de siquiera saludarte.

Pero hoy, yo había roto la regla. Hoy, mi desesperación era más grande que mi miedo a ser despedida.

—Por favor, Laura, no me digas que no puedes —susurré al teléfono, con la voz quebrada por el llanto—. Te lo suplico. Si voy sola a la boda de mi prima Vanessa, me van a comer viva.

Al otro lado de la línea, mi mejor amiga intentaba calmarme, pero yo no escuchaba razones. Las lágrimas caían libremente sobre mi delantal, manchando la tela blanca con círculos oscuros de tristeza.

—Ya les dije que tengo novio, Laura. Les mentí —confesé, sintiendo un nudo en la garganta que apenas me dejaba respirar—. Les dije que salía con un empresario importante para que dejaran de humillarme. Si llego sola mañana, mi tía Marta y Vanessa se van a burlar de mí delante de todos. Van a decir que sigo siendo la "pobretona" de la familia, la que limpia baños ajenos mientras ellas viven de apariencias.

Tomé aire, intentando controlar los sollozos que se me escapaban del pecho.

—Jefe... o sea, Dios, necesito un novio urgente —dije, olvidando por un segundo dónde estaba—. Por favor, que aparezca alguien, pago lo que sea. No puedo esperar más, lo necesito para mañana o mi vida será un infierno.

Me cubrí la cara con una mano, sintiendo la vergüenza arder en mis mejillas. La imagen de mi prima Vanessa riéndose de mis zapatos viejos y de mi soledad era demasiado dolorosa. Solo quería que la tierra me tragara.

Fue entonces cuando sentí el cambio en el aire.

No fue un ruido. Fue una presencia. Esa sensación eléctrica que recorre tu espalda cuando sabes, con total certeza, que ya no estás sola. El olor a colonia cara, una mezcla de madera y tabaco fino, inundó mis fosas nasales, superando el olor a desinfectante de limón que yo misma había usado minutos antes.

Me giré lentamente, con el corazón latiendo tan fuerte que sentía que se me iba a salir por la boca.

El auricular se resbaló de mis dedos y quedó colgando del cable, balanceándose como un péndulo que marcaba los últimos segundos de mi empleo.

Allí, en el umbral de la puerta de servicio, estaba él. Don Alejandro.

No estaba en su oficina. No estaba de viaje de negocios. Estaba allí, a dos metros de mí. Impecable. Su traje azul oscuro no tenía ni una arruga. Su corbata de seda estaba perfectamente anudada. Y sus ojos... esos ojos grises que solían ignorarme, ahora estaban clavados en los míos con una intensidad que me hizo temblar las rodillas.

—Don... Don Alejandro —tartamudeé, intentando secarme las lágrimas inútilmente con el dorso de la mano sucia—. Yo... perdóneme, señor. No sabía que estaba en casa. Ya mismo cuelgo. Ya mismo me pongo a trabajar. Por favor, no me despida.

Esperaba los gritos. Esperaba la frialdad habitual de su voz diciéndome que recogiera mis cosas y me largara por usar el teléfono para asuntos personales y hacer escándalo en su cocina.

Pero el silencio se alargó. Un segundo. Dos segundos. Cinco segundos eternos.

Él no se movió. Simplemente inclinó la cabeza ligeramente hacia un lado, como si estuviera observando un cuadro complejo en una galería de arte. Su expresión no era de enojo. Era... ¿curiosidad?

Dio un paso hacia adelante. Yo di uno hacia atrás, chocando contra la encimera de granito.

—¿Una boda? —preguntó. Su voz era grave, profunda, y resonó en las paredes de azulejo.

—Sí... sí, señor —respondí, bajando la mirada hacia mis zapatos gastados—. La boda de mi prima. Mañana.

—¿Y necesitas un novio millonario para impresionar a tu tía Marta? —continuó, y juraría que había un atisbo de diversión en su tono, aunque su cara seguía siendo una máscara de seriedad.

Me sentí morir de vergüenza. Lo había escuchado todo. Había escuchado mi patética mentira y mi desesperación.

—Fue una tontería, señor. Disculpe. No volverá a pasar —dije, lista para aceptar mi liquidación.

Don Alejandro suspiró. Llevó sus manos a su cuello y, con un movimiento lento y deliberado que me dejó paralizada, comenzó a aflojarse el nudo de su corbata.

—Tienes razón en algo, Elena —dijo, pronunciando mi nombre por primera vez en tres años.

Levanté la vista, sorprendida.

—¿Señor?

—La gente que juzga por las apariencias es la peor calaña que existe. Y odio a los matones, vengan de donde vengan —dijo mientras se quitaba el saco del traje y lo colocaba con cuidado sobre el respaldo de una silla de madera—. ¿A qué hora es el evento?

—A... a las dos de la tarde, señor —respondí confundida.

Él asintió, sacó su teléfono celular —el modelo más nuevo que existía, probablemente bañado en oro— y marcó un número rápidamente.

—Carlos, cancela mis reuniones de mañana. Todas. Y prepara el Rolls Royce Phantom. Sí, el negro. Lo quiero impecable a la una.

Colgó y me miró de nuevo. Esta vez, una media sonrisa, casi imperceptible, curvó sus labios.

—Mañana no vendrás a limpiar, Elena. Mañana tienes una cita. Y créeme, tu tía Marta va a necesitar una ambulancia cuando nos vea llegar.

Mi boca se abrió, pero no salió ningún sonido. ¿Estaba soñando? ¿El hombre más rico de la ciudad acababa de ofrecerse a ser mi novio falso?

Antes de que pudiera reaccionar, él levantó un dedo, señalándome.

—Pero hay una condición. Una sola condición para que yo haga esto.

El aire se congeló en mis pulmones. ¿Qué podía pedirme un hombre como él?

¿Qué condición le pondrá el millonario a su empleada? Lo que le pidió a cambio no fue dinero ni nada indecente, fue algo que la hizo llorar aún más.

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Anna Arteaga

¡Hola a todos! Soy Anna Arteaga, una alma apasionada por los bonsáis. Mi fascinación por estos árboles en miniatura comenzó en la infancia. Este blog es mi espacio para compartir mi pasión transformada en arte, y para ofrecer consejos prácticos y tutoriales que ayuden a cultivar y mantener la belleza de estos pequeños tesoros de la naturaleza.

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