EL MILLONARIO DUEÑO DE LA MANSIÓN ESCUCHÓ A SU EMPLEADA BUSCANDO UN "NOVIO FALSO" Y SU REACCIÓN CAMBIÓ EL DESTINO DE SU HERENCIA

La transformación de Cenicienta y el contrato secreto

El silencio en la cocina era absoluto tras su propuesta. Mi mente viajaba a mil kilómetros por hora, imaginando las peores intenciones, pero la mirada de Don Alejandro no tenía malicia, tenía firmeza.

—La condición, Elena —dijo él, acercándose un paso más—, es que por las próximas 24 horas, no eres mi empleada. Eres mi igual. No quiero verte bajar la cabeza ante nadie. Ni ante mí, ni ante tu familia. Si vas a fingir ser la pareja de un magnate, tienes que creértelo. ¿Trato hecho?

Mis manos seguían temblando, pero algo en su voz me dio una fuerza que no sabía que tenía. Asentí lentamente.

—Trato hecho, señor... digo, Alejandro.

Lo que sucedió las siguientes horas fue como un torbellino sacado de una película. No hubo hada madrina con varita mágica, hubo un equipo de estilistas profesionales que llegaron a la mansión a las 6:00 AM del día siguiente.

Alejandro no escatimó en gastos.

—Quiero que se vea elegante, no disfrazada —ordenó a la estilista jefe mientras tomaba su café matutino leyendo el periódico financiero—. Que resalte su belleza natural. Elena tiene unos ojos tristes que necesitan brillar hoy.

Me sentaron frente a un espejo enorme. Mientras me arreglaban el cabello y maquillaban mis ojeras de años de cansancio, vi cómo mi reflejo cambiaba. Ya no veía a la mujer agotada que fregaba los baños. Veía a alguien que no reconocía, alguien fuerte, alguien hermosa.

Luego llegó el vestido. No era un vestido de alquiler barato. Era un diseño exclusivo, color azul noche, de una seda que acariciaba la piel como agua fresca. Cuando me lo puse y me vi en el espejo de cuerpo entero, rompí a llorar de nuevo.

—No llores, arruinarás el maquillaje de quinientos dólares —dijo una voz grave desde la puerta.

Alejandro estaba allí, apoyado en el marco, luciendo un esmoquin que gritaba poder y dinero. Me miró de arriba abajo, y por primera vez, vi respeto genuino en sus ojos.

—Estás perfecta, Elena. Vamos. La guerra nos espera.

El viaje hacia el salón de eventos fue en silencio, pero no un silencio incómodo. El interior del Rolls Royce olía a cuero nuevo. Alejandro revisaba unos correos en su tablet, pero de vez en cuando me miraba de reojo para asegurarse de que no estuviera hiperventilando.

Artículo Recomendado  El Secreto de la Caja de Zapatos: La Verdad que Destrozó y Reconstruyó a Mi Familia

Cuando llegamos al lugar de la boda, un salón de fiestas pretencioso en las afueras de la ciudad, sentí náuseas. Allí estaban todos. Mi tía Marta con su vestido de lentejuelas chillonas, mi prima Vanessa con su sonrisa de superioridad, y todos los parientes que siempre me habían mirado por encima del hombro por ser "la chica del servicio".

El coche se detuvo justo en la entrada principal. El chofer, Carlos, salió corriendo para abrir mi puerta.

Primero bajó un zapato de tacón fino. Luego bajé yo. Y finalmente, Alejandro bajó por el otro lado, rodeó el auto y me ofreció su brazo con una galantería de la vieja escuela.

El murmullo fue instantáneo. Se hizo un silencio sepulcral en la entrada del salón. Las copas de champán se detuvieron a medio camino de las bocas.

—Camina despacio —me susurró Alejandro al oído, apretando suavemente mi brazo—. Eres la dueña del lugar. Créetelo.

Entramos. Las miradas se clavaban en nosotros como dardos. Vi a mi tía Marta abrir la boca tanto que pensé que se le desencajaría la mandíbula. Vanessa, la novia, se puso pálida bajo su maquillaje excesivo.

—¡Elena! —chilló mi tía Marta, recuperando la compostura y acercándose con una sonrisa falsa que mostraba demasiados dientes—. ¡Pero qué sorpresa! Pensamos que no vendrías... y veo que has venido... acompañada.

Marta recorrió a Alejandro con la mirada, evaluando el costo de su reloj, de sus zapatos, de su traje. Se notaba que intentaba encontrar un defecto, algo que delatara que era una farsa.

—Tía, te presento a Alejandro —dije, tratando de que no me temblara la voz—. Mi pareja.

Alejandro sonrió. No fue una sonrisa cálida. Fue la sonrisa de un tiburón que acaba de encontrar una foca herida.

—Un placer, señora —dijo él, extendiendo la mano pero sin tocarla realmente—. Elena me ha hablado mucho de usted. De hecho, me ha contado historias fascinantes sobre cómo la familia se apoya mutuamente.

Artículo Recomendado  El Millonario Dueño de la Mansión se negó a Pagar la Deuda al Albañil, pero un Secreto Legal en la Propiedad le costó su Fortuna

El sarcasmo era tan fino que mi tía apenas lo notó.

—Oh, sí, somos muy unidos —mintió Marta—. Aunque Elena siempre ha sido... bueno, ya sabes, un poco humilde para nuestros gustos. ¿Y tú a qué te dedicas, querido? ¿Vendes seguros? ¿Autos usados?

Ese era el momento. El ataque. Intentaban rebajarlo para hacerme sentir mal a mí.

Alejandro soltó una carcajada suave, una que resonó con autoridad.

—No, señora Marta. No vendo nada. Yo soy dueño.

—¿Dueño de qué? —preguntó Vanessa, acercándose con recelo.

—Del hotel donde celebraron su despedida de soltera la semana pasada —dijo Alejandro tranquilamente—. Y de la cadena de resorts donde planean ir de luna de miel. De hecho, estaba revisando la lista de reservas esta mañana y noté que pidieron un descuento por "familiares de empleados". Qué curioso, porque Elena nunca me pidió ese favor.

El color desapareció del rostro de Vanessa.

—¿Usted es... Alejandro Villalobos? —preguntó el novio, que acababa de llegar y parecía a punto de desmayarse—. ¿El magnate hotelero?

—El mismo —respondió Alejandro sin dejar de mirarme a mí con adoración actuada—. Y estoy aquí porque mi mujer quería venir. Aunque francamente, viendo cómo la reciben, empiezo a pensar que este lugar no está a su altura.

La fiesta transcurrió en una nebulosa de adulaciones falsas. De repente, todos querían ser mis amigos. Tíos que no me hablaban hacía años venían a abrazarme. Primos lejanos me pedían empleo. Era asqueroso, pero al mismo tiempo, extrañamente satisfactorio.

Sin embargo, cuando la noche estaba por terminar y la orquesta tocaba la última canción lenta, ocurrió el desastre.

El alcohol había soltado la lengua de mi tía Marta. Se acercó a nosotros, tambaleándose, con una copa de vino tinto en la mano y la mirada llena de veneno. No soportaba que yo fuera el centro de atención.

—Todo esto es muy bonito —dijo Marta en voz alta, haciendo que la música se detuviera—. Pero aquí hay algo raro. Tú eres demasiado rico para estar con una sirvienta como ella. ¿Cuánto te pagó? ¿O es que te da lástima? ¡Dinos la verdad! ¡Elena no es más que la que limpia tus inodoros!

El salón quedó en silencio total. Sentí que el mundo se derrumbaba. La ilusión se había roto. Todos miraban a Alejandro, esperando que él admitiera la farsa, que se riera y dijera que todo era una broma de caridad.

Artículo Recomendado  La Cicatriz del Pasado: El Secreto que el Capataz de la Obra Intentó Ocultar por 20 Años

Alejandro soltó mi mano. Dio un paso hacia mi tía. Su rostro se endureció, volviendo a ser el jefe implacable de la oficina.

—Tiene razón en una cosa —dijo Alejandro con voz de hielo—. Elena trabaja para mí.

Escuché las risas contenidas de mis primos. Mi corazón se rompió. Iba a confesar.

Pero entonces, Alejandro metió la mano en el bolsillo interior de su saco y sacó un sobre blanco sellado con lacre rojo.

—Pero se equivoca en todo lo demás. Elena no es solo mi empleada. De hecho, he venido hoy aquí no solo para acompañarla, sino para entregarle esto delante de todos ustedes, testigos buitres.

Se giró hacia mí y me extendió el sobre.

—Ábrelo, Elena.

Mis manos temblaban mientras rompía el sello. Saqué el documento. Era un papel legal, lleno de sellos notariales. Mis ojos escanearon las líneas rápidamente y me quedé sin aliento. Las letras bailaban ante mí.

—¿Qué es eso? —gritó mi tía Marta, intentando arrebatarme el papel.

Alejandro la detuvo con un gesto de la mano.

—Léelo en voz alta, Elena —ordenó él suavemente.

—Es... es una escritura —leí con la voz estrangulada—. De la casa de la abuela.

—La casa que tu tía Marta te robó falsificando la firma de tu abuela en su lecho de muerte —interrumpió Alejandro, mirando a mi tía con desprecio puro—. Mis abogados han estado investigando durante semanas. No solo recuperamos la casa, sino que descubrimos las cuentas bancarias donde escondieron el dinero de la herencia que te correspondía.

El caos estalló. Pero Alejandro no había terminado. Levantó la mano de nuevo pidiendo silencio, porque lo que iba a decir a continuación cambiaría mi vida más que el dinero o la casa.

La venganza legal fue dulce, pero la confesión personal de Alejandro bajo la lluvia al salir de la fiesta fue lo que realmente marcó el destino de ambos.

Descubre el desenlace final tocando el botón siguiente 👇

Artículos Recomendados

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Go up

Usamos cookies para asegurar que te brindamos la mejor experiencia en nuestra web. Si continúas usando este sitio, asumiremos que estás de acuerdo con ello. Más Información