El Millonario Dueño de la Mansión Encierra a su Esposa Embarazada en el Sótano Helado por una Herencia, pero la Sirvienta Tenía la Llave Maestra

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con el corazón en la boca al leer sobre la crueldad impensable de Ricardo y la situación desesperada de Elena. La intriga de saber si ella y su bebé logran sobrevivir es insoportable. Prepárate, acomódate bien y respira profundo, porque lo que estás a punto de leer destapa una red de mentiras, codicia y una venganza divina que nadie vio venir. La verdad completa es mucho más impactante de lo que imaginas.

El frío que congela el alma

Nunca imaginé que el sonido más aterrador de mi vida sería el de una llave girando en una cerradura pesada. No fue un chirrido de película de terror, fue un "clic" seco, metálico y definitivo. Un sonido que separaba mi vida anterior, llena de lujos y supuesta felicidad, de la oscuridad absoluta en la que me encontraba ahora.

—¡Ricardo, por favor! —grité, golpeando la madera maciza de la puerta con mis puños, ignorando el dolor que sentía en los nudillos—. ¡Ricardo, abre la puerta! ¡Hace demasiado frío aquí abajo! ¡Piensa en tu hijo!

Del otro lado, solo escuché una risa. No era una risa de locura, lo cual habría sido quizás más comprensible. Era una risa fría, calculada, la risa de un hombre de negocios que acaba de cerrar un trato ventajoso deshaciéndose de un activo que ya no le sirve.

—Ese no es mi hijo, Elena, es tu problema —respondió él con una calma que me heló la sangre más que la temperatura del sótano—. Y en cuanto a ti... bueno, digamos que el frío conservará tu belleza hasta que encuentren tu cuerpo. Necesito la casa vacía y tú ocupas demasiado espacio.

Escuché sus pasos alejándose por el pasillo de mármol. El sonido de sus zapatos italianos de mil dólares contra el piso resonaba como un martillo en mi cabeza. Se iba. Realmente se iba y me dejaba aquí para morir.

Me deslicé por la puerta hasta caer al suelo de cemento, abrazando mi vientre abultado de ocho meses. El sótano de nuestra mansión no era un lugar normal. Era una antigua bodega de vinos que Ricardo había mandado a reformar con un sistema de refrigeración industrial para sus colecciones de licores importados. La temperatura estaba programada para mantenerse siempre cerca del punto de congelación.

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Llevaba puesto solo un vestido de seda ligero, el que me había puesto para la cena "especial" que él había prometido. Qué ingenua fui. La cena no era para celebrar nuestro aniversario, era para celebrar su libertad.

El frío empezó a morder mi piel casi de inmediato. No era solo el aire helado; era la humedad de las paredes de piedra lo que se metía en los huesos. Froté mis brazos con desesperación, intentando generar algo de calor, pero era inútil. Mis dientes empezaron a castañetear sin control.

—Perdóname, mi amor, perdóname —susurré hablándole a mi vientre—. Mamá fue una tonta. Mamá no vio las señales.

Porque las señales habían estado ahí. Los viajes de negocios repentinos, las llamadas a deshoras que él contestaba en el jardín, los gastos inexplicables en joyas que yo nunca recibía. Y, sobre todo, la forma en que me miraba últimamente. Ya no había amor en sus ojos, solo impaciencia. Como si estuviera esperando que ocurriera un accidente. Al final, decidió no esperar al destino y provocarlo él mismo.

Me levanté con dificultad. El embarazo hacía que mis movimientos fueran lentos y pesados. Necesitaba encontrar algo para cubrirme, lo que fuera. Caminé a tientas en la penumbra, guiada solo por la tenue luz que se filtraba por las rendijas de ventilación en lo alto de la pared, demasiado altas para alcanzarlas, demasiado estrechas para pasar por ellas.

Mis manos tropezaron con estanterías de metal. Botellas. Cientos de botellas de vino que valían más que la vida de muchas personas, pero que no podían darme calor. Seguí buscando, arrastrando los pies para no tropezar.

De repente, escuché música. Venía de arriba. Música clásica, suave, elegante. Ricardo había puesto su disco favorito de Vivaldi. La ironía era cruel: él estaba arriba, en el calor de nuestro hogar, probablemente sirviéndose una copa de brandy frente a la chimenea, mientras su esposa y su hijo no nato se congelaban metros abajo.

Pero entonces, escuché otra voz. Una voz femenina.

—¿Estás seguro de que no nos oirá? —preguntó la mujer. Su voz se filtraba débilmente a través de los conductos de ventilación.

—Imposible, mi amor —respondió Ricardo. Su tono era meloso, repugnante—. Está en la bodega insonorizada. Además, para mañana por la mañana, el problema se habrá resuelto solo. La hipotermia es rápida y limpia. Parecerá un accidente trágico. "La pobre Elena bajó a buscar una botella para celebrar y la puerta se atascó". El abogado se tragará la historia, y la herencia de su padre pasará automáticamente a mí como viudo.

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Me tapé la boca para no gritar de rabia. No era solo crueldad, era codicia pura. La herencia. Todo era por el dinero de mi padre, ese fideicomiso millonario que solo se liberaría con el nacimiento de mi hijo o... con mi muerte.

Las lágrimas calientes rodaron por mis mejillas y se enfriaron casi al instante. Me sentía mareada. Mis pies ya no los sentía. Me acurruqué en un rincón, detrás de unas cajas viejas, intentando hacerme lo más pequeña posible para conservar el calor corporal.

—No te duermas, Elena, no te duermas —me repetía a mí misma. Sabía que si me dormía, nunca más despertaría.

El tiempo se distorsionó. No sé si pasaron minutos u horas. Mi respiración se volvía cada vez más lenta, visualizando pequeñas nubes de vapor saliendo de mi boca. De repente, mi bebé dio una patada fuerte. Fue un golpe de vida en medio de la muerte.

—Aguanta, pequeño. Aguanta —lloré.

Fue entonces cuando escuché algo diferente. No venía de arriba, sino de la puerta del sótano. Alguien estaba manipulando la cerradura.

Mi corazón dio un vuelco. ¿Ricardo volvía para rematarme? ¿O quizás esa mujer, su amante, quería ver el trabajo hecho con sus propios ojos? Me quedé inmóvil, paralizada por el terror, aguantando la respiración.

La perilla giró lentamente. La puerta se abrió con un gemido suave, dejando entrar un rectángulo de luz amarilla del pasillo. Una silueta se recortó en el umbral. No era Ricardo. La figura era más baja, más robusta. Llevaba un uniforme.

La persona entró con sigilo, cerrando la puerta tras de sí con sumo cuidado, pero sin poner el seguro. Encendió una pequeña linterna y el haz de luz barrió la habitación hasta que me encontró acurrucada entre las cajas.

La luz me cegó por un segundo.

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—¿Señora Elena? —susurró una voz temblorosa.

Era Juana. La empleada doméstica. La mujer que llevaba treinta años trabajando en esta mansión, a la que Ricardo trataba como si fuera invisible, a la que insultaba si el café no estaba a la temperatura exacta. Juana, a quien yo siempre defendía en silencio pero nunca con la fuerza suficiente.

—¿Juana? —mi voz salió como un graznido ronco.

Ella corrió hacia mí. Se quitó su grueso suéter de lana y me lo puso sobre los hombros inmediatamente. Sus manos eran cálidas y ásperas, manos de trabajadora.

—¡Dios mío, señora! ¡Está helada! —susurró con horror, tocando mi rostro—. Ese monstruo... escuché lo que dijo. Escuché todo.

—Juana, tienes que irte —le dije, temblando violentamente—. Si te encuentra aquí, te matará a ti también. Él quiere la herencia. Lo quiere todo.

Juana negó con la cabeza, sus ojos brillaban con una determinación que nunca le había visto antes. Metió la mano en el bolsillo de su delantal y sacó algo que hizo que mi corazón se detuviera por un segundo. No eran solo las llaves del sótano.

Era un sobre grueso, de papel manila, con el sello del bufete de abogados de mi padre.

—No me voy a ir a ninguna parte sin usted, señora —dijo Juana, acercándose a mi oído—. Y él no se va a quedar con nada. Porque encontré esto en la basura de su despacho esta mañana, antes de que él pudiera quemarlo. Usted no sabe lo que dice aquí, pero yo sí sé leer, señora. Y lo que dice este papel cambia las cosas.

Me miró fijamente a los ojos, y en medio de la oscuridad de ese sótano mortal, vi una chispa de esperanza.

—¿Qué dice, Juana? —pregunté, aferrándome a su brazo.

Juana tragó saliva y miró hacia la puerta, temerosa de que nos escucharan.

—Dice que la mansión no es de él. Y dice que si algo le pasa a usted... él va directamente a la cárcel, no al banco. Pero tenemos que salir de aquí ahora mismo, antes de que baje su amante. Ella viene hacia aquí.

Un ruido de tacones acercándose a la puerta del sótano nos congeló a las dos. Alguien estaba bajando.

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