Ricardo miraba el relicario con los ojos desorbitados. Sus manos, acostumbradas a firmar cheques millonarios y cerrar tratos internacionales, temblaban incontrolablemente mientras señalaba el pecho de la joven obrera.
—¿De dónde sacaste eso? —preguntó, con la voz quebrada por la ansiedad—. Ese collar... ¡Ese collar era de mi esposa!
Lucía, visiblemente asustada por la intensidad del momento y por la camiseta rota, cubrió el relicario con su mano sucia. Sus ojos verdes destellaban con desconfianza. Había aprendido a la fuerza que los hombres ricos nunca traían buenas noticias.
—Es mío —dijo ella, con una fiereza que sorprendió a todos los presentes—. Es lo único que tengo de mis padres. Me lo dejaron cuando me abandonaron en el orfanato "Santa María" hace quince años. Si intenta quitármelo, le juro que gritaré.
La mención del orfanato y la fecha golpearon a Ricardo como un mazo de demolición. Quince años. La misma fecha del accidente. La misma fecha en la que su hermano menor, Esteban, le había asegurado que tanto su esposa como su hija habían sido arrastradas por la corriente del río y que los cuerpos nunca aparecieron.
Ricardo sintió una náusea repentina. Esteban. Su hermano, quien manejaba las finanzas de la familia en ese entonces. El mismo hermano que, tras la "muerte" de las herederas, se había asegurado una posición cómoda en la empresa y vivía una vida de lujos a costa del dolor de Ricardo.
—Nadie te va a quitar nada, hija... —dijo Ricardo, la palabra "hija" saliendo de sus labios por primera vez en una década y media, con un sabor dulce y doloroso.
Ignorando la suciedad, el polvo y las miradas atónitas de los trabajadores y del capataz que ahora temblaba de miedo, Ricardo sacó su billetera de cuero. De un compartimento secreto, extrajo una fotografía desgastada y protegida con plástico.
—Mira esto —le suplicó, extendiendo la foto hacia Lucía.
Lucía dudó. Miró al capataz, luego a los otros obreros que cuchicheaban, y finalmente a los ojos suplicantes de aquel hombre poderoso que parecía desmoronarse frente a ella. Con cautela, tomó la foto.
En la imagen, una mujer hermosa de ojos verdes sostenía a una niña pequeña en un jardín. La mujer llevaba puesto el mismo relicario que ahora descansaba sobre el pecho sudoroso de Lucía. Pero lo más impactante no era el collar. Era la niña. La niña tenía la misma sonrisa que Lucía veía en el espejo cada mañana, y la misma marca de nacimiento en forma de estrella bajo la oreja.
Las manos de Lucía empezaron a temblar, manchando la foto de polvo.
—No... no puede ser —susurró ella, sintiendo que el piso de tierra se movía bajo sus botas gastadas—. A mí me dijeron que mis padres eran drogadictos que me tiraron a la basura. Eso fue lo que siempre me dijo la directora del orfanato.
—Te mintieron —dijo Ricardo, con una rabia fría creciendo en su interior—. Alguien pagó mucho dinero para que creyeras eso. Alguien quería que desaparecieras para quedarse con lo que te pertenecía por derecho.
Ricardo se giró hacia el capataz, quien estaba pálido como el papel.
—Tráeme mi auto. Ahora —ordenó Ricardo con una voz que no admitía réplica—. Y tú —dijo mirando a Lucía—, ven conmigo. Por favor. No tienes que cargar un solo saco más en tu vida. Necesito que vayamos a un lugar. Necesito saber la verdad completa.
Lucía estaba paralizada. Toda su vida había sido una lucha constante: hambre, frío, trabajos pesados, humillaciones. Y ahora, este extraño le ofrecía una salida. Pero el miedo era fuerte. ¿Y si era una trampa?
—¿A dónde? —preguntó ella, sin moverse.
—A la mansión Montesinos. Y luego, a buscar a mi hermano Esteban —respondió Ricardo, apretando los puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos—. Él tiene muchas explicaciones que dar.
Subieron al auto de lujo en un silencio tenso. Lucía intentaba no ensuciar los asientos de cuero beige con su ropa de trabajo, pero a Ricardo no le importaba. Mientras el chofer conducía hacia la zona más exclusiva de la ciudad, Ricardo hizo una llamada.
—Quiero a mis abogados y a la policía en mi casa en veinte minutos. Y quiero que localicen a Esteban. Díganle que es sobre la herencia. Eso lo hará venir corriendo.
Cuando llegaron a la mansión, Lucía se quedó boquiabierta. Nunca había visto tanto lujo. Entraron al gran salón principal, donde un retrato gigante de Victoria, la esposa fallecida, presidía la chimenea. Lucía se acercó al cuadro hipnotizada. Era como mirarse en un espejo del futuro. Ya no había dudas. La sangre llamaba a la sangre.
Pero la emotiva escena fue interrumpida por la entrada brusca de un hombre vestido con un traje gris impecable. Era Esteban, el hermano de Ricardo.
—¿Qué pasa, Ricardo? ¿Por qué tanto misterio? Estaba en medio de una reunión impor... —Esteban se calló de golpe al ver a la chica sucia parada frente al retrato de Victoria.
El color drenó del rostro de Esteban. Se quedó petrificado, como si hubiera visto al diablo.
—¿Tú? —balbuceó Esteban, retrocediendo hacia la puerta—. ¡Deberías estar muerta! ¡El hombre me dijo que se había deshecho de ti!
El silencio que siguió a esa confesión involuntaria fue absoluto y aterrador. Esteban se tapó la boca, dándose cuenta demasiado tarde de su error. Ricardo se giró lentamente hacia su hermano, con una mirada que prometía una venganza bíblica.
—Así que es verdad... —dijo Ricardo, avanzando hacia su hermano como un depredador—. Pagaste para que mataran a mi hija y te quedaste con su fideicomiso.
—¡No! ¡Ricardo, espera! ¡No es lo que piensas! —gritó Esteban, retrocediendo hasta chocar contra una mesa llena de jarrones de porcelana—. ¡Era solo una niña! ¡Tú estabas deprimido, no podías manejar la empresa! ¡Lo hice por el bien de la familia!
—¡Por el bien de TU bolsillo! —gritó Ricardo, agarrando a su hermano por las solapas del traje costoso.
En ese momento, Lucía intervino.
—Abre el relicario —dijo ella con voz firme.
Todos se giraron hacia ella. Lucía se quitó la cadena y se la entregó a Ricardo.
—Nunca he podido abrirlo. Está atascado por el óxido y la suciedad. Pero siempre sentí que había algo adentro.
Ricardo tomó la joya con delicadeza infinita. Con un pequeño cortaplumas de bolsillo que siempre llevaba, hizo palanca en la ranura oxidada. El metal crujió y finalmente cedió. El relicario se abrió.
Lo que cayó de su interior no fue una foto, sino un pequeño papel doblado minúsculamente, preservado milagrosamente durante quince años. Ricardo lo desdobló con dedos temblorosos. Era una nota escrita con prisa, con manchas de sangre seca en los bordes.
Al leer las primeras líneas, Ricardo dejó escapar un sollozo desgarrador que encogió el corazón de Lucía.
Descubre el desenlace final tocando el botón siguiente 👇
Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente…
Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente…
Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente…
Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con el corazón en la mano y la…
Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente…
Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente…