EL MILLONARIO DETUVO EL FUNERAL DE SU ÚNICA HEREDERA AL DESCUBRIR UNA FORTUNA ESCONDIDA EN EL ATAÚD

Los enterradores miraron a Don Armando, esperando confirmación. El millonario asintió con la cabeza, una orden silenciosa pero definitiva.

Con movimientos nerviosos, los hombres comenzaron a desatornillar la tapa del lujoso ataúd. El chirrido de los tornillos girando parecía amplificado por el silencio absoluto del cementerio.

Esteban, el prometido, había retrocedido unos pasos. Ya no gritaba. Ahora estaba sacando su teléfono celular con disimulo, tratando de escribir un mensaje de texto con los dedos temblorosos.

—¡Quítenle el teléfono! —ordenó Don Armando a su jefe de seguridad personal. El guardaespaldas, un hombre inmenso de dos metros, le arrebató el móvil al abogado antes de que pudiera enviar nada.

—¡Esto es un secuestro! ¡Los demandaré a todos! —chilló Esteban, pero su voz sonaba débil, quebrada por el miedo.

El último tornillo cayó al suelo. Don Armando se acercó. Mateo, el joven mecánico, se paró a su lado, limpiándose la sangre del labio que se había roto al caer.

—Ábranlo —dijo Armando.

Los enterradores levantaron la pesada tapa de caoba.

Un grito colectivo de horror se escuchó entre los asistentes. Varias personas se dieron la vuelta, incapaces de procesar la imagen.

El ataúd no estaba vacío, pero tampoco contenía el cuerpo de Lucía.

En su lugar, había tres sacos grandes de arena de construcción, acomodados para simular el peso de un cuerpo humano, y encima de ellos, una máscara de cera barata cubierta con un velo de encaje blanco.

Don Armando sintió que las piernas le fallaban. Se aferró al borde del ataúd para no caer dentro. No era alivio lo que sentía, sino una furia volcánica, caliente y destructiva.

—¿Dónde está? —preguntó Armando, con una voz tan baja y gutural que sonaba inhumana. Se giró lentamente hacia Esteban.

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El abogado ya no intentaba mantener la fachada. Estaba corriendo hacia la salida del cementerio, empujando a los invitados de la alta sociedad que se interponían en su camino.

—¡Atrápenlo! —gritó el millonario.

No fue necesario que los guardias corrieran mucho. Mateo, demostrando una agilidad sorprendente, saltó sobre unas lápidas, cortándole el paso al abogado y haciéndole una zancadilla que lo mandó de cara contra el pavimento.

En segundos, los guardias de seguridad tenían a Esteban inmovilizado contra el suelo, con la cara aplastada contra la grava.

Don Armando llegó caminando despacio, como un depredador que sabe que su presa ya no tiene escapatoria. Se agachó junto al abogado traidor.

—Te voy a hacer una sola pregunta, Esteban. Y dependiendo de la respuesta, decidiré si llamas a la policía o a mis socios de "otros negocios" menos legales. ¿Dónde está mi hija?

Esteban lloraba, mezclando lágrimas con mocos y tierra. —¡No fue idea mía! ¡Tengo deudas! ¡Debo millones a gente peligrosa por el juego! ¡Si no pagaba hoy, me iban a matar!

—¿Dónde está ella? —repitió Armando, presionando su zapato italiano contra la mano del abogado hasta que se escuchó un crujido.

—¡Aaah! —gritó Esteban—. ¡Está en el viejo almacén de la zona industrial! ¡En el depósito número 4! ¡El médico está con ella, la tienen sedada! ¡Solo queríamos cobrar el seguro y la herencia! ¡No la íbamos a matar, lo juro!

Don Armando levantó la vista y miró a su jefe de seguridad. —Llama a la policía. Diles que tenemos un secuestro en curso. Y tú, —dijo señalando a otros dos guardias—, suban a este desgraciado al auto. Él nos va a guiar.

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—¿Y yo, señor? —preguntó Mateo, que miraba la escena con nerviosismo.

Don Armando miró al joven sucio y malvestido. Ese muchacho, a quien sus propios guardias habían tratado como basura minutos antes, acababa de salvarle la vida a su hija.

—Tú vienes conmigo, muchacho. Vas en mi auto. Hoy has demostrado ser más hombre y más leal que todos estos tipos con corbata juntos.

La caravana de autos de lujo salió del cementerio a toda velocidad, dejando atrás el ataúd abierto con los sacos de arena, un monumento a la codicia humana.

El viaje hacia la zona industrial fue tenso. Don Armando iba en el asiento trasero de su limusina blindada, con Mateo a su lado. El millonario no paraba de hacer llamadas, moviendo sus influencias. Habló con el jefe de la policía, con el fiscal del distrito y hasta con el gobernador. Nadie se mete con la hija del hombre más poderoso de la ciudad y sale impune.

—¿Por qué lo hiciste? —preguntó Armando de repente, rompiendo el silencio—. Podrías haberte quedado callado. Podrías haber robado la cadena y venderla. Vale más de lo que ganas en cinco años.

Mateo bajó la cabeza, avergonzado por la mención del dinero. —Mi mamá siempre me dijo que la pobreza se lleva en el bolsillo, pero la dignidad se lleva en el alma, señor. Cuando esa chica me miró... vi miedo. No podía dejarla sola.

Don Armando sintió un nudo en la garganta. Hacía años que no escuchaba algo tan puro.

—Llegamos —anunció el chofer.

Estaban frente a un almacén oxidado y abandonado. Varias patrullas de policía ya estaban rodeando el lugar, con las luces azules y rojas girando, iluminando la tarde oscura.

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—Quédate aquí —le dijo Armando a Mateo.

—No, señor. Yo voy. Yo sé en qué parte la metieron, escuché al chofer de la camioneta decirlo —respondió Mateo con firmeza.

Armando asintió. Bajaron del auto. La policía estaba lista para entrar. —¡Al suelo! ¡Policía! —se escucharon los gritos desde dentro al momento de derribar la puerta de metal.

Don Armando entró corriendo detrás de los oficiales, sin importarle el chaleco antibalas que le ofrecían.

En una habitación sucia, sobre un colchón viejo, estaba Lucía. Estaba inconsciente, conectada a un suero improvisado. A su lado, un médico con bata blanca levantaba las manos, aterrorizado por las armas de los oficiales apuntándole.

—¡Lucía! —gritó Armando, cayendo de rodillas junto al colchón.

Tocó su rostro. Estaba tibia. Tenía pulso. —Está viva... gracias a Dios, está viva.

Lucía comenzó a parpadear, aturdida por el ruido y las luces. Abrió los ojos lentamente y vio a su padre. —¿Papá? —susurró con voz pastosa—. Tuve una pesadilla... Esteban... él me inyectó algo...

—Ya pasó, mi amor. Ya pasó. Papá está aquí.

En ese momento, Lucía desvió la mirada y vio a Mateo parado en la puerta, tímido. Sus ojos se iluminaron con reconocimiento. —Tú... —dijo ella débilmente—. Tú fuiste el que estaba en el callejón. Tú recogiste mi cadena.

Mateo sonrió levemente. —Se la guardé, señorita.

La pesadilla había terminado, pero para Don Armando, la verdadera lección apenas comenzaba. Lo que haría en los días siguientes dejaría a toda la ciudad con la boca abierta.

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