El Millonario Cinturón Negro que Humilló a la Hija de su Empleada: La Deuda que el Dinero no Pudo Pagar
El dojo se quedó en un silencio sepulcral. Los alumnos de las otras clases se acercaron al área de combate, formando un círculo humano. En un lado, el heredero millonario, con su uniforme de seda, protectores de última generación y una actitud de quien ya se siente ganador. En el otro, una joven en pantalones de mezclilla y una camiseta vieja, descalza sobre el tatami.
Marta lloraba en silencio a un lado del círculo. No entendía por qué su hija había aceptado tal humillación. Sabía que Elena era una chica inteligente, pero el combate físico era otra historia. O eso era lo que ella pensaba.
Julián comenzó a moverse con saltos ligeros, presumiendo su técnica de competencia. Hacía fintas en el aire, burlándose de la quietud de Elena, quien permanecía en el centro con los brazos caídos, observando cada movimiento de su oponente con una atención quirúrgica.
—¿Qué pasa? ¿Te quedaste congelada? —se mofó Julián—. Vamos, dame tu mejor golpe, te dejaré empezar para que no digan que soy un abusivo.
Julián bajó la guardia a propósito, abriendo los brazos y exponiendo su pecho, mientras miraba a la cámara del celular de uno de sus amigos. Fue el error más grande de su vida.
En una fracción de segundo, la atmósfera del lugar cambió. Elena no caminó hacia él; explotó. Su movimiento fue tan rápido que el ojo humano apenas pudo procesar la transición. De una posición estática, pasó a un avance lateral que dejó a Julián golpeando el aire donde ella estaba hace un instante.
Antes de que Julián pudiera reaccionar, Elena ya estaba en su punto ciego. Con un giro de cadera perfecto y una potencia que nadie esperaba de ese cuerpo menudo, lanzó una patada circular que impactó directamente en el costado del joven millonario.
El sonido fue seco, como el de una madera rompiéndose. Julián salió despedido hacia atrás, perdiendo el equilibrio y cayendo de rodillas. El impacto le había sacado todo el aire de los pulmones. Sus ojos se abrieron de par en par, llenos de una mezcla de dolor y absoluta incredulidad.
El dojo entero soltó un grito ahogado. Nadie entendía qué acababa de pasar. ¿Cómo una niña que nunca había pisado un tatami podía moverse con la precisión de un maestro de élite?
Julián, rojo de ira y vergüenza, se puso de pie a duras penas. El dolor en sus costillas era intenso, pero el golpe a su ego dolía mucho más. Ya no había sonrisas. Ya no había bromas. Ahora quería destruir a la persona que lo había hecho quedar en ridículo frente a todos sus seguidores.
—¡Maldita seas! ¡Eso fue suerte! —gritó Julián, lanzándose contra ella con una serie de puñetazos desordenados y violentos.
Elena esquivaba cada ataque con una elegancia casi irreal. Se movía como si supiera exactamente dónde iba a caer el golpe antes de que Julián siquiera lo pensara. Cada paso de Elena era calculado, cada desvío de mano era eficiente. No desperdiciaba ni una gota de energía.
—Tu técnica es basura, Julián —le susurró Elena mientras le pasaba por un lado, evitando un golpe de puño—. Tienes el equipo más caro, pero no tienes espíritu. Eres solo un niño con dinero jugando a ser guerrero.
Esas palabras fueron la gota que derramó el vaso. Julián perdió el control total. Intentó un derribo desesperado, lanzándose hacia las piernas de Elena. Ella lo esperó con calma, y en el momento justo, bajó su centro de gravedad y aplicó una técnica de judo tan limpia que el mismísimo fundador de la disciplina se habría puesto de pie para aplaudir.
Julián voló por los aires y aterrizó de espaldas contra el tatami con un impacto sordo que hizo vibrar el suelo. Elena no se detuvo. En un movimiento fluido, se colocó sobre él, inmovilizándolo con una rodilla en el pecho y el brazo de Julián atrapado en una llave que, con un solo centímetro más de presión, le rompería el codo.
—Se acabó el tiempo —dijo Elena, mirando el reloj de la pared—. Te toqué. Te derribé. Y ahora vas a cumplir.
En ese momento, la puerta principal del dojo se abrió de golpe. Entró un hombre de avanzada edad, vestido con un traje impecable y una presencia que emanaba autoridad. Era el Gran Maestro Sato, una leyenda de las artes marciales que rara vez visitaba sus sucursales.
El Maestro Sato se quedó parado, observando la escena: su mejor alumno y heredero en el suelo, derrotado por la hija de la empleada de limpieza. Todos esperaban que el maestro estallara en furia contra la chica, pero lo que hizo dejó a todos con la boca abierta.
El anciano caminó hacia el tatami, se detuvo frente a Elena y, para sorpresa de todos, realizó una reverencia profunda, de casi noventa grados, una muestra de respeto que solo se le otorga a alguien de rango igual o superior.
—Maestra Elena... no sabía que estaba en esta ciudad —dijo el anciano con voz humilde.
Julián, desde el suelo, balbuceó con dolor: —Padre... ¿qué estás haciendo? ¡Esta muerta de hambre me atacó! ¡Échala a ella y a su madre ahora mismo!
El Maestro Sato miró a su hijo con una decepción tan profunda que Julián se encogió en el suelo. Luego, el anciano miró a la multitud y comenzó a revelar el secreto que Elena había guardado durante años.
Descubre el desenlace final tocando el botón siguiente 👇
Deja una respuesta
Artículos Recomendados