Roberto no lo pensó dos veces.
Su traje de tres piezas, símbolo de su estatus y poder, se desgarró cuando se lanzó por la pendiente de basura.
Se deslizó entre latas oxidadas y vidrios rotos, ignorando el dolor agudo en sus manos y rodillas.
Abajo, en la zanja, su madre luchaba por mantenerse a flote en el agua negra y lodosa.
Estaba demasiado débil, demasiado frágil después de años de privaciones.
Roberto llegó al fondo y se metió en el agua hasta la cintura.
El frío era paralizante y el olor, insoportable.
Agarró a su madre por los brazos, sintiendo lo delgada que estaba. Era pura piel y huesos.
—Te tengo, te tengo —repetía él, jadeando por el esfuerzo—. No te suelto.
Ella se debatía, presa del pánico, sus ojos desorbitados no lo reconocían.
—¡Arturo, por favor! ¡Me iré lejos! ¡No diré nada a la policía! —suplicaba ella, reviviendo sus peores pesadillas.
—No soy Arturo, mamá. Soy yo. Soy Roberto. Tu hijo.
Él la sostuvo con fuerza contra su pecho, sin importarle la suciedad, las enfermedades o la locura del momento.
Le apartó el pelo sucio de la cara y la obligó a mirarlo a los ojos.
—Mírame —le rogó—. Soy Rober. El del medallón.
La mención del medallón pareció encender una chispa en la mente nublada de la mujer.
Dejó de luchar.
Sus manos temblorosas, llenas de cicatrices y callos, subieron lentamente hasta tocar el rostro de Roberto.
Recorrieron sus mejillas, su nariz, su barbilla.
—¿Rober? —susurró ella, incrédula—. ¿Mi bebé?
—Sí, mamá. Soy yo. Estoy aquí.
Ella soltó un gemido que rompió el alma de Roberto y se derrumbó en sus brazos, llorando incontrolablemente.
Veinte años de dolor, soledad y abandono se derramaron en ese abrazo en medio de un basurero.
Arriba, el niño, Lucas, miraba la escena con lágrimas en los ojos, sosteniendo una cuerda vieja que había encontrado.
—¡Señor! ¡Agárrese! —gritó el niño, lanzando un extremo de la soga.
Con ayuda del pequeño, Roberto logró sacar a su madre de la zanja y llevarla hasta terreno firme.
La cargó en brazos todo el camino de regreso al auto, como si fuera una pluma.
Cuando la acomodó en el asiento de cuero, ella parecía una niña pequeña, asustada de ensuciar algo tan lujoso.
—Perdón, perdón... —murmuraba ella—. Arturo se va a enojar si ensucio.
—Arturo no volverá a enojarse nunca más —dijo Roberto con una voz tan fría y dura como el acero—. Te lo juro por mi vida.
Condujo directamente al hospital privado más exclusivo de la ciudad.
Entró por la sala de emergencias gritando órdenes, exigiendo a los mejores especialistas.
Nadie se atrevió a cuestionar al hombre cubierto de lodo que emanaba tal autoridad.
Mientras los médicos atendían a su madre, Roberto se quedó en el pasillo.
No se cambió de ropa.
Necesitaba recordar. Necesitaba sentir la suciedad en su piel para alimentar su determinación.
Sacó su teléfono, que milagrosamente seguía funcionando.
Marcó el número de su jefe de seguridad y luego el de su equipo legal de confianza.
—Quiero una auditoría forense completa de las empresas de mi padre desde el año 2004 —ordenó—. Y quiero que localicen al mejor fiscal penalista del país. El dinero no es un problema. Voy a destapar un fraude.
Las horas pasaron lentamente.
Finalmente, el médico jefe salió. Su expresión era grave.
—Señor Castillo, su madre está estable, pero su condición es crítica. Desnutrición severa, múltiples fracturas mal curadas, infecciones en la piel... y signos claros de tortura psicológica y física antigua. Es un milagro que siga viva.
Roberto apretó los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos.
—Ella va a tener lo mejor. Habitación presidencial, enfermeras 24 horas.
En ese momento, las puertas del ascensor se abrieron.
Arturo Castillo, el padre de Roberto, salió caminando con paso firme, acompañado por dos guardaespaldas.
Había sido alertado por el personal del hospital sobre el ingreso de "una vagabunda" bajo la cuenta de la familia Castillo.
—¡Roberto! —bramó el anciano, impecable en su traje gris—. ¿Qué demonios es este espectáculo? Me dicen que trajiste a una pordiosera y estás gritando sobre auditorías. ¿Te has vuelto loco?
Roberto se giró lentamente.
Ver a su padre, ese hombre al que había admirado toda su vida, ahora le causaba una repulsión física.
Veía al monstruo detrás de la máscara de empresario exitoso.
—No es una pordiosera —dijo Roberto, caminando hacia él. Los guardaespaldas intentaron interponerse, pero la mirada asesina de Roberto los detuvo en seco.
—¿De qué hablas? Estás sucio, hueles a basura. Vete a casa y deja que yo maneje esto.
Roberto se detuvo frente a su padre. Estaban a la misma altura.
—La encontré, papá.
El rostro de Arturo palideció instantáneamente. La arrogancia se desvaneció, reemplazada por un terror primitivo.
—No sé... no sé qué dices.
—La encontré en el basurero donde la tiraste. Donde la dejaste pudrirse para quedarte con sus acciones, con la mansión, con todo. Le robaste su vida para llenar tus bolsillos.
—¡Cállate! —siseó Arturo, mirando a los lados—. ¡No sabes nada! Ella estaba loca, tuve que...
—¿Tuviste que qué? ¿Falsificar su certificado de defunción? ¿Sobornar al forense? —Roberto levantó la voz, atrayendo la atención de todo el lobby del hospital—. ¡Se acabó, Arturo!
En ese instante, llegaron tres patrullas de policía a la entrada de emergencias.
Roberto había hecho una llamada más antes de que llegara su padre.
—Oficiales —dijo Roberto, señalando a su propio padre—. Quiero denunciar a este hombre por secuestro, intento de homicidio y fraude masivo. Y tengo a la víctima principal lista para testificar.
Arturo intentó correr, pero sus años ya no le permitían huir.
Fue esposado frente a las cámaras de seguridad, gritando amenazas y exigiendo a sus abogados.
Pero Roberto sabía que esta vez, el dinero no salvaría a su padre.
Sin embargo, la batalla no había terminado.
El proceso legal sería largo y doloroso, pero Roberto tenía una prioridad mayor.
Entró en la habitación de su madre.
Ella estaba limpia, sedada, durmiendo en sábanas blancas y suaves.
Sentado en una silla al lado de la cama, estaba Lucas, el niño del basurero.
Roberto se había asegurado de que lo dejaran entrar, que lo bañaran y le dieran ropa nueva y comida caliente.
El niño comía una hamburguesa con ansias, pero no dejaba de vigilar a la mujer dormida.
—Gracias —dijo Roberto, poniendo una mano en el hombro del niño.
Lucas lo miró con los ojos llenos de gratitud.
—¿Ella va a estar bien?
—Sí, Lucas. Va a estar bien. Y tú también.
Pero entonces, el monitor cardíaco de Elena comenzó a pitar de forma irregular.
Una alarma estridente llenó la habitación.
Enfermeras y médicos entraron corriendo, empujando a Roberto y a Lucas hacia la pared.
—¡Código azul! —gritó un médico—. ¡Está entrando en paro!
Roberto vio cómo intentaban reanimar a su madre. Su cuerpo frágil se sacudía con cada descarga del desfibrilador.
Después de tanto sufrimiento, después de encontrarla... ¿la perdería ahora de verdad?
El pitido se convirtió en una línea continua y aguda.
El médico se detuvo, miró el reloj y bajó la cabeza.
Roberto sintió que el mundo se le venía encima. No podía ser. No podía terminar así.
Pero entonces, ocurrió algo inexplicable.
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Ver comentarios
Me encantó esta historia, triste pero muy emotiva. Hay gente que hace esto y más por llenerce los bolsillos lo se por esperiencia.
Avese la no tiene futuro pero el poder de nuestro padre celestial es más grande qué lo supera con el bien y el amor de Dios siempre es tan con la persona más umildes sy está Dios amén amén dadme tu protección señor mío amén amén