El interior de la patrulla olía a pino sintético y a cuero desgastado.
Para sorpresa de Arturo, la calefacción estaba encendida al máximo.
Por primera vez en meses, sintió cómo el aire caliente comenzaba a descongelar sus extremidades entumecidas.
Sin embargo, ese pequeño alivio físico no lograba calmar la inmensa angustia que oprimía su pecho.
Los dos oficiales subieron a la parte delantera en completo silencio.
El conductor puso el vehículo en marcha y aceleró, alejándose rápidamente del sombrío parque y sumergiéndose en las calles vacías de la ciudad.
Arturo miraba por la ventana, viendo cómo los edificios familiares se desvanecían en la niebla.
Intentó preguntar hacia dónde lo llevaban, pero las palabras se atoraron en su garganta.
El miedo a recibir un grito o un golpe lo paralizaba por completo.
De repente, notó algo sumamente extraño.
A través de la rejilla metálica que dividía los asientos, vio que el oficial que conducía lo estaba mirando fijamente por el espejo retrovisor.
Y no solo lo miraba... el policía estaba sonriendo.
Era una sonrisa amplia, casi cómplice, que desentonaba completamente con la brutalidad de los minutos anteriores.
El oficial incluso miró hacia una pequeña cámara montada en el tablero, como si estuviera grabando un programa de televisión.
"El indigente no sabe que le tenemos una sorpresa", susurró el policía a su compañero, pero lo suficientemente alto para que Arturo lo escuchara.
El anciano frunció el ceño, confundido. ¿Una sorpresa? ¿Qué clase de broma cruel era esta?
La ruta que estaban tomando tampoco tenía sentido.
En lugar de dirigirse hacia el centro de la ciudad, donde se encontraba la comisaría y los calabozos, la patrulla tomó la autopista principal.
Estaban conduciendo hacia los suburbios del norte, la zona más exclusiva y lujosa de toda la región.
Las calles oscuras y agrietadas fueron reemplazadas por avenidas perfectamente pavimentadas, iluminadas por elegantes faroles.
Grandes muros de piedra y rejas de hierro forjado ocultaban mansiones espectaculares de dueños multimillonarios.
Arturo tragó saliva, sintiendo que le faltaba el aire.
Años atrás, él mismo había sido víctima de un fraude orquestado por un abogado corrupto que lo dejó con una inmensa deuda millonaria.
Ese había sido el inicio de su ruina, el evento que lo despojó de su pequeña propiedad y lo arrojó a la miseria de la calle.
¿Acaso aquel oscuro pasado lo estaba persiguiendo de nuevo?
¿Acaso estos policías trabajaban para aquel bufete que le arrebató todo lo que amaba?
La patrulla disminuyó la velocidad y encendió las luces intermitentes frente a unos inmensos portones de caoba maciza.
En la entrada, una placa de bronce brillaba bajo la lluvia: "Finca Los Robles".
Era, sin lugar a dudas, la mansión más imponente de toda la avenida.
Los portones se abrieron automáticamente, y la patrulla avanzó por un largo camino empedrado, rodeado de jardines perfectamente podados y estatuas de mármol.
Al fondo, la majestuosa residencia se alzaba como un castillo moderno, con todas sus luces encendidas en plena madrugada.
El vehículo se detuvo frente a la puerta principal, la cual estaba flanqueada por dos enormes columnas griegas.
Los policías apagaron el motor. El silencio en la cabina era ensordecedor.
—Llegamos, señor Arturo —dijo el policía que antes lo había tratado con desprecio, pero esta vez, su tono era increíblemente suave y respetuoso.
El oficial bajó del auto y abrió la puerta trasera.
Le tendió la mano al anciano para ayudarlo a salir, un gesto que dejó a Arturo completamente desconcertado.
Al poner un pie fuera del vehículo, Arturo vio a un hombre alto, vestido con un traje a la medida que gritaba lujo por donde se lo mirara.
El hombre llevaba un maletín de cuero fino y un paraguas oscuro para protegerse de la llovizna.
Tenía el aspecto inconfundible de un abogado de alto perfil, un hombre de leyes acostumbrado a manejar grandes fortunas.
El abogado se acercó a Arturo con paso firme y se detuvo a un metro de distancia.
Lo miró de arriba abajo, analizando sus ropas sucias y su aspecto desaliñado.
Arturo sintió que el corazón le latía a mil por hora. Estaba a punto de sufrir un infarto.
El hombre del maletín metió la mano en el bolsillo interno de su saco, con el rostro serio y calculador.
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