El Humilde Mensajero y el Testamento Oculto del Dueño de la Mansión
El Secreto Detrás de la Voz
El teléfono solo timbró dos veces antes de que una voz profunda, cansada pero llena de una autoridad indiscutible, respondiera al otro lado del altavoz.
—¿Dime, muchacho? ¿Ya llegaste a la oficina?
Julián, que todavía tenía una sonrisa burlona en los labios, se quedó congelado. Esa voz. Conocía esa voz perfectamente. Era la voz de Don Ricardo Valenzuela, el fundador del imperio, el hombre que poseía media ciudad y que llevaba meses desaparecido de la vida pública por motivos de salud.
—Sí, Don Ricardo —dijo Samuel, mirando fijamente a Julián—. Estoy aquí, pero el joven que me atendió dice que no tengo permitido entregarle el sobre y que debo irme a los cubos de basura.
El silencio que siguió fue sepulcral. Julián sentía que el aire se volvía pesado, como si el techo de la oficina se estuviera hundiendo sobre sus hombros. Su rostro, antes lleno de suficiencia, empezó a palidecer hasta quedar del color de la cera. El sudor frío comenzó a brotar de sus sienes.
—¿Quién te dijo eso? —preguntó la voz de Don Ricardo, ahora con un tono gélido que recordaba al acero.
—El director de finanzas, creo que se llama Julián —respondió Samuel con tranquilidad.
Al otro lado de la línea, se escuchó un suspiro de decepción que dolió más que un grito.
—Julián... —dijo Don Ricardo—. Pásame con él. Ahora mismo.
Con las manos temblando de forma incontrolable, Julián tomó el celular astillado de Samuel. Sus dedos apenas podían sostener el aparato. Su arrogancia se había evaporado, reemplazada por un terror primitivo.
—¿Tío? ¿Tío Ricardo? —balbuceó Julián—. Yo... yo no sabía que era un enviado tuyo. Solo intentaba proteger la imagen de la empresa, ya sabes cómo es la gente que intenta entrar aquí para pedir limosna...
—¡Cállate! —tronó Don Ricardo por el altavoz—. Samuel no es un enviado. Samuel es la persona que me ha estado cuidando estos últimos tres meses en la cabaña mientras ustedes, mis "familiares", solo se peleaban por ver quién se quedaba con mis acciones de lujo y mi mansión. Él me salvó la vida cuando me dio el ataque al corazón en el campo, mientras tú estabas gastándote el dinero de la empresa en hoteles de cinco estrellas.
Julián sintió que las piernas le fallaban. Se dejó caer en su silla, pero ya no se sentía como un trono, sino como una celda.
—Ese sobre que Samuel tiene en la mano —continuó Don Ricardo— contiene mi nuevo testamento. Y también contiene tu carta de despido inmediato y una auditoría completa por el desfalco que has estado ocultando en la contabilidad. Pensaste que porque soy viejo no me daría cuenta, ¿verdad?
La oficina entera estaba paralizada. Las secretarias y otros ejecutivos escuchaban todo. La máscara de Julián se había roto por completo. El hombre que se creía dueño del mundo ahora era un niño asustado frente a un mensajero con ropa sucia.
—Tío, por favor, podemos hablarlo... —suplicó Julián, las lágrimas empezando a asomar por sus ojos.
—Ya hablamos lo suficiente. Dale el teléfono a Samuel —ordenó Don Ricardo.
Samuel recuperó su teléfono. La mirada que le dirigió a Julián no era de odio, sino de lástima. El joven de traje gris, que minutos antes se reía a carcajadas de la "timidez" del chico negro, ahora no podía ni levantar la vista del suelo.
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