El Humilde Ganadero que Resultó ser el Dueño Millonario del Colegio Más Lujoso del País
El Secreto Tras la Herencia y el Verdadero Dueño del Terreno
La Licenciada Montes de Oca regresó a su escritorio sintiéndose victoriosa. Para ella, haber "limpiado" su oficina de aquel anciano era un acto de mantenimiento institucional. Sin embargo, su paz duró poco. Apenas diez minutos después de que Don Jacinto abandonara el predio, su teléfono personal comenzó a sonar con una insistencia inusual. Era el bufete de abogados más caro de la capital, el despacho que gestionaba los activos del fondo de inversión propietario del terreno del colegio.
—"Licenciada, tenemos una emergencia", dijo la voz agitada del abogado principal. "El contrato de arrendamiento del terreno donde está construido el San Agustín ha sido cancelado unilateralmente por el propietario legítimo".
La mujer sintió que la sangre se le retiraba del rostro. "Eso es imposible. Tenemos un contrato de usufructo por noventa años firmado con el consorcio 'Tierras del Sur'".
—"Eso es lo que usted no entiende", replicó el abogado. "El consorcio 'Tierras del Sur' acaba de ser disuelto. Todo el patrimonio ha pasado a manos de un único heredero universal, un hombre que ha decidido ejercer su derecho de recuperación inmediata por incumplimiento de cláusulas éticas. Y hay algo más... el nuevo dueño está en la puerta del colegio ahora mismo".
La Licenciada corrió hacia el ventanal. Abajo, en la entrada, vio un vehículo negro de alta gama estacionarse. Pero no era el vehículo lo que le llamó la atención, sino que de él bajaba un hombre joven, de traje impecable, que le abría la puerta trasera a un anciano. Era Don Jacinto.
Don Jacinto no era simplemente un "viejito de campo". Era el patriarca de una de las familias que, durante generaciones, había acumulado tierras que ahora valían fortunas incalculables. Los Urrietas no ostentaban; vivían de la tierra porque la amaban, pero su cuenta bancaria y su influencia legal eran capaces de comprar diez colegios como aquel en una sola tarde.
Don Jacinto entró nuevamente al vestíbulo, pero esta vez no se quitó el sombrero. A su lado caminaba su abogado personal y un notario. La recepcionista, que antes lo había ignorado, ahora temblaba al ver la escolta que lo acompañaba.
—"Quiero ver a la Licenciada. Ahora", ordenó Don Jacinto. Su voz ya no era la del hombre que pedía un favor, sino la del hombre que reclama lo que es suyo por derecho y por ley.
Subieron a la oficina. La Licenciada Montes de Oca intentó recuperar la compostura, pero sus manos no dejaban de temblar. "Señor Urrieta... esto debe ser un malentendido. Estábamos revisando nuevamente la solicitud de su nieto y...", balbuceó ella.
Don Jacinto levantó una mano, pidiendo silencio. "Ya no estamos aquí por la inscripción de Mateo, Licenciada. Estamos aquí porque este edificio está construido sobre mi tierra. La tierra que mis abuelos trabajaron cuando aquí no había más que monte y culebras".
El abogado de Don Jacinto puso una carpeta de cuero sobre el escritorio. "Aquí están los títulos de propiedad originales, las escrituras de sucesión y el acta de terminación inmediata. Según la cláusula de honorabilidad del contrato original, cualquier acto de discriminación o conducta antiética por parte de la administración del colegio es motivo suficiente para rescindir el contrato sin derecho a indemnización".
La Directora sintió que el mundo se desmoronaba. Si perdían el terreno, el colegio dejaría de existir. Los millones invertidos en infraestructura pasarían a ser propiedad del dueño del suelo.
—"No pueden hacernos esto. Tenemos mil estudiantes, familias poderosas...", gritó ella en un último intento de defensa.
—"Esas familias poderosas son las que usted tanto admira", dijo Don Jacinto con severidad. "Pero se le olvidó que el poder no siempre viste de seda. A veces, el poder tiene las manos sucias de tierra y sabe lo que cuesta ganarse un peso honradamente".
Don Jacinto se acercó al ventanal y miró el patio donde los niños jugaban. "Usted dijo que aquí formaban a los dueños del país. Pues sepa que el país no le pertenece a los que desprecian a los demás, sino a los que construyen con el ejemplo".
El silencio en la oficina era sepulcral. La Licenciada Montes de Oca se dio cuenta de que su arrogancia no solo le costaría su puesto, sino que había puesto en jaque la institución entera. Estaba frente a un hombre que podía borrar su carrera con una sola firma.
—"¿Qué es lo que quiere?", preguntó ella, casi en un susurro, derrotada.
Don Jacinto la miró fijamente. La tensión en la habitación era tan alta que parecía que el aire se iba a incendiar. El anciano se tomó su tiempo, sacó un pañuelo de su bolsillo, se limpió el sudor de la frente y sonrió de una manera que heló la sangre de la Directora.
—"Lo que quiero es algo que el dinero no puede comprar, pero que usted va a tener que aprender por las malas", respondió Don Jacinto. "Y para empezar, quiero que empaque sus cosas".
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