—¡No! ¡Por favor, no te vayas! —gritó Elena, sacando fuerzas de donde no las tenía, ignorando el dolor en sus rodillas y el frío en sus huesos.
Se arrastró por el suelo mojado hasta llegar bajo la lámina oxidada, sin importarle arruinar su ropa ni ensuciarse con el lodo de la calle.
Lentamente, como si estuviera acercándose a un animalito herido y asustado, extendió ambos brazos hacia el pequeño que la miraba con desconfianza.
—No voy a hacerte daño, mi amor... no voy a lastimarte —le susurraba entre sollozos, tratando de sonar lo más dulce posible a pesar del nudo en su garganta.
Leo se acercó despacio, se puso en cuclillas junto a su madre y le extendió la mano a su hermano gemelo, ofreciéndole una pequeña sonrisa.
El niño de la calle miró la mano de Leo, luego miró los ojos llenos de lágrimas de Elena. Algo en el fondo de su corazón pareció reconocerlos.
Con extrema lentitud, Nova estiró su mano manchada de grasa y tierra, y tomó la mano de su hermano.
En ese momento, Elena lo atrajo hacia su pecho, envolviéndolo en un abrazo desesperado, apretándolo contra ella como si quisiera fundirlo con su propia alma.
El olor a humedad, calle y basura no le importó en absoluto. Solo podía sentir los latidos acelerados del pequeño pecho contra el suyo.
Era su hijo. El instinto maternal, esa conexión invisible e inquebrantable, se lo gritaba con cada célula de su cuerpo. Le habían mentido de la manera más ruin y despreciable.
Elena se puso de pie, tomando a ambos niños en sus brazos, y corrió hacia la avenida principal para hacerle señas a su chofer, que la esperaba a unas calles de distancia en su lujoso automóvil.
El vehículo negro y brillante se detuvo de inmediato. El chofer, asombrado al ver a la dueña de la mansión cubierta de lodo y cargando a un niño de la calle, abrió la puerta rápidamente.
Una vez dentro, con la calefacción encendida, Elena envolvió a Nova en una manta de lana pura que siempre guardaba en el auto.
El trayecto hacia la gran mansión fue un torbellino de preguntas sin respuesta en la cabeza de Elena. ¿Quién había orquestado semejante monstruosidad?
¿Acaso su difunto esposo, el gran empresario Roberto, sabía que su hijo estaba vivo? ¿Por qué alguien robaría a un recién nacido para abandonarlo a su suerte?
Al llegar a la inmensa propiedad, el personal de servicio quedó atónito. Elena ordenó que prepararan un baño caliente, ropa limpia y una cena abundante.
Mientras bañaba a Nova con sus propias manos, quitando capas y capas de suciedad de su frágil cuerpo, Elena notó una pequeña cicatriz en forma de media luna en su hombro derecho.
Esa era la marca genética de la familia de Roberto. No había margen de error ni necesidad de ninguna prueba científica. Él era sangre de su sangre.
Más tarde, cuando los dos niños comían juntos en la gran mesa del comedor, riendo tímidamente al notar que masticaban de la misma forma, Elena se sentó junto a Nova.
—Pequeño... ¿cómo te llamas? ¿Recuerdas quién te cuidaba antes de estar en la calle? —le preguntó, acariciando su cabello ahora limpio y sedoso.
Nova bajó la mirada, visiblemente nervioso, jugando con las migajas de pan sobre el mantel de lino bordado.
—No tengo nombre... el señor malo de los lentes y el reloj de oro me decía "mocoso" —respondió el niño con una voz apenas audible.
Elena frunció el ceño. —¿El señor de los lentes y el reloj de oro? ¿Dónde vivías con él?
—En una casa fea y oscura. Me daba poca comida. Pero un día me dijo que ya no le servía porque un señor rico se había muerto, y me dejó en la calle —explicó el niño, sollozando suavemente.
El corazón de Elena se detuvo por un segundo. Un señor malo de lentes y reloj de oro. Un señor rico que se había muerto.
Una imagen nítida golpeó su mente con la fuerza de un huracán. Arturo, el hermano de su esposo y el abogado encargado del testamento, siempre usaba unas gafas peculiares y un ostentoso reloj de oro macizo.
Todo cobró un sentido macabro y aterrador. La herencia multimillonaria de su difunto esposo tenía una cláusula muy específica dictada por el abuelo de la familia.
El fideicomiso y la fortuna total solo pasarían a los herederos si había un solo hijo varón en la línea directa, para evitar la división del imperio empresarial.
Si había más de un heredero, la fortuna quedaría en manos del administrador principal hasta que los niños cumplieran la mayoría de edad. Y el administrador no era otro que el abogado Arturo.
Le habían robado a su hijo al nacer. Habían falsificado documentos, comprado a los médicos del hospital y fingido su muerte para que Leo fuera el único heredero, y luego...
La mente de Elena trabajaba a mil por hora. Habían matado a su esposo. Habían planeado deshacerse de Leo tarde o temprano para que Arturo se quedara con todo. Y al morir Roberto, Arturo simplemente desechó al gemelo oculto a la calle, como basura.
Elena apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en sus palmas hasta hacerlas sangrar. La tristeza se transformó instantáneamente en una furia incontrolable y destructiva.
Ese miserable abogado no solo había destrozado a su familia, sino que había sometido a su hijo a un infierno de hambre y miseria en las frías calles.
No iba a llorar más. Ahora era el turno de la viuda del millonario de mostrar sus cartas, y estaba dispuesta a incendiar el mundo entero para hacer justicia.
Agarró su teléfono celular, buscó el número de su investigador privado más letal y de un nuevo bufete de abogados que no tuviera ningún vínculo con la familia de su esposo.
La cacería había comenzado. Iba a recuperar cada centavo de su herencia, su mansión, y a destruir la vida del hombre que le arrebató a su bebé.
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