El caos se apoderó de la habitación 402. El doctor Bermúdez, impulsado por el juramento hipocrático o quizás por el miedo a una demanda por negligencia, ordenó inmediatamente a las enfermeras que trajeran el carro de reanimación.
—¡Adrenalina, rápido! ¡Preparen la intubación de nuevo! —gritó el médico, mientras buscaba pulso desesperadamente en el cuello de Elena, justo encima de esa marca aterradora.
Roberto, el hermano de Elena, había perdido completamente la compostura. Su máscara de empresario exitoso se desmoronó. Su cara estaba roja de ira, no de preocupación. —¡Esto es ridículo! —gritó Roberto, intentando bloquear el paso de una enfermera—. ¡Mi hermana está muerta! ¡Dejen de profanar su cuerpo! ¡Lucas, has perdido la cabeza por el dolor! ¡Voy a llamar a seguridad para que te saquen de aquí!
—¡Si llamas a alguien, que sea a la policía! —le respondió Lucas, empujando a Roberto contra la pared con una fuerza que no sabía que tenía. Lo agarró por las solapas de su costoso traje italiano—. Sé lo que vi, Roberto. Y sé que tú sabes lo que es.
Mientras las enfermeras trabajaban frenéticamente para reconectar a Elena al soporte vital, el monitor cardíaco, que había estado en una línea plana y silenciosa, de repente soltó un pitido errático. Bip... ... ... Bip... Era débil. Era irregular. Pero estaba ahí.
—¡Tenemos pulso! —exclamó una de las enfermeras—. Es muy bajo, pero ha vuelto.
Lucas sintió que las piernas le fallaban y cayó de rodillas al suelo, llorando, pero esta vez no era de resignación, sino de una mezcla de alivio y rabia pura. Elena seguía ahí. Luchando.
El Dr. Bermúdez se giró hacia Lucas, sudando. —Lucas, escúchame bien. Esa marca en su cuello... parece una inyección subcutánea de acción retardada o acumulativa. No está en ningún registro de enfermería. Ninguno de nosotros le ha administrado medicamentos en esa zona. Es una zona muy específica para ocultar un pinchazo.
—Quiero un análisis de toxicología completo. Ahora mismo —exigió Lucas, poniéndose de pie y limpiándose las lágrimas—. Y quiero que se analice específicamente buscando neurotoxinas o sedantes pesados que no estén en su tratamiento.
Roberto se puso visiblemente nervioso. Empezó a retroceder hacia la puerta. —Esto es una locura. Me voy a llamar a mi abogado. No voy a permitir que conviertan la muerte de mi hermana en un circo mediático.
—Tú no vas a ninguna parte —dijo Lucas, bloqueando la salida.
En ese momento, la mente de Lucas viajó al pasado, a una conversación que había escuchado sin querer hace dos meses. Elena estaba discutiendo por teléfono con Roberto en su despacho. Hablaban de la empresa, de una deuda millonaria que Roberto había contraído por malas inversiones en el extranjero y de cómo él le exigía a ella que liquidaran ciertos activos para cubrirlo. Elena se había negado rotundamente.
"El patrimonio de la familia no se toca para pagar tus vicios, Roberto", le había dicho ella. Y luego, recordó algo más. Un documento que llegó por correo días antes de que Elena enfermara. Una modificación en la póliza de seguro de vida corporativo. Una póliza de diez millones de dólares que tenía una cláusula de "doble indemnización" si el fallecimiento ocurría antes del cierre del año fiscal.
Todo encajaba. La enfermedad repentina. Los síntomas que parecían fatiga crónica pero que empeoraban cada vez que Roberto la visitaba "para traerle sopa casera" o "cuidarla mientras Lucas trabajaba".
El Dr. Bermúdez regresó con los resultados preliminares del laboratorio de urgencias mucho más rápido de lo esperado. Al parecer, la insistencia de Lucas y la gravedad de la acusación habían acelerado todo. El médico sostenía un papel temblando ligeramente.
—Señor Lucas... —empezó el doctor, mirando de reojo a Roberto—. No sé cómo decir esto. Hemos encontrado niveles letales de Digoxina y un compuesto sedante sintético en su sangre. La Digoxina en dosis altas puede causar paro cardíaco y simular una muerte natural si no se busca específicamente. Elena no estaba en coma por una enfermedad autoinmune... estaba siendo envenenada sistemáticamente.
El silencio en la habitación se rompió cuando Roberto intentó salir corriendo. Pero no llegó lejos. Dos guardias de seguridad del hospital, alertados por los gritos anteriores, lo interceptaron en el pasillo.
—¡Es mentira! ¡Ella se quería suicidar! ¡Yo solo la ayudé! —gritó Roberto, intentando inventar una coartada sobre la marcha, pero sus palabras solo confirmaban su culpabilidad.
Lucas miró a su esposa. Las máquinas volvían a bombear aire a sus pulmones. El antídoto ya estaba siendo preparado. Pero la batalla legal y emocional apenas comenzaba. Roberto tenía abogados caros, conexiones con jueces corruptos y mucho dinero escondido. Lucas era solo un arquitecto con la verdad de su lado.
Sin embargo, lo más aterrador estaba por ocurrir. Mientras los médicos estabilizaban a Elena, el monitor empezó a pitar violentamente otra vez. —¡La estamos perdiendo de nuevo! —gritó la enfermera—. ¡El veneno ha dañado el tejido cardíaco! ¡Entra en fibrilación!
Lucas vio cómo el cuerpo de Elena se arqueaba sobre la cama debido a la descarga del desfibrilador. —¡Carga a 200! ¡Despejen! ¡ZAP! Nada. —¡Carga a 300! ¡Despejen! ¡ZAP!
Lucas sentía que se ahogaba. Había descubierto la verdad, había detenido el asesinato, pero parecía que el destino tenía un plan cruel. ¿De qué servía saber la verdad si ella moría de todos modos? Roberto, retenido por los guardias en la puerta, comenzó a reírse histéricamente, una risa de loco que helaba la sangre. —¡Es inútil, imbécil! —gritaba Roberto—. ¡La dosis fue perfecta! ¡El dinero es mío!
El monitor pitó una línea plana continua por segunda vez.
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