Mientras yo conducía mi auto deportivo a través de las calles iluminadas de la ciudad, Valeria estaba sentada en uno de los restaurantes más exclusivos y caros del país.
Mis investigadores habían colocado micrófonos en lugares estratégicos, y Javier me transmitía el audio en tiempo real directamente al sistema de sonido de mi coche.
"Preciosa, al fin solos", escuché la voz de Roberto, un sujeto de poca monta que se hacía pasar por asesor financiero.
"¿El iluso de tu marido se tragó el cuento?", preguntó él con un tono burlón que me hizo hervir la sangre.
"Por supuesto, mi cielo", respondió Valeria, con una risa frívola que jamás le había escuchado. "Cayó redondito".
Conducía por la avenida principal, apretando el volante de cuero con una fuerza desmedida. Las luces de los semáforos se reflejaban en el cristal, mientras la lluvia empezaba a caer suavemente.
"Ahora nos toca gozar su fortuna. Ya tengo las claves de la cuenta principal en Suiza", añadió mi esposa. "Es cuestión de días para que transfiera todo a la cuenta offshore".
Roberto soltó una carcajada. "Ese empresario arrogante no sabrá ni qué lo golpeó. Nos quedaremos con todo, hasta con esa absurda mansión".
Escuchar sus planes de robarme el imperio que construí con décadas de esfuerzo fue el último clavo en el ataúd de nuestro matrimonio.
No sentí dolor. Sentí una claridad mental absoluta. No sabían con quién se estaban metiendo.
Mi teléfono volvió a sonar a través del sistema del auto. Era Javier, llamándome.
"Javier, actualízame. ¿Ya terminaron de celebrar su victoria imaginaria?", pregunté, manteniendo la voz fría y calculadoramente tranquila.
"Afirmativo, Arturo. Recién salieron del restaurante. Abordaron el vehículo de él y cruzaron la ciudad. Acaban de entrar al lobby del Hotel Grand Regency", informó mi abogado.
"Excelente. Voy arrancando para allá, estoy a menos de cinco minutos. No los pierdas de vista por nada del mundo", ordené.
"Tengo hombres en los pasillos, Arturo. Ya sabemos qué suite les dieron. Es la habitación 402, la suite presidencial", confirmó Javier.
Aceleré, saltándome el último semáforo en amarillo. El motor rugió por las calles mojadas.
Ella juraba que yo no sabía nada de su jueguito. Pensaba que podía pisotear mi dignidad, burlarse de mi confianza y robarme mi patrimonio sin consecuencias.
Hoy, en esa suite de lujo, se les iba a caer el teatro a los dos.
Llegué al hotel y estacioné el coche justo enfrente de la entrada, sin importarme las zonas prohibidas. El letrero luminoso de neón rojo se reflejaba en mi parabrisas.
Javier me estaba esperando en la puerta giratoria. Llevaba en sus manos un maletín negro con todos los documentos legales, incluyendo el contrato prenupcial con la cláusula de infidelidad.
"¿Estás listo para esto, amigo?", me preguntó Javier, poniéndome una mano en el hombro.
"Nunca he estado más listo para hacer un negocio en mi vida", respondí, ajustándome el saco del traje.
Entramos al lobby. El lujo del lugar contrastaba con la miseria moral de lo que estaba a punto de ocurrir.
Subimos por el elevador de cristal en completo silencio. Los números de los pisos cambiaban lentamente: dos, tres, cuatro.
Las puertas se abrieron. Caminé por el pasillo alfombrado, con el corazón latiendo a un ritmo constante y sereno. No había miedo, solo determinación.
Llegamos frente a la pesada puerta de madera con el número 402 en dorado.
Javier deslizó una tarjeta maestra que había conseguido gracias al jefe de seguridad del hotel, a quien conocíamos desde hacía años.
La cerradura emitió un leve clic. La luz verde se encendió.
Puse mi mano sobre el picaporte metálico, tomé una última respiración profunda y empujé la puerta de golpe, preparándome para desatar el caos.
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