El vestíbulo del edificio era deslumbrante. El piso de mármol blanco brillaba tanto que parecía un espejo. Había enormes candelabros colgando del techo, obras de arte en las paredes y personas caminando de prisa, todas vestidas con trajes a la medida y zapatos carísimos.
Valeria se sintió inmediatamente fuera de lugar. Sentía las miradas clavadas en su ropa desgastada y en sus zapatos viejos. Sin embargo, apretó la tarjeta dorada en su mano y caminó decidida hacia la enorme recepción principal.
Detrás del inmenso mostrador de cuarzo blanco, se encontraba la secretaria principal del empresario. Se llamaba Patricia, una mujer de unos treinta años que exudaba arrogancia por cada poro de su piel.
Patricia llevaba un traje de diseñador impecable, maquillaje excesivo y un collar de perlas que gritaba estatus. Estaba limándose las uñas con total desinterés cuando sintió la presencia de alguien frente al escritorio.
Al levantar la vista y ver a Valeria, el rostro de Patricia se deformó en una mueca de profundo asco y desprecio. No podía creer que alguien de esa "clase" hubiera burlado la seguridad del edificio.
—Disculpe, señorita —comenzó Valeria, intentando sonar segura aunque su voz temblaba—. Vengo buscando empleo. El dueño de la empresa me dio esta tarjeta ayer y me mandó a buscar trabajo aquí.
Patricia ni siquiera hizo el amago de mirar la tarjeta dorada que Valeria le ofrecía. Soltó una carcajada seca, carente de humor y llena de veneno, que resonó en el silencioso vestíbulo.
—¿El dueño te mandó a ti? Por favor, niña, ¿te crees que nací ayer? —replicó Patricia con un tono cortante y humillante—. Seguramente te robaste esa tarjeta en la calle, muerta de hambre.
Valeria sintió como si le hubieran dado una bofetada. Su rostro se enrojeció de vergüenza, pero trató de mantener la compostura.
—Le juro que es verdad. Él bajó el vidrio de su carro y me lo dijo personalmente. Por favor, solo pregúntele, mi nombre es Valeria...
—¡Cállate! —la interrumpió Patricia, golpeando la mesa con la palma de la mano abierta—. Se nota a leguas que eres una vaga. Aquí no contratamos a basura de la calle. Esta es una empresa de prestigio mundial, no un comedor de beneficencia.
El volumen de la voz de la secretaria había atraído la atención de algunos ejecutivos que pasaban por allí. Valeria se sentía minúscula, expuesta y profundamente humillada. Las lágrimas de indignación comenzaron a acumularse en sus ojos.
—Yo solo quiero trabajar, no vengo a pedir limosna —murmuró Valeria, bajando la cabeza con el orgullo herido.
—Pues vete a limpiar parabrisas a otra parte. ¡Lárgate de mi vista ahora mismo antes de que llame a los guardias de seguridad y te saquen a patadas por la fuerza! —gritó Patricia, señalando con un dedo acusador hacia las puertas giratorias de cristal.
Sintiéndose completamente derrotada y con el corazón hecho pedazos, Valeria no tuvo más remedio que darse la vuelta. Guardó la tarjeta dorada en su bolsillo roto y comenzó a caminar lentamente hacia la salida, sintiendo que había sido víctima de una broma cruel.
Mientras tanto, a muchos pisos por encima de ellas, en un lujoso despacho con vistas panorámicas a toda la ciudad, Alejandro estaba sentado frente a su escritorio de caoba.
Llevaba esperando a Valeria toda la mañana. Había instruido a Recursos Humanos para que le prepararan un contrato con un sueldo digno, seguro médico y prestaciones. Quería cambiarle la vida a esa muchacha.
Al notar que no llegaba, Alejandro sintió curiosidad. Abrió en su computadora el sistema de circuito cerrado de cámaras de seguridad de alta resolución que monitoreaba cada rincón del edificio.
Hizo clic en la cámara principal del vestíbulo y su corazón dio un vuelco. Allí estaba ella. Pudo ver la grabación de lo que acababa de ocurrir hace escasos minutos.
Aunque las cámaras de la recepción no grababan el audio por motivos de privacidad, el lenguaje corporal era innegable. Alejandro tenía experiencia leyendo a las personas, y lo que vio lo llenó de una furia incontrolable.
Vio la postura altanera y prepotente de Patricia. Vio los gestos agresivos de sus manos, su rostro torcido por el desprecio, y vio cómo Valeria intentaba explicarse antes de salir huyendo, visiblemente destruida emocionalmente.
El millonario empresario apretó los puños. Él había construido esa empresa desde cero, con los valores del trabajo duro, la humildad y el respeto. No iba a tolerar que una empleada clasista envenenara su corporativo.
Alejandro se levantó de su silla de cuero, abotonó su saco oscuro y salió de su oficina a pasos largos y decididos. Caminó hacia el elevador privado y presionó el botón del vestíbulo principal.
Las puertas del ascensor se abrieron con un suave tintineo. Alejandro caminó por el mármol, directo hacia el mostrador de recepción. Su mirada era de hielo, y cada paso que daba resonaba con autoridad en el amplio espacio.
Patricia, al ver acercarse al gran jefe, rápidamente guardó su lima de uñas. Enderezó su postura, sacó pecho e intentó dibujar en su rostro la sonrisa más encantadora y falsa de la que era capaz.
—Buenos días, señor Alejandro. ¿En qué le puedo ayudar esta hermosa mañana? —dijo ella, con un tono meloso que empalagaba.
Alejandro se detuvo frente a ella. Apoyó ambas manos sobre el frío mostrador de cuarzo, inclinándose ligeramente hacia adelante. La miró fijamente a los ojos, dejándola terminar su teatro.
—Patricia, dime una cosa... —comenzó Alejandro, con una voz peligrosamente calmada—. ¿Vino una muchacha a buscar empleo hoy? ¿Alguien que preguntó por mí?
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