Roberto, el dueño del imperio familiar y único hijo de Doña Carmen, había adelantado su regreso.
Entró a la mansión con su maleta de diseñador, esperando sorprender a su familia en medio del banquete.
Sin embargo, al llegar al umbral del comedor, su sonrisa se borró. Sus ojos escanearon rápidamente los asientos de la mesa principal.
Faltaba la persona más importante de su vida. Su madre no estaba allí.
Ignorando los saludos de los abogados, Roberto soltó su equipaje y caminó directamente hacia el área de servicio.
Al abrir la puerta abatible de la cocina, la escena le rompió el corazón. Su madre comía sobras en una esquina, apartada como un animal.
La sangre le hirvió. La furia en el rostro del empresario era innegable cuando tomó a su madre de la mano y la levantó con delicadeza.
—¿Qué haces aquí, mamá? —preguntó él, intentando contener la rabia.
—Valeria me dijo que estorbaba a los invitados de la empresa —respondió la anciana, bajando la mirada.
Roberto caminó de regreso al comedor, llevando a su madre del brazo. La sala enmudeció por completo al verlo entrar.
Valeria palideció, dejando caer su tenedor de plata sobre la porcelana. Sabía que había cometido un error fatal.
Roberto se detuvo en la cabecera de la mesa y miró a todos los presentes con una frialdad absoluta.
—¡¿Quién tuvo el descaro de mandar a mi madre a la cocina?! —rugió, haciendo temblar los cristales de la mansión.
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