El trayecto hacia el imponente edificio de la empresa fue tenso y silencioso. Doña Jacinta miraba por la ventana, aún sin poder creer que el dueño en persona la hubiera rescatado del frío pavimento.
Roberto, por su parte, tenía las manos aferradas al volante con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Su mente trabajaba a mil por hora, analizando cada pieza del rompecabezas.
Solo había una persona en toda la corporación que tenía el control absoluto sobre la distribución de las nóminas, los pagos a proveedores y las transferencias de las cuentas secundarias.
Esa persona era Julia, su directora de finanzas. Una mujer joven, brillante, que había llegado a la empresa hacía tres años con recomendaciones impecables y un currículum envidiable.
Roberto confiaba ciegamente en ella. Le había otorgado accesos de seguridad que ni siquiera los vicepresidentes tenían. Le pagaba un salario exorbitante para asegurar su lealtad absoluta.
Al llegar al estacionamiento privado del edificio, Roberto ayudó a Doña Jacinta a bajar. Atravesaron el lujoso lobby de mármol. Los guardias de seguridad y los recepcionistas los miraban con asombro.
Nadie estaba acostumbrado a ver al impecable Don Roberto caminando con tanta furia, y mucho menos acompañado de una empleada de limpieza que parecía haber pasado la noche en la intemperie.
Subieron al elevador ejecutivo. Roberto marcó el piso cuarenta, donde se encontraban las oficinas directivas.
Las puertas se abrieron con un suave sonido metálico. Roberto caminó por el pasillo alfombrado a zancadas largas, dejando a Doña Jacinta sentada en uno de los cómodos sofás de cuero de la recepción.
—Espéreme aquí, Jacinta. Nadie la volverá a humillar en la vida —le dijo antes de avanzar hacia la puerta de cristal esmerilado que decía "Dirección de Finanzas".
Roberto abrió la pesada puerta sin tocar. El golpe del cristal contra el tope de la pared resonó en toda la oficina.
Allí estaba Julia. Sentada detrás de un inmenso escritorio de caoba, tecleando tranquilamente en su computadora portátil de última generación.
Llevaba una blusa de seda verde oscuro que costaba más de lo que Doña Jacinta ganaba en un año entero. Levantó la vista, sorprendida pero manteniendo su habitual máscara de profesionalismo frío.
—Don Roberto... qué sorpresa. No lo esperaba tan temprano. ¿Ocurre algo? —preguntó Julia, con un tono de voz suave y calculadamente inocente.
Roberto no se anduvo con rodeos. Avanzó hasta quedar a escasos centímetros del escritorio, apoyando ambas manos sobre la madera pulida, inclinándose hacia ella como un depredador.
—Julia, voy a hacerte una sola pregunta y quiero que lo pienses muy bien antes de abrir la boca. ¿Le pagaste a los empleados exactamente como te ordené? ¿Se transfirió la nómina completa?
Julia no parpadeó. Mantuvo el contacto visual, esbozando una ligerísima sonrisa que a Roberto le pareció repugnante.
—Claro que sí, Don Roberto. Las transferencias se hicieron los días quince y treinta, como siempre. Todo está en regla. Le busco los recibos y los comprobantes del banco ahora mismo si lo desea.
La frialdad con la que mintió fue escalofriante. Julia abrió un cajón con llave, sacó una carpeta impecable y la empujó sobre la mesa hacia Roberto.
Roberto abrió la carpeta. Ahí estaban los documentos. Hojas impresas con sellos, firmas y números de cuenta. Todo parecía perfectamente legal. Cualquier auditor inexperto habría dado el visto bueno.
Pero Roberto no era un novato. Había sobrevivido en el mundo de los negocios buscando los errores más minúsculos. Tomó uno de los recibos que supuestamente correspondía a Doña Jacinta.
—Dices que le transferiste a su cuenta —dijo Roberto, bajando el tono de voz, haciéndolo aún más amenazante—. Pero acabo de recoger a Jacinta de la calle. La echaron de su cuarto porque lleva dos meses sin ver un solo centavo.
Por una fracción de segundo, la máscara de Julia pareció resquebrajarse. Sus ojos se abrieron un poco más, pero rápidamente recuperó la compostura.
—Eso... eso debe ser un error del banco, Don Roberto. A veces las cuentas de personas de bajos recursos son congeladas por falta de actividad o problemas fiscales. Yo hice mi trabajo.
—No. Tú y yo vamos a ajustar cuentas ahora mismo —sentenció Roberto, sacando su propio teléfono móvil y entrando directamente a la aplicación maestra del banco, utilizando su código de acceso de fundador que le permitía ver el destino final de cada transacción.
Julia palideció. Intentó levantarse de su lujosa silla ejecutiva, tartamudeando una excusa sobre tener que ir al baño, pero Roberto le ordenó con un grito que se sentara.
Mientras la pantalla de su celular cargaba los datos encriptados, el silencio en la oficina se volvió asfixiante. Se podía escuchar el tictac del reloj de pared.
Roberto trazó la ruta del dinero. Buscó los fondos destinados a los empleados de mantenimiento, seguridad y limpieza.
Descubrió el horror. Julia había creado un algoritmo oculto en el sistema de pagos. El dinero salía de la cuenta de la empresa, generaba un recibo automático falso, pero a mitad del camino digital, los fondos eran desviados.
No era un error del banco. Era un fraude millonario perfectamente orquestado. Pero lo que dejó a Roberto completamente helado, con la sangre congelada en las venas, fue ver el nombre del titular de la cuenta fantasma que estaba recibiendo todo ese dinero robado.
No podía ser. Aquello iba mucho más allá de la ambición de su directora de finanzas. Cuando Roberto leyó el nombre en la pantalla, comprendió que había estado durmiendo con el enemigo, rodeado de víboras de la peor calaña.
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