La puerta se abrió con un chirrido metálico y por ella no salió un guardia de seguridad, ni un conserje. Salió un hombre de unos cuarenta años, vestido con un traje gris marengo que gritaba "poder" y "dinero" en cada costura. Llevaba gafas de montura fina y sostenía una tablet de última generación.
Era el Licenciado Eduardo Valenzuela, el actual CEO de "Construcciones y Desarrollos Globales". El hombre que tenía el poder de firmar el contrato que salvaría la vida de Roberto.
Roberto cambió su expresión en una fracción de segundo. La mueca de asco y furia se transformó en una sonrisa encantadora y servicial, digna de un actor de Hollywood. Se giró hacia el recién llegado, ignorando por completo al anciano que tenía detrás.
—¡Licenciado Valenzuela! —exclamó Roberto, extendiendo la mano y caminando hacia él con paso firme—. Es un honor. Soy Roberto Méndez, su candidato para la gerencia. Lamento el alboroto, pero es que la seguridad en este lugar deja mucho que desear. Un indigente se coló en la sala y estaba molestando a los presentes con su mal olor y su impertinencia. Estaba poniendo orden, como haría un buen gerente.
Roberto esperaba una palmada en la espalda. Esperaba que el CEO le agradeciera por tomar la iniciativa y limpiar la sala de "indeseables".
Pero Eduardo Valenzuela no le estrechó la mano. Ni siquiera lo miró.
Los ojos del CEO pasaron por encima del hombro de Roberto y se clavaron en la figura cubierta de polvo que estaba de pie junto a las sillas de plástico. La expresión del CEO se suavizó, pasando de la seriedad ejecutiva a una preocupación genuina y familiar.
—¿Papá? —preguntó Eduardo, ignorando la mano extendida de Roberto.
Roberto se congeló. Su cerebro tardó unos segundos en procesar la palabra. "¿Papá?". Pensó que había escuchado mal. Seguramente el CEO estaba hablando por teléfono con su auricular inalámbrico.
Pero Eduardo avanzó, pasó de largo a Roberto como si fuera un mueble, y se dirigió directamente hacia el anciano sucio.
—Papá, ¿qué haces aquí afuera? —dijo Eduardo, abrazando al hombre sin importarle que el polvo de cemento y la grasa ensuciaran su traje de cinco mil dólares—. Te dije que me esperaras en la camioneta o en mi oficina privada. No tenías que venir a la sala de espera general.
Don Jacinto sonrió, devolviéndole el abrazo a su hijo con fuerza. —Ya sabes que no me gusta estar encerrado, hijo. Quería ver cómo trataban a la gente aquí. Quería ver el ambiente. Además, vengo de revisar los cimientos del nuevo hospital infantil. Esos muchachos están haciendo un buen trabajo, pero hay que vigilar el mezcla del concreto.
Roberto sentía que el suelo se movía bajo sus pies. El color había huido de su rostro, dejándolo pálido como un papel. Empezó a sudar frío. Su mente repasaba a toda velocidad las palabras que acababa de gritar: "Viejo asqueroso", "Apestas a miseria", "Lárgate".
—E... disculpe... —balbuceó Roberto, con la voz convertida en un hilo agudo—. ¿Señor Valenzuela? Creo que hay un malentendido. Este hombre... digo, este caballero...
Eduardo se separó de su padre y, por primera vez, miró a Roberto. Pero ya no había neutralidad en su mirada. Sus ojos eran dos bloques de hielo.
—No hay ningún malentendido, señor Méndez —dijo Eduardo con voz cortante—. Le presento a Don Jacinto Valenzuela. Fundador, dueño mayoritario y Presidente Honorario de esta compañía. Todo lo que ve, cada edificio que hemos construido, cada dólar que pensaba ganar en este puesto... todo existe gracias a que este hombre trabajó de sol a sol con esas manos que usted acaba de despreciar.
Don Jacinto se sacudió las manos y miró a Roberto, no con odio, sino con una lástima profunda. —Joven —dijo el anciano, repitiendo su frase con calma—, soy el papá del dueño de esta empresa. Y aunque mi hijo es quien lleva los papeles ahora, yo sigo teniendo voz en quién entra a nuestra casa. Y dudo mucho, dudo muchísimo, que mi hijo te contrate después de tu falta de educación.
El silencio en la sala era absoluto. Los demás candidatos, que habían presenciado la escena desde el fondo, miraban con una mezcla de horror y fascinación. Mateo, el recepcionista, tenía una pequeña sonrisa de satisfacción en el rostro.
Roberto intentó arreglarlo. La desesperación por sus deudas lo empujó a humillarse. —Don Jacinto, por favor, le ruego que me disculpe. El estrés... no sabía quién era usted. Pensé que... bueno, por la ropa... Usted entiende, la imagen corporativa es importante y...
—¡Cállese! —tronó Eduardo, perdiendo la paciencia—. ¿Cree que eso lo arregla? ¿Dice que no sabía quién era? ¡Eso es precisamente lo peor! Si hubiera sabido que era el dueño, me habría lamido las botas. Pero como pensó que era un nadie, lo trató como basura. Eso me dice todo lo que necesito saber sobre su carácter.
Eduardo sacó un pañuelo y limpió una mancha de grasa que su padre le había dejado en el hombro, pero lo hizo con orgullo, como si fuera una medalla. Luego, miró su tablet y deslizó el dedo sobre la pantalla.
—Señor Méndez, su currículum es impresionante. Harvard, experiencia internacional, idiomas... —dijo Eduardo, leyendo en voz alta—. Iba a ofrecerle un paquete salarial de ciento cincuenta mil dólares anuales más comisiones. Iba a poner en sus manos el equipo más grande de la región.
Roberto tragó saliva. Ciento cincuenta mil dólares. Eso pagaría sus deudas en un año. Salvaría su casa. Su vida. —Todavía puedo hacer el trabajo, señor. Le prometo que soy el mejor —suplicó, con los ojos vidriosos.
—Usted no entiende nada —interrumpió Don Jacinto—. En esta empresa construimos edificios, sí. Pero los cimientos se hacen con personas. Si usted trata así a un desconocido porque tiene las manos sucias, ¿cómo tratará a mis obreros? ¿Cómo tratará a un cliente humilde? ¿Cómo tratará a su equipo cuando algo salga mal?
Don Jacinto dio un paso adelante, quedando cara a cara con el joven arrogante.
—Usted ve suciedad en mi ropa, señor Méndez. Yo veo honestidad. Este polvo es el orgullo de mi trabajo. Su traje está limpio, pero su alma... su alma está llena de lodo.
Eduardo guardó la tablet bajo el brazo y señaló la puerta de salida, la misma puerta de cristal que daba a la calle calurosa.
—La entrevista ha terminado antes de empezar. Puede retirarse. Y le sugiero que no intente aplicar a ninguna de nuestras filiales. Me aseguraré de que su nombre sea conocido en la industria, no por su talento, sino por su falta de humanidad.
Roberto sintió que las piernas le fallaban. Estaba arruinado. No solo había perdido el trabajo, había perdido su reputación en cuestión de segundos.
Pero la humillación no había terminado. Don Jacinto tenía una última lección que dar, y quería que todos en la sala la escucharan.
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