Media hora después, Elena regresó con el plato. El aroma del filete era exquisito, pero la presentación dejaba mucho que desear, algo inaceptable para los estándares que Roberto exigía en sus locales. Sin embargo, lo que capturó toda su atención no fue la comida, sino el comportamiento de la chica.
Ella colocó el plato frente a él con una delicadeza extrema, como si le estuviera sirviendo a un rey y no a un mendigo. Pero sus ojos estaban rojos, como si hubiera estado llorando en la cocina.
—Aquí tiene, señor. Buen provecho —dijo, y su voz se quebró ligeramente.
Antes de retirar la mano, deslizó rápidamente una servilleta de papel doblada en cuatro partes debajo del plato caliente. Lo hizo con un movimiento rápido, casi de ilusionista, asegurándose de que nadie, especialmente Ricardo, viera el gesto.
—Léala cuando yo me haya ido, por favor —susurró ella, casi inaudible—. Y perdóneme.
Elena se retiró rápidamente hacia la cocina, limpiándose una lágrima furtiva. Roberto sintió un nudo en el estómago. ¿Qué podía ser tan urgente o secreto?
Tomó los cubiertos y cortó un trozo de carne para disimular, pero su mente estaba en el papel bajo el plato. Mientras masticaba, miró alrededor. Ricardo estaba en la caja registradora, contando dinero en efectivo y guardando algunos billetes directamente en su propio bolsillo en lugar de en la caja fuerte. Roberto memorizó el movimiento. Estaba robando a plena vista.
Finalmente, Roberto sacó la nota. El papel estaba un poco arrugado y tenía una mancha de grasa en una esquina. La letra era apresurada, escrita con bolígrafo azul, con trazos nerviosos.
Al leer las primeras líneas, Roberto dejó de masticar. Se quedó paralizado en la silla. El mundo a su alrededor pareció detenerse.
La nota decía:
"Señor, por favor no pague la cuenta. El gerente ha modificado los precios en el sistema para cobrarle el triple porque dice que 'hay que cobrar impuesto por el mal olor'. Además, escuché que llamó a seguridad para que lo saquen a golpes por la puerta trasera apenas termine de comer, para no asustar a los clientes.
No se preocupe por el dinero. Ya pagué su filete en la caja con mis propinas de la semana. Sé lo que es tener hambre y que te miren mal. Mi mamá está enferma y a veces no tenemos para comer, pero nadie merece ser humillado. Por favor, levántese y váyase ahora mismo por la puerta lateral mientras él está distraído. Huya. Que Dios lo bendiga."
Roberto sintió un golpe en el pecho más fuerte que cualquier impacto físico.
Aquella chica, que estaba siendo amenazada y extorsionada por su jefe, que tenía una madre enferma y que vivía probablemente al día, había sacrificado sus propinas de toda una semana —dinero que seguramente necesitaba desesperadamente— para invitar a comer a un completo desconocido, solo para protegerlo de una golpiza y una humillación.
Sus manos empezaron a temblar, no de miedo, sino de una mezcla de furia incontenible y una emoción profunda. Una lágrima rodó por la mejilla de Roberto, cayendo sobre la nota.
En ese momento, vio a Ricardo haciendo una seña a dos hombres corpulentos de seguridad que esperaban cerca de la salida de emergencia. Se estaban poniendo unos guantes de cuero. La trampa estaba lista. Iban a lastimarlo.
Roberto miró hacia la cocina. Vio a Elena espiando por la ventanilla, haciéndole gestos desesperados con la mano para que se fuera, para que huyera. Su rostro reflejaba puro terror por lo que le pudiera pasar al "vagabundo".
Roberto respiró hondo. Dobló la nota con cuidado y la guardó en el bolsillo de su chaqueta vieja, junto a su corazón.
No iba a huir. No ese día.
Lentamente, se puso de pie. Su postura cambió. Ya no estaba encorvado. Se irguió hasta su altura completa, sacando el pecho, recuperando la presencia imponente que lo caracterizaba en las salas de juntas más importantes del país.
Ricardo, al ver que el vagabundo se levantaba pero no se iba, caminó hacia él con una sonrisa maliciosa, seguido de los dos guardias de seguridad.
—Vaya, parece que el indigente ya terminó —dijo Ricardo en voz alta, para que todo el restaurante lo escuchara, buscando la risa de los clientes—. Espero que hayas disfrutado tu última comida decente. Caballeros, acompáñenlo a la salida... y asegúrense de que aprenda a no volver a molestar a gente decente.
Los guardias avanzaron, tronándose los dedos. Elena salió corriendo de la cocina, gritando:
—¡No! ¡Déjenlo! ¡Él ya pagó! ¡Yo pagué por él!
—¡Cállate, estúpida! —le gritó Ricardo, levantando la mano como si fuera a golpearla.
—¡ALTO! —La voz de Roberto retumbó en el restaurante como un trueno. Tenía tal autoridad que los guardias se detuvieron en seco, confundidos.
Roberto se llevó la mano al rostro y, con un movimiento lento, se quitó la gorra de lana y se limpió parte del carbón de la cara con una servilleta de tela. Luego, sacó de su bolsillo interior algo que brilló bajo la luz de los candelabros: su identificación dorada de Propietario Ejecutivo y Presidente de la Corporación.
El silencio que se hizo en el salón fue sepulcral. Se podría haber escuchado caer un alfiler.
Ricardo palideció. Su rostro pasó de la arrogancia al terror absoluto en una fracción de segundo. Sus ojos iban de la identificación al rostro del "vagabundo", reconociendo finalmente los rasgos del hombre que aparecía en las revistas de negocios que él mismo tenía en su oficina.
—Se... se... Señor De la Cruz... —balbuceó Ricardo, dando un paso atrás, casi tropezando con sus propios pies.
—No me llames señor —dijo Roberto con una calma aterradora—. Has deshonrado mi nombre, has robado a mi empresa y, lo peor de todo, has tratado de humillar a un ser humano.
Roberto caminó hacia Elena, quien estaba temblando y llorando, sin entender qué estaba pasando.
—¿Tú escribiste esto? —preguntó Roberto suavemente, mostrándole la nota.
Ella asintió, incapaz de hablar.
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