El Dueño Millonario del Hotel Humilló a la Mujer que Intentó Echar a su Nuera Inválida de la Gala de la Herencia
El Juicio del Millonario
Gertrudis soltó mi silla como si quemara y se giró bruscamente, indignada por la interrupción.
—¿Y usted quién se cree que es para tocarme? —espetó ella, arreglándose el vestido dorado con un gesto altivo—. ¿Acaso no sabe quién soy yo? Soy Gertrudis Montemayor, viuda de Peralta. ¡Tengo acciones en las empresas más importantes de la ciudad!
Frente a nosotras estaba un hombre de unos cincuenta años, impecablemente vestido con un traje italiano a medida. Su cabello gris estaba peinado hacia atrás y su postura emanaba un poder que intimidaba. No llevaba joyas ostentosas, solo un reloj que probablemente costaba más que la casa de mi suegra.
El hombre no se inmutó ante los gritos de Gertrudis. Me miró a mí primero, con una expresión de preocupación genuina.
—¿Se encuentra bien, señora? —me preguntó con suavidad.
—S-sí... creo que sí —respondí, temblando todavía por la adrenalina y la vergüenza.
Luego, el hombre giró su mirada hacia Gertrudis. Sus ojos se oscurecieron. Ya no había amabilidad, solo un frío desprecio.
—Sé perfectamente quién es usted, señora Montemayor —dijo él con calma—. Y sé que sus "acciones" no le dan derecho a tratar a un ser humano como basura en mi vestíbulo.
Gertrudis parpadeó, confundida.
—¿Su vestíbulo? —preguntó, bajando un poco el tono.
—Permítame presentarme. Soy Armando De la Cruz. Dueño de este hotel y de la cadena internacional Royal Palace, donde usted está parada ahora mismo.
Un murmullo recorrió la sala. Todos los invitados conocían el nombre, pero pocos conocían el rostro del magnate, quien solía mantener un perfil bajo. La cara de Gertrudis perdió todo su color. Había estado intentando impresionar a la alta sociedad, y acababa de insultar a una invitada frente al anfitrión más poderoso de la noche.
Pero Gertrudis, en su arrogancia infinita, intentó arreglarlo de la peor manera posible. Soltó una risa nerviosa y trató de tocar el brazo del Sr. De la Cruz, quien retrocedió para evitar el contacto.
—¡Oh, Señor De la Cruz! ¡Qué honor! —dijo con una voz falsamente dulce—. Usted no entiende lo que pasaba. Solo estaba tratando de mantener el nivel de su exclusiva gala. Verá, esta mujer... —me señaló con desdén— es mi nuera. Lamentablemente, tuvo un accidente y quedó... así. Yo solo le decía que este ambiente no es apropiado para ella. Usted entiende, ¿verdad? La gente viene aquí a ver belleza, lujo, éxito... no a sentir lástima. Lo hice por el bien del hotel.
Yo bajé la cabeza. Cada palabra era como una puñalada. Sentí que, de alguna manera, ella tenía razón. Tal vez yo no encajaba en ese mundo de perfección superficial.
El Señor De la Cruz se quedó en silencio unos segundos, observando a Gertrudis como si fuera un insecto extraño bajo un microscopio. Luego, caminó lentamente hasta quedar entre ella y yo, usándose a sí mismo como un escudo humano.
—¿Belleza? ¿Éxito? —preguntó él en voz alta, asegurándose de que todos escucharan—. Señora Montemayor, usted tiene una definición muy pobre de esas palabras.
El millonario se giró hacia mí.
—Señora, ¿me permite preguntarle su nombre?
—Elena —respondí tímidamente—. Elena Vargas.
Los ojos del Señor De la Cruz se abrieron con sorpresa. Una sonrisa iluminó su rostro, una sonrisa de reconocimiento.
—¿Elena Vargas? ¿La abogada Elena Vargas? ¿La que litigó el caso de la fusión de Inversiones Solara hace tres años?
Me quedé perpleja.
—Sí... esa era yo. Antes del accidente.
El Señor De la Cruz soltó una carcajada de alegría y, para horror de Gertrudis y sorpresa de todos los presentes, se arrodilló sobre una rodilla frente a mi silla de ruedas para estar a mi nivel. Tomó mi mano y la besó con un respeto absoluto.
—¡Es un honor tenerla aquí! —exclamó—. Usted no lo sabe, Elena, pero yo seguí ese caso muy de cerca. La estrategia legal que usted diseñó fue brillante. Salvó a cientos de trabajadores de perder sus empleos. Siempre quise contratarla para mi consorcio, pero supe que tuvo el accidente y se retiró.
Me quedé sin palabras. Sentí cómo una lágrima rodaba por mi mejilla, pero esta vez no era de tristeza. Alguien me estaba viendo a mí, no a la silla. Alguien recordaba mi valor, mi mente, mi esfuerzo.
El Señor De la Cruz se puso de pie y se volvió hacia Gertrudis, quien parecía estar a punto de desmayarse. La expresión del millonario cambió de nuevo a una de furia contenida.
—Usted dijo que esta fiesta es para "gente bonita y normal" —dijo él, avanzando hacia Gertrudis, obligándola a retroceder—. Déjeme decirle algo. La belleza de esta mujer —me señaló— reside en su inteligencia y en su capacidad de superación. ¿Y usted? Usted está parada aquí, cubierta de joyas caras y ropa de marca, pero por dentro está completamente podrida.
—Señor De la Cruz, por favor... —balbuceó Gertrudis.
—¡Silencio! —ordenó él—. Usted ha insultado a mi invitada de honor.
—¿Invitada de honor? —preguntó ella, incrédula.
—Así es. Aunque Elena no lo sabía, esta noche pensaba anunciar la creación de una nueva fundación legal para personas con discapacidad, y pensaba ofrecerle la dirección a ella. Pero usted... usted ha intentado echarla como si fuera basura.
En ese momento, las puertas de cristal se abrieron de golpe. Roberto entró corriendo, con el rostro desencajado. Había visto la conmoción desde fuera.
—¡Elena! —gritó, corriendo hacia mí—. ¿Qué pasa? ¿Estás bien? —Se giró hacia su madre—. Mamá, ¿qué has hecho ahora?
Gertrudis, viéndose acorralada, intentó jugar su última carta. Se echó a llorar, lágrimas de cocodrilo, mirando a su hijo.
—¡Roberto! ¡Este hombre me está insultando! ¡Tu esposa provocó todo esto! ¡Ella me atacó primero verbalmente y este hombre la defiende porque seguramente tienen algo entre ellos!
El vestíbulo estalló en murmullos. La acusación era grave. Gertrudis estaba dispuesta a destruir mi reputación y la del dueño del hotel con tal de salvar su propio pellejo.
El Señor De la Cruz miró a Roberto fijamente.
—Su madre acaba de intentar echar a su esposa a la fuerza, joven. Y ahora me está difamando. Tengo cámaras de seguridad que grabaron todo el incidente con audio de alta definición.
Roberto miró a su madre, luego me miró a mí. Vio mis manos rojas por haber tratado de frenar la silla. Vio mi maquillaje corrido por las lágrimas. Y luego miró a su madre, que seguía fingiendo ser la víctima.
Por primera vez en su vida, Roberto tomó una decisión sin dudar.
—¿Mamá, intentaste sacar a Elena a empujones? —preguntó Roberto con una voz que helaba la sangre.
—¡Lo hice por ti! ¡Para que no pasaras vergüenza! —chilló ella.
Roberto soltó una risa amarga y negó con la cabeza. Luego se volvió hacia el Señor De la Cruz. Pero antes de que pudiera hablar, el millonario levantó una mano.
—No es necesario que diga nada, hijo. Ya he visto suficiente. —El Señor De la Cruz sacó su teléfono y marcó un número rápido—. Seguridad, vengan al vestíbulo. Tengo a una persona que necesito que escolten fuera de mi propiedad inmediatamente. Y asegúrense de que su nombre quede en la lista negra de todos mis hoteles a nivel mundial.
Gertrudis abrió los ojos como platos.
—¿Qué? ¡No puede hacerme esto! ¡Soy una VIP!
—Usted no es nada en mi casa —dijo el millonario—. Y le advierto algo más. Si vuelvo a saber que se acerca a la señora Elena o la humilla de nuevo, mis abogados se encargarán de que esas "acciones" de las que tanto presume desaparezcan en demandas por discriminación y agresión. ¿Me ha entendido?
Dos guardias de seguridad, enormes y serios, aparecieron junto a Gertrudis.
—Por favor, acompáñenos, señora —dijo uno de ellos.
Gertrudis miró a Roberto, esperando que él la salvara.
—¡Roberto! ¡Haz algo! ¡Soy tu madre!
La respuesta de Roberto dejó a todos paralizados y selló el destino de esa noche.
Descubre el desenlace final tocando el botón siguiente 👇
Deja una respuesta
Artículos Recomendados