El Dueño Millonario de la Moda Intentó Echar a una Anciana Pobre, Pero Ella Sacó el Testamento que Cambiaría la Propiedad de la Empresa

La Nueva Dueña de Vértice

Elena miró a Damián, todavía arrodillado, suplicando por una oportunidad para quedarse en el reino que creía suyo. La anciana suspiró profundamente. No había odio en sus ojos, solo una profunda fatiga y la sabiduría de quien ha vivido en los márgenes de la sociedad, observando la verdadera naturaleza humana.

—Levántate, Damián —ordenó ella con voz tranquila.

Damián se puso de pie torpemente, limpiándose las rodillas del pantalón, intentando recuperar un ápice de dignidad, aunque ya era imposible.

—¿Me... me dejarás quedarme? —preguntó esperanzado.

—Conoces el negocio, es cierto —dijo Elena, recorriendo con la vista la tienda—. Sabes de telas, de importaciones, de márgenes de ganancia. Pero no sabes nada de personas. Y una empresa no son los edificios, ni la ropa. Una empresa es su gente.

Elena se giró hacia los empleados, que seguían observando la escena como si fuera una película. Hizo un gesto a la recepcionista, la misma a la que Damián había ignorado al entrar.

—Tú, niña. ¿Cómo te llamas?

—Sofía, señora —respondió la chica, nerviosa.

—Sofía. ¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí?

—Tres años, señora.

—¿Y alguna vez el señor Damián te ha preguntado cómo estás? ¿O te ha dado las gracias?

Sofía bajó la mirada y negó con la cabeza levemente.

—No, señora. Nunca.

Elena asintió, como si eso confirmara sus sospechas. Volvió a mirar a Damián.

—No te voy a despedir, Damián —dijo ella.

Los ojos de Damián se iluminaron.

—¡Gracias! ¡Gracias, Elena! Te prometo que haré que las acciones suban, voy a...

—No me has entendido —lo interrumpió ella con firmeza—. No te voy a despedir, pero ya no eres el CEO. Ya no eres el jefe. A partir de hoy, yo soy la dueña única de Vértice. Y voy a hacer algunos cambios.

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El notario, el Dr. Arismendi, sacó un documento de su maletín y una pluma.

—Señora Mirabal, ¿cuáles son sus instrucciones inmediatas?

—Primero —dijo Elena—, quiero que se transfiera la propiedad del ático del edificio a mi nombre. Viviré allí. Se acabaron las noches de frío. Segundo, quiero una auditoría completa de los salarios de todos los empleados. Se acabaron los sueldos mínimos mientras el dueño viaja en primera clase. Todos recibirán un aumento del 30% a partir de hoy.

Un murmullo de asombro y alegría recorrió a los empleados. Algunos empezaron a sonreír, incrédulos.

—Y tercero —Elena miró fijamente a Damián—. Damián necesita aprender lo que significa el trabajo duro. Necesita aprender humildad.

Damián tragó saliva, temiendo lo que venía.

—Gutiérrez —llamó Elena al gerente.

—¿S-sí, señora dueña? —respondió el hombre, ansioso por complacer a la nueva autoridad.

—El puesto de conserje nocturno está vacante, ¿verdad?

Damián palideció.

—Elena... no puedes hablar en serio... —susurró horrorizado.

—Es eso o la calle, Damián —respondió ella con frialdad—. Tú elegiste echarme a la calle sin piedad. Yo te ofrezco un trabajo. Un salario digno, seguridad social y un uniforme. Empezarás desde abajo. Limpiarás los pisos que tanto te gusta pisar. Limpiarás los baños que usan tus empleados. Y quizás, si aprendes a tratar a la gente con respeto, algún día puedas volver a vender ropa. Pero no hoy. Y no mañana.

Damián miró a su alrededor. Vio las caras de sus ex-empleados. Ya no había miedo en ellos. Había justicia. Sabía que no tenía opción. Sus cuentas bancarias personales estaban vinculadas a la empresa; sin la propiedad, estaba en bancarrota técnica debido a sus deudas personales de juego y lujos. Necesitaba el trabajo.

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—Acepto —dijo Damián, con la cabeza baja, la voz apenas audible.

—Bien —dijo Elena. Luego metió la mano en su bolsa y sacó un billete de diez dólares arrugado—. Ahora, ve a comprarme un café. Y cuando vuelvas, Gutiérrez te dará tu uniforme y tu mopa.

Damián tomó el billete. Sintió la textura del papel barato. Dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la salida. Ya no caminaba como un dios. Sus pasos no resonaban con autoridad. Caminaba como un hombre que acababa de recibir la lección más cara de su vida.

Elena se sentó de nuevo en el sofá de cuero blanco, suspirando con alivio.

—Es cómodo —dijo para sí misma, acariciando el cuero—. Muy cómodo.

Sofía, la recepcionista, se acercó tímidamente.

—Señora Elena... ¿le puedo ofrecer un vaso de agua?

Elena sonrió, una sonrisa cálida que iluminó su rostro cansado.

—Sí, hija. Eso me gustaría mucho. Y siéntate conmigo un rato, cuéntame de ti. Ahora tengo tiempo. Todo el tiempo del mundo.

Reflexión Final:

La vida es una rueda que nunca deja de girar. Aquellos que están en la cima hoy, pueden estar abajo mañana. Damián aprendió que el verdadero estatus no lo dan los zapatos caros ni los edificios de cristal, sino la calidad humana y la humildad. Nunca mires a nadie por encima del hombro, a menos que sea para ayudarlo a levantarse, porque nunca sabes quién tiene realmente las escrituras de tu destino.

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