El Dueño Millonario de la Moda Intentó Echar a una Anciana Pobre, Pero Ella Sacó el Testamento que Cambiaría la Propiedad de la Empresa

El Precio de la Soberbia

Damián leyó el párrafo una y otra vez, esperando que las letras cambiaran, que fuera una broma macabra, una alucinación. Pero la tinta negra, aunque descolorida, era implacable.

"Yo, Roberto Valdés, reconozco la deuda de capital semilla otorgada por la señora Elena Mirabal para la adquisición del terreno y construcción del edificio comercial ubicado en la Avenida Central. En garantía de dicho préstamo, se establece que si la deuda no es saldada en su totalidad con los intereses acordados antes del vencimiento de 40 años, la titularidad total del terreno, el edificio y la marca comercial 'Vértice' pasarán automáticamente a ser propiedad de la acreedora, sin necesidad de juicio previo."

La fecha de vencimiento era hoy. Hoy, 5 de febrero.

Damián levantó la vista, mareado. El mundo de cristal y acero a su alrededor parecía tambalearse. Miró a la anciana, a esa mujer que él había llamado "basura" hacía unos segundos.

—Elena... —susurró, con la voz quebrada. El nombre le sonaba de algo. De susurros en la infancia, de discusiones a puerta cerrada entre sus padres.

—Elena Mirabal —confirmó ella, manteniendo la postura erguida a pesar de sus años—. Tu padre y yo fuimos socios, Damián. Y algo más. Pero él eligió la ambición y se casó con el dinero de tu madre. Me dejó fuera del negocio, pero necesitaba mi capital para empezar. Yo le di todo lo que tenía, mis ahorros, la herencia de mis padres. Él prometió pagarme. Firmó este documento creyendo que se haría rico en un año y me devolvería el dinero para deshacerse de mí.

La mujer dio un paso adelante, y por primera vez, Damián retrocedió.

—Pero Roberto era codicioso —continuó Elena—. Nunca me pagó. Pasaron los años. Yo caí en desgracia, enfermé, perdí mi casa. Le escribí cartas. Cientos de cartas. ¿Las recibiste, Damián?

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Damián tragó saliva. Recordaba vagamente a su secretaria mencionando cartas de una "loca" que reclamaba dinero, cartas que él ordenaba triturar sin abrir.

—Yo... yo pensé que eran estafas... —balbuceó el magnate.

—¿Estafas? —Elena sonrió con tristeza—. Vine hoy, el último día del plazo. No quería quitarte todo, Damián. Solo quería que me pagaras lo que tu padre me debía. Quería suficiente dinero para operarme la vista y vivir mis últimos años con dignidad, en un lugar caliente, no en la calle.

Elena señaló el sofá de cuero blanco.

—Me senté aquí a esperarte. Si me hubieras saludado con respeto, si me hubieras preguntado qué necesitaba, te habría mostrado el pagaré y habríamos llegado a un acuerdo. Habría aceptado un cheque y habría roto este contrato.

El silencio en la tienda era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Los empleados miraban a su jefe, al hombre intocable, ahora reducido a un niño asustado frente a una anciana con abrigo remendado.

—Pero no... —dijo ella, y su voz se endureció—. Tú eres igual que tu padre. O peor. Él tenía ambición, tú solo tienes soberbia. Me humillaste. Me trataste como a un animal. Ordenaste que me arrastraran.

—Señora... Elena... podemos arreglar esto —Damián intentó recuperar su compostura, forzando una sonrisa nerviosa—. Por favor, vayamos a mi oficina. Le daré un cheque ahora mismo. ¿Cuánto quiere? ¿Un millón? ¿Dos millones? Tengo el dinero. Podemos romper ese papel ahora mismo.

Damián extendió la mano para tocar el hombro de la mujer, intentando ser encantador, intentando usar esa manipulación que siempre le funcionaba.

Pero Elena se apartó con un movimiento rápido.

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—Es demasiado tarde para el dinero, Damián. El contrato dice que el pago debe hacerse antes del mediodía de la fecha de vencimiento.

Elena señaló el gran reloj de pared minimalista que colgaba detrás del mostrador principal.

Las manecillas marcaban las 12:05.

—El plazo venció hace cinco minutos —sentenció ella—. Justo mientras tú gritabas que me sacaran a la calle.

—¡Eso es ridículo! —explotó Damián, el pánico apoderándose de él—. ¡Cinco minutos no son nada! ¡Tengo abogados! ¡Tengo al mejor bufete de la ciudad! ¡No vas a quitarme mi empresa por cinco malditos minutos! ¡Gutiérrez! ¡Llama a seguridad, llama a la policía, que saquen a esta loca de aquí!

—¡No! —una voz potente resonó desde la entrada.

Todos giraron la cabeza. En la puerta estaban parados tres hombres con trajes oscuros y maletines. No eran seguridad. Eran abogados. Pero no eran los abogados de Damián.

El hombre del centro, canoso y serio, avanzó hacia ellos. Damián lo reconoció al instante. Era el Dr. Arismendi, el notario más respetado y temido de la ciudad, conocido por su integridad inquebrantable.

—Dr. Arismendi... ¿qué hace usted aquí? —preguntó Damián, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies.

—La señora Mirabal me contrató hace meses, previendo que este día llegaría —dijo el notario, ajustándose las gafas—. Ella me dejó una copia certificada del contrato en custodia. Y vengo a ejecutar la cláusula de traspaso de propiedad.

Arismendi miró su reloj de pulsera.

—Son las 12:07. El plazo ha expirado. Señor Valdés, legalmente, usted ya no es el dueño de Vértice. De hecho, técnicamente, está allanando la propiedad de mi cliente.

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Damián sintió que le faltaba el aire. Se aflojó la corbata, desesperado. Miró a su alrededor. Sus empleados, a los que había aterrorizado durante años, ahora lo miraban. Algunos con lástima, pero la mayoría con una chispa de satisfacción en los ojos.

—Esto no puede estar pasando... —murmuró Damián, cayendo de rodillas en el suelo de mármol, justo frente a las zapatillas sucias de Elena—. Es mi vida... es todo lo que tengo.

Elena lo miró desde arriba. La dinámica de poder se había invertido completamente. El hombre del traje de tres mil dólares estaba arrodillado ante la mujer del abrigo remendado.

—No, Damián —dijo ella suavemente—. Esto es solo dinero. Tu vida es lo que haces con el tiempo que tienes. Y has desperdiciado mucho tiempo siendo una mala persona.

Elena se agachó y recogió la cajita de terciopelo azul que había caído de su bolsa. La abrió. Dentro había un anillo sencillo, de oro viejo.

—Este anillo me lo dio tu padre cuando empezamos —dijo ella, mirando la joya—. Pensé venderlo hoy si no me pagabas, para tener algo de comer. Pero ahora... ahora creo que tendré suficiente para comer, ¿verdad?

Damián levantó la vista, con los ojos llenos de lágrimas de impotencia.

—Por favor... no me quites la empresa. Trabajaré para ti. Seré tu empleado. Conozco el negocio mejor que nadie.

Elena cerró la cajita y la guardó en su bolsillo. Se quedó pensativa un momento, mientras el notario esperaba sus instrucciones. La tensión era insoportable. ¿Tendría piedad la mujer a la que acababan de intentar echar a patadas?

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