La sonrisa enigmática de Doña Rosa dejó a Luis completamente desconcertado. El joven albañil la miraba sin comprender cómo podía sonreír después de semejante humillación.
Roberto, que seguía vociferando órdenes desde un montículo de arena, no se percató del sutil cambio en la actitud de la mujer a la que acababa de pisotear.
—Te lo advierto, vieja metiche —gritó Roberto desde la distancia—. ¡Si mañana te veo acercarte a menos de cien metros de mis rejas, llamaré a la policía para que te encierren por allanamiento!
Doña Rosa simplemente se puso de pie con lentitud. Se sacudió el polvo del delantal con una tranquilidad pasmosa.
Ya no había rastro de la abuelita asustada. Su postura se había vuelto firme, casi majestuosa, a pesar de su humilde vestimenta.
De repente, el sonido de los motores de la maquinaria pesada fue opacado por el rugido potente y elegante de varios vehículos acercándose.
Por la entrada principal de la obra, levantando una nube de polvo dorado bajo el sol de la tarde, ingresó un convoy de tres camionetas blindadas de color negro brillante.
Los cristales totalmente polarizados no dejaban ver el interior, pero la elegancia y el lujo de los vehículos gritaban «poder y dinero» a kilómetros de distancia.
Todo el mundo en la obra se detuvo en seco. Los taladros dejaron de sonar. Las grúas detuvieron su movimiento.
Incluso Roberto palideció por un segundo. Él sabía perfectamente de quién eran esas camionetas.
Era la escolta personal del alto mando de la empresa constructora, los verdaderos dueños del multimillonario proyecto.
Pero el capataz no esperaba ninguna visita de inspección ese día. Su corazón comenzó a latir con fuerza, presa del pánico.
Inmediatamente, Roberto se quitó el casco, se peinó el cabello sudoroso con las manos y forzó la sonrisa más falsa y servil que pudo encontrar en su repertorio.
Comenzó a caminar a paso acelerado hacia los vehículos, preparándose para recibir a la junta directiva como un perro faldero.
De la camioneta central, que era la más lujosa, descendió primero un chofer trajeado que corrió a abrir la puerta trasera.
El silencio en la obra era total. De pronto, bajó un hombre joven, de no más de treinta y cinco años, vestido con un traje a medida que costaba más que el salario de un año de todos los obreros juntos.
Llevaba unos costosos lentes de sol, un reloj de alta relojería suiza brillaba en su muñeca, y caminaba con la seguridad de un verdadero magnate.
Era el Ingeniero Alejandro de la Torre. El dueño absoluto de la constructora, poseedor de una fortuna incalculable, heredero de un vasto imperio inmobiliario y, además, un brillante y despiadado estratega de los negocios.
Roberto tragó saliva ruidosamente. El gran jefe estaba allí, en persona.
—¡Señor de la Torre! ¡Qué honor, qué inmensa alegría tenerlo por aquí! —exclamó Roberto, trotando hacia el millonario con una actitud rastrera—. Si me hubiera avisado que venía a inspeccionar la inversión, le habría preparado un recibimiento a su altura.
Alejandro no le prestó la más mínima atención a los halagos baratos del capataz. Sus ojos, ocultos tras los lentes oscuros, escaneaban minuciosamente el entorno.
Su mirada se detuvo rápidamente en un punto específico. Observó el charco de caldo derramado en la tierra, los vegetales pisoteados y la olla de aluminio abollada.
Luego, su mirada subió lentamente hasta encontrarse con la figura de la mujer del delantal floreado, que permanecía de pie, rodeada por los obreros.
El rostro del millonario se transformó en una fracción de segundo. Se quitó los lentes oscuros lentamente, revelando unos ojos que ahora ardían con un fuego peligroso e indomable.
Roberto, notando hacia dónde miraba su jefe supremo, pensó que Alejandro estaba molesto por la presencia de la intrusa. Creyó que era su momento para lucirse como un empleado estricto y eficiente.
—Ah, discúlpeme por ese desagradable espectáculo, señor de la Torre —se apresuró a decir Roberto, riendo nerviosamente mientras se interponía en la línea de visión del millonario—. Es solo una pordiosera loca que vino a vender sobras a los peones.
El capataz continuó cavando su propia tumba con cada palabra que salía de su boca.
—Me tomó un segundo ponerla en su lugar, señor. Tuve que usar mano dura y tirarle esa asquerosa comida al piso para que entendiera quién manda aquí. Pero no se preocupe, la basura ya se va.
Alejandro de la Torre detuvo su marcha. Giró su rostro lentamente hacia Roberto.
La mirada del millonario era tan gélida y penetrante que el capataz sintió un escalofrío recorrerle toda la espina dorsal. El aire pareció congelarse a su alrededor.
Los guardaespaldas de Alejandro, gigantes de traje negro, dieron un paso al frente al notar la tensión, listos para intervenir si era necesario.
El joven empresario no parpadeó. Miró fijamente al hombre que sudaba profusamente frente a él, y con una voz que era un susurro letal, pronunció unas palabras que paralizaron el corazón del capataz.
—¿Cómo llamaste a esa mujer? —preguntó Alejandro, con un tono tan bajo y peligroso que resonó como un trueno en el silencio de la obra.
—Y-yo… señor… es solo una señora que… —tartamudeó Roberto, sintiendo que el mundo empezaba a girar a su alrededor.
Alejandro no lo dejó terminar. Lo hizo a un lado con un empujón firme pero despreciativo, como quien aparta a un insecto de su camino.
Comenzó a caminar a paso firme y decidido hacia donde se encontraba Doña Rosa.
Luis y los demás albañiles retrocedieron instintivamente, intimidados por la imponente presencia y el aura de poder que emanaba aquel magnate multimillonario.
Solo Doña Rosa permaneció en su sitio, inamovible, manteniendo esa sutil y misteriosa sonrisa en sus labios.
Alejandro llegó hasta ella. Se detuvo a escasos centímetros de la olla tirada.
El silencio era absoluto. Nadie respiraba. Roberto miraba desde atrás, rezando internamente para no perder su jugoso puesto de trabajo, ignorando que el castigo que se avecinaba sería de proporciones bíblicas.
El poderoso dueño de la constructora, el hombre que movía millones de dólares con una sola firma, el temido y respetado Ingeniero de la Torre… repentinamente cayó de rodillas sobre la tierra polvorienta.
No le importó manchar su costoso traje italiano con el lodo. No le importó arruinar sus zapatos de diseñador con la sopa derramada.
Allí, de rodillas frente a la humilde mujer del delantal, Alejandro levantó la mirada hacia ella. Sus ojos estaban llenos de un dolor profundo y de una furia incontrolable que estaba a punto de desatarse sobre el culpable.
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Lo felicito por poner la historia completa.