Las rodillas de Armando finalmente cedieron.
El hombre arrogante, el gerente de "mucho prestigio", cayó de rodillas exactamente en el mismo lugar donde Roberto había estado cinco años antes.
Las lágrimas brotaron de sus ojos, arruinando su falsa imagen de superioridad. El pánico se apoderó de él al ver su futuro destruido en manos del hombre que más había despreciado.
"Roberto... señor Roberto... por favor", sollozó Armando, arrastrando las palabras. "Perdóneme. Fui un estúpido, un miserable. No sabía lo que hacía".
Roberto lo miraba desde arriba, con el rostro inexpresivo.
"Tengo deudas enormes... voy a perder mi casa... mi familia me va a dejar. Se lo suplico. No me vaya a cancelar el contrato... necesito el empleo... se lo ruego señor", imploró Armando.
Las palabras flotaron en el aire. Eran exactamente las mismas frases. La misma súplica temblorosa, palabra por palabra, que Roberto había pronunciado aquel día bajo el agua helada.
El karma había cerrado el círculo de la forma más poética y brutal posible.
Roberto observó al hombre derrotado a sus pies. Pudo haber pedido un cubo de agua fría. Pudo haberlo humillado frente a todos. Tenía el poder, el dinero y el derecho legal de destruirlo por completo en ese mismo segundo.
Pero Roberto no era Armando. Y esa era precisamente la diferencia entre un hombre rico y un hombre valioso.
"Levántate, Armando", ordenó Roberto con voz firme. "Das pena".
El gerente se puso de pie torpemente, secándose la cara con la manga del traje.
"Yo no te voy a echar agua en la cabeza. Yo no humillo a quienes están en el suelo, porque yo vengo del suelo y sé lo duro que es el concreto", sentenció el nuevo propietario.
Roberto hizo una seña a uno de sus abogados, quien le entregó una carpeta con el nuevo organigrama de la empresa.
"Sin embargo, este negocio necesita una limpieza profunda. Legal y financiera. Y tú has demostrado ser un pésimo administrador de recursos humanos y económicos".
Armando cerró los ojos, esperando el despido inminente.
"Estás despedido como gerente general", dictaminó Roberto.
Armando soltó un quejido ahogado.
"Pero...", interrumpió Roberto, levantando un dedo. "Como me pediste que no te dejara en la calle porque tienes deudas que pagar, te voy a dar una oportunidad. La misma que yo tuve".
Roberto señaló hacia un pequeño cuarto de servicio al fondo del pasillo.
"El puesto de conserje está vacante. El salario es el mínimo que exige la ley. Entras a las seis de la mañana. Si mantienes estos pisos tan brillantes como mis zapatos, conservarás tu empleo. Si te niegas, los abogados procederán con el embargo de tus bienes hoy mismo por la deuda que tienes con la empresa".
Armando abrió los ojos de par en par. Miró a Roberto, luego a los abogados, y finalmente al suelo de baldosas que ahora le parecía inmenso.
No tenía opción. Era eso o la ruina total.
"Sí... sí, señor", murmuró Armando, agachando la cabeza, sintiendo el peso de su propia medicina. "Dónde... dónde están los artículos de limpieza".
Roberto se acomodó la chaqueta del traje y se dio la vuelta para entrar a su nueva oficina.
Antes de cerrar la puerta de cristal, se detuvo y miró por encima del hombro al hombre que una vez lo creyó inferior.
"Están en el cuarto del fondo", dijo Roberto con una leve sonrisa. "Y Armando... asegúrate de cambiar el agua del cubo. No me gustan las cosas sucias".
La puerta se cerró. La lección había sido dada. Porque en esta vida, el mundo da muchas vueltas; hoy puedes estar pisoteando a alguien desde la cima, y mañana puedes estar arrodillado limpiando el polvo del mismo suelo. Nunca desprecies a quien tiene las manos sucias, porque nunca sabes si mañana será el dueño de tu destino.
Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente…
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