El rostro de Roberto, hasta ese momento amigable y relajado, se desfiguró por completo.
Su piel se tornó de un rojo intenso, las venas de su cuello se marcaron con furia y sus ojos se clavaron en Rosa con un odio visceral, el odio de un ladrón que ha sido descubierto justo antes de dar su golpe maestro.
Se levantó de su silla de cuero con tanta brusquedad que la volcó hacia atrás, derramando parte de su valioso whisky sobre la alfombra persa.
—¡Calla, criada entrometida! ¡Largo de aquí inmediatamente! —bramó Roberto, con una voz cargada de veneno y desprecio absoluto.
Se acercó a Rosa con intenciones intimidantes, levantando la mano y señalando la puerta del despacho con furia ciega.
—¡Firme, patrón! ¡No escuche a esta igualada, ignorante! Es solo una sirvienta que no sabe nada de negocios millonarios. ¡Lárguese a limpiar los baños, que para eso le pagamos! —gritó el socio, perdiendo por completo los estribos.
La humillación flotó pesadamente en el aire del despacho. Las palabras de Roberto fueron como cuchillos, pero Rosa no retrocedió ni un solo milímetro.
Las lágrimas de impotencia y frustración comenzaron a brotar de sus ojos y a resbalar por sus mejillas, pero su postura se mantuvo firme. No iba a dejar que ese estafador se saliera con la suya.
—Patrón, escúcheme, se lo suplico por su vida —dijo Rosa, llorando, pero con una firmeza que sorprendió a Arturo—. Ese documento está en francés. Yo sé leer francés.
Arturo frunció el ceño, procesando la información. Miró a su socio, que ahora sudaba frío, y luego a su empleada, que arriesgaba su sustento por advertirle.
—Ese papel no dice nada de una nueva empresa europea, Don Arturo —continuó la joven, señalando las hojas—. Dice que usted le entrega todas sus propiedades, esta mansión, sus ahorros y sus empresas al señor Roberto. ¡Lo está engañando, lo quiere dejar en la calle!
Un silencio sepulcral se apoderó de la inmensa habitación. Solo se escuchaba el fuerte repiqueteo de la lluvia contra los cristales.
Arturo sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal. De pronto, la prisa de su socio, la elección del idioma extranjero y su reacción desproporcionada ante la interrupción de Rosa cobraban un sentido aterrador.
Roberto intentó reírse, una risa forzada, nerviosa y patética que solo sirvió para hundirlo más.
—Arturo, por Dios, ¿vas a creerle a la señora de la limpieza antes que a tu hermano de toda la vida? La pobre chica claramente está delirando. Seguro vio una novela francesa en la televisión y ahora se cree abogada. ¡Despídela ahora mismo y terminemos este papeleo!
Pero Don Arturo Montenegro no había construido un imperio multimillonario por ser un hombre ingenuo.
La duda, una vez sembrada, echó raíces rápidamente en su mente. Cerró la tapa de su pluma de oro con un "clic" seco que resonó como un disparo en la oficina.
—Si todo está en orden, Roberto, no te importará que revisemos esto con calma —dijo Arturo, con una voz fría y calculadora que usaba en sus negocios más despiadados.
—¡Pero el plazo vence hoy en París! ¡Si no firmas ahora, perderemos millones! —suplicó Roberto, desesperado, viendo cómo su plan maestro se desmoronaba por culpa de una simple empleada doméstica.
—Perderemos millones, tal vez. Pero no perderé mi dignidad, ni mi imperio a ciegas —sentenció el millonario—. Rosa, sécate esas lágrimas. Y tú, Roberto, siéntate y espera.
Sin apartar la vista del hombre que había considerado su hermano, Arturo tomó su teléfono móvil, marcando un número que solo usaba en situaciones de extrema gravedad.
Del otro lado de la línea contestó el Doctor Ignacio Salazar, uno de los abogados corporativos más temidos, prestigiosos y caros de todo el país. Un hombre implacable que conocía la ley al derecho y al revés, y que además, era políglota.
—Ignacio, necesito verte ahora mismo. Tengo un contrato internacional en francés que necesito que traduzcas palabra por palabra. Es un asunto de vida o muerte corporativa.
Veinte minutos después, una limusina negra blindada dejaba a Arturo y a Roberto (quien había sido obligado a acompañarlo casi a la fuerza) en la puerta del imponente bufete de abogados.
Rosa había sido enviada a casa con instrucciones estrictas de descansar y no hablar con nadie sobre lo sucedido.
La sala de juntas del abogado Salazar era un santuario de cristal y acero en el último piso del rascacielos más alto de la ciudad.
El abogado, un hombre mayor de mirada penetrante y gafas de diseño, tomó el contrato que Roberto había intentado hacerle firmar a su jefe.
Salazar se ajustó las gafas y comenzó a leer las densas páginas en francés. El silencio en la sala era asfixiante.
Con cada página que el abogado pasaba, su ceño se fruncía un poco más. La expresión de su rostro pasó de la curiosidad profesional a la más absoluta estupefacción, y finalmente, a una indignación severa.
Roberto, sentado en el extremo opuesto de la mesa de cristal, temblaba incontrolablemente. Sabía que su juego había terminado.
El prestigioso abogado dejó el documento sobre la mesa con lentitud, se quitó las gafas y miró a Don Arturo con una mezcla de compasión y asombro. Respiró hondo antes de soltar la bomba.
—Arturo... —comenzó el abogado Salazar, con un tono grave que heló la sangre del millonario—. Lo que tienes aquí no es un acuerdo de expansión internacional...
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