Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué había realmente dentro de ese búnker subterráneo y quién era este hombre en realidad. Prepárate, porque la verdad que descubrí debajo de esa mansión es mucho más oscura y aterradora de lo que jamás podrías imaginar.
El aire acondicionado de la mansión siempre estaba a la temperatura perfecta. Afuera, el calor del mediodía caribeño derretía el asfalto, pero nosotros estábamos en nuestro propio paraíso privado.
Yo llevaba un traje de baño de diseñador que él me había regalado, bebiendo un cóctel junto a la piscina infinita que parecía fundirse con el horizonte.
A mi lado estaba él, Alejandro. El hombre perfecto. El empresario exitoso que me había deslumbrado con cenas en restaurantes exclusivos, viajes en primera clase y joyas que costaban más de lo que yo podría ganar en diez años de trabajo.
Me había contado una historia impecable. Decía ser el heredero de un gran imperio de bienes raíces. Hablaba de propiedades, de inversiones en la bolsa de valores y de contratos multimillonarios.
Yo, cegada por el lujo y las promesas de una vida de reina, le creí cada palabra. Nunca cuestioné por qué siempre pagaba en efectivo, o por qué sus guardaespaldas parecían estar siempre tensos, observando cada rincón.
Ese domingo, todo se derrumbó.
No fue un ruido sordo. Fue un estruendo violento que hizo temblar el agua de la piscina. El sonido de metales retorciéndose y el rugido de motores pesados rompió la paz de nuestra burbuja de cristal.
Antes de que pudiera preguntar qué pasaba, el ulular ensordecedor de las sirenas policiales inundó el aire.
No era una patrulla común. Eran decenas de sirenas, superponiéndose unas a otras, creando un coro de terror que me paralizó por completo.
De repente, uno de los hombres de seguridad de Alejandro, un gigante tatuado que siempre llevaba traje oscuro, irrumpió en el área de la piscina.
Venía corriendo, con el rostro pálido y la respiración entrecortada. El sudor le empapaba la frente. Llevaba un chaleco táctico que nunca le había visto puesto y un rifle de asalto aferrado al pecho.
—¡Patrón! —gritó, con la voz quebrada por la urgencia—. Vienen camiones blindados de la policía. Ya cruzaron el primer portón. Tenemos menos de cinco minutos.
Mi corazón se detuvo. Sentí que un balde de agua helada me caía encima. El pánico me cerró la garganta.
Giré mi cabeza lentamente hacia Alejandro, esperando ver el mismo terror que yo sentía. Esperaba que saltara de su silla, que me abrazara, que me dijera que todo era un terrible error de la policía y que sus abogados millonarios lo solucionarían en un instante.
Pero no hizo nada de eso.
Alejandro se quedó recostado en su silla reclinable. Con una calma que me heló la sangre en las venas, le dio un último sorbo a su bebida. Ni un solo músculo de su rostro se tensó.
—Nos vamos —dijo simplemente, con un tono tan frío y carente de emoción que no parecía humano.
Se levantó con la tranquilidad de quien se levanta para ir al baño. Sus guardaespaldas, en cambio, se movían con una urgencia militar, formando un cerco a nuestro alrededor con las armas listas.
Alejandro me agarró del brazo. Su agarre no era protector, era firme y doloroso, como si yo fuera una simple propiedad más que debía llevarse consigo.
Me arrastró hacia el inmenso y perfecto jardín trasero. Mis pies descalzos tropezaban con la hierba mientras el sonido de los vehículos blindados derribando las puertas principales resonaba a nuestras espaldas.
—¡Alejandro, por Dios! ¿Qué está pasando? ¿Qué buscan? —logré gritar, con las lágrimas a punto de brotar.
Él no me miró. Seguía caminando, mirando fijamente un punto en el suelo.
De pronto, se detuvo. Uno de sus hombres sacó un dispositivo negro y presionó un botón.
Frente a mis propios ojos, ocurrió lo imposible. El césped, perfectamente cortado, comenzó a temblar.
Un ruido mecánico, profundo y pesado, surgió desde las entrañas de la tierra. Una grieta perfecta se formó en el suelo, separando el pasto en dos mitades.
Era una compuerta hidráulica gigante. La tierra se estaba abriendo, revelando unas escaleras de concreto iluminadas por luces rojas de emergencia que descendían hacia la oscuridad absoluta.
—Baja. Ahora —ordenó Alejandro, empujándome hacia el abismo.
El olor a humedad y aceite mecánico me golpeó el rostro. Empecé a descender las escaleras, temblando incontrolablemente. Alejandro y sus hombres me siguieron.
Apenas dimos unos pasos hacia abajo, escuché el sonido del motor hidráulico activarse de nuevo. Miré hacia arriba con terror.
El trozo de jardín se estaba cerrando lentamente sobre nuestras cabezas. El cielo azul brillante se convirtió en una línea delgada y, finalmente, desapareció por completo con un golpe sordo y hermético.
Me di cuenta, con un terror indescriptible, de que estaba enterrada viva bajo toneladas de tierra junto a un hombre que en realidad no conocía.
Él no era un empresario de bienes raíces. No era el hombre de mis sueños. Y ciertamente, no me estaba salvando de la policía. Me estaba arrastrando a su infierno.
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