El Humilde Mensajero y el Testamento Oculto del Dueño de la Mansión

Reunión en oficina moderna.

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con aquel joven que todos despreciaban. Prepárate, porque la verdad detrás de esa llamada telefónica es mucho más impactante de lo que imaginas y cambiará todo lo que creías saber sobre esta historia.

El Desprecio en la Oficina de Lujo

Eran las diez de la mañana en el piso cuarenta de la Torre Imperial, un edificio donde el mármol brilla tanto que puedes ver tu reflejo de culpabilidad en el suelo. Samuel caminaba por los pasillos con sus botas de trabajo desgastadas, sintiéndose como un lunar negro en un lienzo de seda blanca. Llevaba una sudadera gris, vieja y con una mancha de pintura en la manga, nada que ver con los trajes de tres piezas que desfilaban a su alrededor.

Él solo quería entregar un sobre. Un sobre que le habían confiado con urgencia.

Sin embargo, para Julián, el joven director de finanzas, Samuel no era más que un estorbo visual. Julián estaba sentado en su silla ergonómica de piel importada, rodeado de pantallas que mostraban gráficos de la bolsa y cuentas bancarias con más ceros de los que Samuel vería en diez vidas. Cuando vio a Samuel acercarse a su escritorio, una mueca de asco deformó su rostro perfectamente afeitado.

—¿Quién te dejó entrar aquí? —preguntó Julián, sin siquiera levantar la vista de su monitor—. La puerta de servicio está en el sótano, junto a los cubos de basura. Ahí es donde perteneces.

Samuel suspiró, tratando de mantener la calma. Sabía que su aspecto no encajaba, pero tenía un deber que cumplir.

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—Buenos días. Busco al señor Valenzuela, el dueño de la constructora. Es un asunto personal y urgente —respondió Samuel con voz suave, pero firme.

Julián soltó una carcajada tan fuerte que varias secretarias se asomaron por encima de sus cubículos. Se levantó lentamente, ajustándose la corbata de seda azul que costaba más que el alquiler de Samuel por seis meses. Se acercó al joven y lo recorrió con una mirada cargada de veneno.

—¿El dueño? ¿Tú? —Julián señaló las botas sucias de Samuel—. El señor Valenzuela no recibe a vagabundos que huelen a cemento y esfuerzo. Aquí manejamos millones de dólares, herencias, adquisiciones y activos que tu cerebro no alcanzaría a comprender. Vete antes de que llame a seguridad y te saquen a patadas.

Samuel sacó su celular, un modelo antiguo con la pantalla un poco astillada.

—Solo necesito hacer una llamada —dijo Samuel—. Si me permite hablar con él un segundo...

—¡Llama a quien tú quieras! —gritó Julián, volviendo a su silla y riendo entre dientes—. Llama al presidente si quieres, a ver qué puedes hacer contra mí. Aquí yo soy el que manda, y tú no eres más que un error en el sistema.

Julián se burlaba abiertamente, señalando el celular de Samuel como si fuera un juguete roto. Se sentía intocable, protegido por su estatus de "hijo de buena familia" y su posición en la empresa. No sabía que, en ese preciso momento, el destino estaba a punto de cobrarle una factura millonaria.

Samuel marcó el número. El corazón le latía con fuerza, no por miedo, sino por la tristeza de ver cómo el dinero podía pudrir el alma de una persona. Puso el altavoz. El tono de llamada resonó en el silencio tenso de la oficina de lujo.

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